Sofía Nieto reservó una habitación de hotel para entregarle su primera vez al novio con quien llevaba dos años.
Pero, en la oscuridad, terminó abrazando al hombre equivocado.
A la mañana siguiente despertó desnuda junto a Damián Godoy: un magnate diez años mayor que ella, dueño de un imperio empresarial y conocido en toda Ciudad Aurora como el Verdugo. Frío, dominante y peligrosamente poderoso, Damián estaba acostumbrado a conseguir todo lo que deseaba.
Y desde aquella noche, empezó a desearla a ella.
Sofía quiso olvidarlo y volver con su novio. Sin embargo, descubrió que él la había traicionado y acababa de casarse con la mujer que provocó el error del hotel. Como si eso no bastara, un accidente dejó a su padre al borde de la muerte y a su familia con una deuda de medio millón de pesos.
Damián pagó la deuda.
Pero no pensaba dejarla desaparecer después.
—Me debes medio millón, nena. Y pienso cobrarlo.
Sofía entra así en el mundo del hombre más temido de la ciudad: su empresa, su casa y una relación que debía terminar en cuanto la deuda quedara saldada.
Para Damián, ella solo sería un antojo pasajero.
Hasta que comenzó a ponerse celoso de cualquier hombre que la mirara.
Hasta que fue incapaz de dormir sin tenerla entre sus brazos.
Hasta que estuvo dispuesto a enfrentar a su familia, a sus enemigos y al mundo entero con tal de protegerla.
Pero Sofía no quiere cambiar una deuda por una jaula. Mientras lucha por construir una carrera, comprar su propia casa y dejar de vivir para los demás, deberá descubrir si Damián realmente la ama… o si solo desea poseerla.
Él creyó que terminaría cansándose de ella.
No sabía que aquella muchacha que entró por error en su cama acabaría convirtiéndose en su única debilidad.
En su antojo.
En su adicción más dulce.
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Capítulo 11
Capítulo 11: La foto
Todo pasó rapidísimo, como pasan las cosas que van a doler mucho.
Kevin me recogió a la salida del trabajo, parado afuera de Velatech con las manos en los bolsillos, carcomido por algo que yo todavía no sabía nombrar. No me había avisado que iría. Simplemente apareció, como quien tiene una urgencia que no aguanta.
Traía la cara de un hombre que no durmió. Ojeras, la barba de un día, la mirada huidiza. Y en lugar de contarme lo que le pasaba, hizo lo que hacen los hombres cuando cargan una culpa que no aguantan: se aferró a lo más limpio que tenían a la mano.
—Cásate conmigo, Sofi. —Me tomó de las manos en plena banqueta—. Ya. En serio. Sin Brenda, sin nadie. Tú y yo. Casémonos.
Me llevó a una joyería. De las caras, de las de vitrina iluminada y guardia en la puerta, de esas donde yo jamás había entrado. Escogió unos anillos de pareja de más de cincuenta mil pesos, sin ver la etiqueta, con una urgencia que en otro momento me habría hecho la mujer más feliz del mundo.
—Nos los ponemos ya —dijo—. Y mañana firmamos. En serio, Sofi. Basta de vueltas. Tú y yo.
Yo lo miraba y no entendía. Kevin nunca había sido de decisiones. Kevin era el que dejaba pasar los cumpleaños, el que se dormía viendo el partido, el que se soltaba de mi brazo cuando Brenda lo llamaba. Y de pronto tenía esa cara de urgencia, esa prisa por atarse a mí, casi como quien se aferra a un salvavidas. No lo entendía.
Después lo entendí. Estaba huyendo hacia adelante. De la culpa. De la foto. De lo que había pasado la noche anterior en ese hotel. Se aferraba a lo más limpio que le quedaba —a mí— para no ahogarse en lo más sucio.
Y ahí, parada frente al mostrador de terciopelo, mientras la dependienta nos mostraba los anillos sobre un cojín, me vibró el celular.
Era Brenda.
La foto.
—————
Me encerré en el baño de la joyería con la respiración cortada.
La miré. Kevin. El hotel. Todo lo que la imagen gritaba sin necesidad de palabras. Sentí que el piso se abría. Sentí náuseas. Sentí ganas de salir corriendo y aventarle el anillo a la cara y no volver a verlo nunca.
Pero me agarré del lavabo. Respiré. Y pensé con la cabeza fría que me había enseñado Alondra.
Brenda me mandó esto para que estalle. Para que corte con Kevin aquí mismo, hoy, y le deje el camino libre. Eso es lo que quiere.
Pues no.
No le voy a dar el gusto.
Me acordé de todo lo que había aprendido en esos meses. De Alondra. De Yamila. De la amiga camuflada. Brenda no quiere que yo sepa. Brenda quiere que yo reaccione. Que salga hecha una furia, que le arme el escándalo a Kevin en la joyería, que rompa el compromiso yo misma, hoy, aquí, para dejarle el camino libre y quedar ella como la víctima incomprendida.
