Dinámica entre un Duque con doble personalidad (Alistair y Vane), el sanador dulce pero fuerte que lo cautiva
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Juegos de Poder y Rosas Negras
De regreso en Cima Blanca, la nueva dinámica del reino se asentó con una fluidez admirable. Julian no solo era el consorte amado, sino también el corazón de la fortaleza. Creó un ala de sanación gratuita para los sirvientes y los soldados, ganándose la devoción incondicional de todo el pueblo del Norte.
Una tarde, en el inmenso Salón del Trono, las audiencias públicas habían terminado temprano. Las grandes puertas de bronce estaban cerradas y los guardias custodiaban el pasillo exterior bajo órdenes estrictas de no molestar.
En el interior, el Gran Duque permanecía sentado en el elevado trono de piedra negra y pieles de lobo. Julian, vistiendo una túnica sencilla de lino verde que dejaba entrever sus clavículas, caminó hacia él sosteniendo un pergamino de decretos agrícolas.
—Su Excelencia... el informe de las cosechas del sur está listo —dijo Julian con una sonrisa juguetona, usando un tono formal fingido.
El Duque, cuya mirada dorada y gris lo había estado siguiendo desde que se cerraron las puertas, apoyó el mentón en la mano, observándolo con una intensidad devoradora.
—Ven aquí, sanador —ordenó el Duque con voz grave y pausada.
Julian subió los escalones del estrado y se detuvo ante el trono. Antes de que pudiera decir nada, el Duque lo sujetó de la cintura y lo jalo sobre su regazo. Julian quedó sentado a horcajadas sobre los muslos musculosos del noble, con sus rostros a escasos centímetros.
—Alistair... estamos en el Salón del Trono —murmuró Julian, aunque sus manos buscaron instintivamente los hombros del Duque.
—Es nuestro Salón del Trono, pajarillo —intervino la voz posesiva de Vane—. Y el rey tiene ganas de reclamar a su consorte justo aquí, donde todos esos ancianos estúpidos solían dictar sus leyes.
El Duque metió las manos por debajo de la túnica de Julian, subiendo por sus muslos desnudados con una osadía que hizo que el chico ahogara un gemido. Los labios del noble se apoderaron de los de Julian en un beso dominante y hambriento. La lengua del Duque exploró su boca con una ferocidad que hizo que Julian se frotara instintivamente contra el regazo del noble, sintiendo la firmeza creciente bajo sus pantalones reales.
—Vane... ah... alguien podría entrar —susurró Julian entre besos desordenados.
—Nadie se atreverá —siseó Vane, mordisqueando la mandíbula del chico antes de bajar hasta su cuello, dejando una marca roja visible sobre su piel suave—. Y si alguien entra... aprenderá una lección que no olvidará.
Julian sintió una descarga de adrenalina y deseo recorriéndole las venas. La combinación entre la majestuosidad del lugar y la lujuria desenfrenada de Vane lo dejó sin defensas. Levantó la túnica por completo, acomodándose sobre el miembro del noble aún vestido, frotándose con ritmo desesperado mientras el Duque le apretaba los muslos, guiando cada uno de sus movimientos desde el trono.
Mientras tanto, en las torres del ala oeste, otra historia de pasión se consolidaba.
Lady Evelyn se encontraba en su estudio observando mapas de la frontera cuando Marek entró en la estancia sin hacer ruido. El hechicero rebelde había sido nombrado Oficial de Magia de la Corona gracias al decreto de Julian y Alistair, pero entre ellos dos la etiqueta seguía siendo un juego peligroso.
Marek se acercó por detrás y rodeó la cintura de la dama de hielo, pegando su pecho a la espalda de ella.
—Deberías estar supervisando las defensas, hechicero —dijo Evelyn, aunque inclinó la cabeza hacia un lado, dándole acceso a su cuello.
—Las defensas están perfectas, milady —murmuró Marek, besándole la piel suave justo detrás de la oreja—. Pero mi propia magia se descontrola si no recibo mi recompensa diaria.
Evelyn se giró entre sus brazos, mirándolo con esos ojos azules y fríos que solo ante él se derretían en fuego puro. Lo tomó de la solapa de su jubón y lo atrajo hacia sí, besándolo con una pasión sin reservas. Marek la cargó en brazos y la acomodó sobre la inmensa mesa de caoba, apartando pergaminos y mapas con un solo gesto arrollador.
—Eres insoportable, Marek —susurró ella contra sus labios mientras desataba las correas del jubón del mago.
—Y tú eres la dueña de mi alma, fría dama —respondió él antes de entregarse juntos al fuego que consumía sus secretos.
es mentira