Ottavia Silvestri lleva diez años de matrimonio con Nereo Lombardi. A pesar de que su relación ha atravesado momentos difíciles, Ottavia siempre ha creído que cada discusión, cada crisis y cada reconciliación fueron necesarias para construir el matrimonio que tiene hoy.
Madre de tres hijos adultos —Marco, Dario y Elena—, cada uno con su propia empresa y una vida establecida, Ottavia siente que lo tiene todo: una familia de la que está orgullosa, un esposo al que ama y una vida que no cambiaría por nada.
Hasta que una noche, durante el quinto aniversario de la empresa de su hijo menor, Dario, descubre la verdad que destroza todo lo que creía conocer.
Nereo la engaña. Y no con cualquier mujer.
Su amante es Beatrice Sorrentino, la mejor amiga de su hija Elena… una mujer mucho más joven que Ottavia.
Con el corazón hecho pedazos y una humillación que no piensa olvidar, Ottavia decide no enfrentarse a su esposo. En lugar de eso, prepara su venganza en silencio.
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Capitulo 13
Las velas encendidas alrededor de la habitación derramaban una luz dorada y suave, bailando sobre las paredes y sobre las sábanas blancas que cubrían la cama. El aire olía a flores silvestres y a la calma que solo existe cuando uno se siente a salvo. Allí, lejos de miradas, de mentiras y del peso de diez años de olvido, Lorenzo la sostenía entre sus brazos sin prisa, como si el tiempo hubiera decidido detenerse solo para ellos.
Se apartó apenas un poco para mirarla a la luz de las velas, y le acarició despacio el rostro con la yema de los dedos, recorriendo sus pómulos, sus labios, la línea de su mandíbula, con una ternura que le hacía temblar el alma.
—Eres tan hermosa —le dijo con voz baja y cálida, como si le contara un secreto al oído—. Y me duele pensar que alguien pudo tenerte a su lado tanto tiempo y no saber verlo. No te trató como merecías.
Ottavia cerró los ojos bajo su tacto, sintiendo cómo se le llenaban de lágrimas dulces, ya no de dolor sino de algo que se parecía mucho a la alegría. —Me trató como algo suyo, algo seguro, algo que siempre estaría ahí sin necesidad de cuidarlo. Nunca me miró así. Nunca me hizo sentir que yo era especial. Solo… su esposa.
—No eres solo nada —susurró él, y la atrajo más hacia sí—. Eres todo. Y voy a demostrártelo, si me dejas. No como una obligación, ni por costumbre, sino porque te deseo. Tú. Ottavia. La mujer que eres.
Cuando la besó, lo hizo con una lentitud que la hizo estremecer de pies a cabeza. Sus labios recorrían su piel con respeto y devoción, descubriéndola como si fuera un tesoro que acababa de encontrar y no quisiera dañar ni un instante. Sus manos eran firmes pero suaves, explorando cada rincón de su cuerpo con paciencia, preguntando sin palabras, esperando su respuesta, dándole siempre el control a ella.
—¿Puedo? —le susurró cuando sus labios bajaron por su cuello, deteniéndose ahí donde su piel se erizó al contacto.
Ottavia abrió los ojos y lo miró, viendo en los suyos no solo deseo, sino algo más profundo: admiración, cuidado, esa mirada que la hacía sentir entera. —Sí —respondió con voz temblorosa pero segura—. Sí, puedes. Con todo. No me detengo.
Entonces él la amó con una delicadeza que le rompió y le recompuso el corazón al mismo tiempo. No había prisa, ni torpeza, ni la sensación de ser un cuerpo más. Cada caricia era una palabra, cada beso una promesa de que ella importaba, de que su placer era tan importante como el de él, de que no era un adorno ni una obligación, sino una mujer que merecía ser adorada.
Ottavia se entregó a él sin miedo, sin reservas, con esa confianza que creía perdida para siempre junto con los años y las mentiras. Se dejó llevar por el ritmo suave y profundo en que se movían juntos, sintiendo cómo el placer crecía despacio, cálido y seguro, borrando de su mente cada noche fría, cada palabra no dicha, cada vez que se había sentido invisible. Por unos instantes no existía Nereo, no existía la traición, no existía el mundo allá afuera. Solo existía ella, viva y deseada, entre los brazos de un hombre que la veía completa.
—Mírame —le pidió Lorenzo en un momento, acercando su rostro al de ella—. No cierres los ojos. Quiero que sepas que eres tú quien está aquí. Tú a quien quiero.
Ella lo miró y vio la verdad en su mirada, y entonces comprendió que esto no era solo deseo, ni venganza, ni huida. Era el encuentro de dos personas heridas que se curaban mutuamente. Lo abrazó con fuerza, sintiendo cómo el placer la recorría entera, limpiando todo el dolor acumulado, y cuando llegó el momento en que el mundo se detuvo por completo, lo llamó por su nombre, no con vergüenza, sino con gratitud y libertad.
Después, se quedaron abrazados, con las sábanas blancas cubriéndolos y la luz de las velas menguando poco a poco. Lorenzo la tenía recostada sobre su pecho, dibujando círculos suaves sobre su espalda desnuda, y ella escuchaba el latido de su corazón, firme y tranquilo bajo su oreja.
—¿Estás bien? —le preguntó él, besando su cabello con ternura—. No te arrepientes, ¿verdad?
Ottavia levantó la vista y le sonrió, una sonrisa limpia y verdadera, la primera en mucho tiempo. —Nunca he estado tan bien. Me has hecho sentir… como si por fin mereciera estar aquí. Como si mi cuerpo y mi corazón fueran míos de nuevo.
—Siempre lo fueron —respondió él, acariciándole la mejilla—. Nadie te los pudo quitar. Solo te olvidaste de reclamarlos. Y ahora los tienes. Completamente tuyos.
Ella se acercó y lo besó despacio, con toda la gratitud que las palabras no alcanzaban a expresar. —Gracias. No por esto… sino por verme. Cuando nadie más lo hacía. Tú me viste.
—Y no dejaré de hacerlo —dijo él, abrazándola con más fuerza—. Duerme ahora. Estás a salvo. Nadie va a tocarte sino como te mereces. Con respeto. Con amor. Con todo lo que te negaron.
Ottavia cerró los ojos y se acomodó entre sus brazos, sintiendo el calor de su cuerpo y la paz que emanaba de él. Por primera vez en diez años, durmió sin pesadillas, sin miedo, sin fingir nada. Porque sabía que allí, en ese lugar secreto y en los brazos de ese hombre, no tenía que ser la esposa perfecta ni la madre ejemplar. Solo tenía que ser ella. Y eso bastaba.
—¿Te dolió? —le preguntó Lorenzo muy bajito, acariciándole el cabello con infinita ternura—. ¿Algo te hizo sentir mal?
Ottavia negó despacio, recostada en su pecho, con una sonrisa suave y relajada. —Al contrario. Me sanó. Por primera vez no me sentí usada, ni olvidada, ni obligada. Me sentí mujer. Completa.
—Porque lo eres —susurró él besándole la frente—. Y mereces que te amen así: con calma, con cuidado, disfrutando cada parte de ti. No como algo que se hace y se olvida, sino como algo que se cuida siempre.
Ella lo abrazó más fuerte, sintiéndose protegida. —Y tú lo haces sin esfuerzo. Como si fuera lo más natural del mundo.
—Porque lo es —respondió él apretándola entre sus brazos—. Amar a alguien como tú debería ser lo más fácil del mundo. Lo difícil fue que tardaran tanto en hacerlo bien.