Pues no. Esta vez no me vas a ganar la partida.
Me lavé la cara, me sequé los ojos con papel, respiré hasta que las manos dejaron de temblarme, guardé el celular en el fondo de la bolsa y salí del baño sonriendo. Me puse el anillo. Dejé que Kevin me pusiera el otro en el dedo, con esos ojos brillosos de culpa que yo ahora leía perfecto. Fingí que era el día más feliz de mi vida, con la foto quemándome en la bolsa como un carbón encendido y el corazón hecho ceniza fría.
Nunca en mi vida había fingido tan bien. La muchacha que meses atrás se ponía roja hasta las orejas por confesar que solo había besado a su novio, ahora sonreía con una foto de traición ardiéndole en la bolsa. Y me dio miedo descubrir de lo que era capaz. Me dio miedo la mujer nueva que estaba naciendo en mí, la que aprendía a callar, a esperar, a jugar. La ciudad me estaba cambiando. O quizá la vida. O quizá simplemente estaba creciendo, a golpes, como crecemos todos.
En el coche, camino a su casa, Kevin manejaba contento, hablando de la boda, de dónde viviríamos, de que ya no habría más Brenda. Y yo asentía y sonreía y le seguía la corriente, con el anillo nuevo pesándome en el dedo como una argolla, mientras por dentro me despedía de él sin que se diera cuenta.
Solo me permití una pregunta, una, en el coche camino a su casa, mirándolo de reojo, dándole la última oportunidad de ser sincero:
—Kevin. ¿No has hecho nada de lo que te arrepientas? Nada que me quieras contar. Lo que sea. Te voy a escuchar.
Le di el espacio. Le di la puerta abierta. Si en ese momento me hubiera dicho la verdad —"Sofi, pasó algo horrible, me engañaron, perdóname"—, quién sabe. Quizá yo, que lo quería, que sabía lo de la droga aunque él no lo supiera del todo, habría entendido. Habría peleado por él contra Brenda.
Pero Kevin apretó el volante. Su cara se descompuso un segundo. Un segundo nada más. Después tragó saliva y me sonrió, con esa sonrisa de niño que miente.
—No, Sofi. Nada. ¿Por qué preguntas?
—Por nada. —Miré por la ventana, hacia las luces de la ciudad—. Cosas mías.
Y ahí, en ese "nada" que era una mentira, se me terminó de derrumbar por dentro toda la confianza que me quedaba. No lo demostré. Aprendí bien la lección de Alondra: los hombres perdonan todo menos el golpe a su orgullo, y las mujeres, a veces, tienen que aguantar sabiendo, callando, esperando su momento.
Pero por dentro, ese día, Kevin y yo ya estábamos terminados. Solo que él no lo sabía todavía.
—————
Esa noche —me lo contó él mucho después— Brenda se quedó a la fuerza en su casa.
Y de madrugada, otra vez, se le volvió a insinuar. Se metió a su cama, se le pegó, empezó con lo de siempre. Kevin, medio dormido, la apartó. Y en el forcejeo, la mano de ella rozó algo en el dedo de él.
El anillo.
El anillo de pareja que se había puesto conmigo esa tarde.
El ambiente se congeló. Kevin prendió la luz, se sentó en la cama y la miró como si la viera por primera vez de verdad.
—Tú no me quieres, Brenda —le dijo, con una lucidez que le había costado años y una noche de hotel—. Nunca me quisiste. Tú lo que quieres es quitar. Lo que sea, de quien sea. Si yo estoy con Sofía, me quieres a mí. Si Sofía tiene un anillo, lo quieres tú. Si mañana yo quisiera a otra, esa otra sería tu enemiga. No es amor, Brenda. Es que no soportas que alguien más tenga lo que tú no tienes.
—Eso no es cierto —le tembló la voz a ella—. Yo siempre estuve para ti. Desde niños. Cuando nadie…
—Cuando nadie, tú. Ya lo sé, me lo has dicho mil veces. —Kevin negó con la cabeza, cansado—. Pero estar siempre no es querer. A veces estar siempre nada más es vigilar. Y tú me vigilaste toda la vida para que nadie más se me acercara.
Brenda se quedó blanca. Porque era verdad, y las dos lo sabían.
Y Kevin, por primera vez en su vida, le leyó el alma completa, la vio tal cual era, sin el disfraz de amiga leal, sin el "yo te digo todo de frente". Le costó dos años y a mí me costó a mí; pero por fin, esa madrugada, con un anillo mío en el dedo, Kevin abrió los ojos.
Pero era tarde. Porque en la bolsa de mi pantalón, esa misma noche, dormía una foto. Y las fotos, cuando alguien como Brenda las guarda, tarde o temprano salen a la luz.