Renata Linares pasó tres años en prisión por un crimen que jamás cometió. Maximiliano Bracamonte, el hombre al que amaba, creyó las mentiras de Bianca Sáenz, le destrozó la muñeca, la llamó asesina y la entregó a la policía por un supuesto aborto que nunca existió.
Cuando Renata recupera la libertad, ya no es la joven dispuesta a soportarlo todo por amor. Su abuelo le dejó el control de Grupo Linares y una oportunidad para recuperar el apellido, la fortuna y la dignidad que le arrebataron.
Mientras Renata reconstruye su imperio y reúne las pruebas para limpiar su nombre, las mentiras de Bianca empiezan a derrumbarse. El embarazo fue una farsa. El accidente que unió a Maximiliano con ella también. Incluso la mujer que le salvó la vida años atrás no fue Bianca, sino Renata.
Cuando Maximiliano descubre la verdad, ya es demasiado tarde. La mujer que destruyó por confiar en la persona equivocada ya no lo necesita.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su familia, renunciar a su poder y arriesgar la vida para recuperarla. Pero Renata no salió de prisión para volver a ser la mujer que lo perdonaba todo.
Esta vez, Maximiliano tendrá que demostrar que su arrepentimiento vale más que sus palabras.
Y Bianca todavía guarda una última mentira capaz de acabar con ambos.
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Capítulo 19
Capítulo 19: Sangre en el Club Dorado
Los pasos se detuvieron junto a mí, y una mano, con una urgencia que no tenía nada que ver con la crueldad que le conocía, me giró con cuidado hacia arriba.
—Renata. Renata, mírame.
Era Max. Su gente de seguridad, que llevaba semanas vigilando en silencio los movimientos raros cerca de mis propiedades sin que yo lo supiera del todo, le había avisado de una alerta en esa dirección apenas minutos antes.
—Estoy bien —mentí, con la voz rota, mientras él me levantaba del piso de cemento con un cuidado que contradecía cada cosa cruel que me había dicho en los últimos meses.
—No estás bien. Vámonos, ahora.
Me cargó hasta su auto, y en la entrada de la nave, casi al mismo tiempo, apareció Julián, corriendo, con el celular todavía en la mano y el mensaje de ubicación abierto en la pantalla.
—Renata, ¿qué...? —Se detuvo en seco al verme la cara, y algo se le endureció en la mandíbula, algo que nunca le había visto antes—. Voy con ustedes al hospital.
Max no discutió. Solo asintió una vez, seco, y aceleró.
En el camino, con la cabeza recargada contra la ventana del auto, alcancé a ver, de reojo, que las manos de Max apretaban el volante con más fuerza de la necesaria, los nudillos blancos, la mandíbula tensa. No dijo una palabra en todo el trayecto. Yo tampoco tenía fuerzas para llenar ese silencio.
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En el hospital, los médicos confirmaron que no había daño interno grave. Golpes, moretones que tardarían semanas en desaparecer del todo, y el susto todavía instalado en las manos, que no dejaban de temblarme aunque ya estuviera fuera de peligro.
Daniela fue arrestada esa misma noche. La grabación de mi celular, recuperada por la policía del lugar de los hechos, bastó para que no pudiera negar nada. Entre lágrimas, ante los oficiales, confesó que alguien le había pagado una deuda de casino a cambio de "un favor", aunque se negó, una y otra vez, a decir el nombre completo.
—No puedo —repetía, con la cara hundida entre las manos—. Si lo digo, me mata.
Tía Marisol llegó al hospital pasada la medianoche, y me encontró en el pasillo, todavía con el brazo vendado.
—Renata, por favor —me dijo, con los ojos hinchados—. Es mi hija. Sé que hizo algo terrible, pero es mi hija.
—Debió pensarlo antes de mandar golpearme, tía.
—Ella no quería, se lo juro. Alguien la obligó, alguien la...
—Entonces que diga quién —dije, sin alzar la voz, aunque cada palabra me costaba un esfuerzo físico real—. Yo no tengo nada que perdonarle todavía, porque ni siquiera sé a quién estoy perdonando.
Seguridad del hospital la apartó con delicadeza, sin que consiguiera nada más que mi silencio.
Julián se quedó un rato más, sentado en el pasillo, con los codos sobre las rodillas y la mirada fija en el piso.
—Debí insistir más en acompañarte —dijo, sin verme—. Cuando me mandaste la ubicación, pensé lo peor.
—No fue tu culpa, Julián.
—Lo sé. Aun así.
No dijo nada más. Se quedó ahí, cerca, sin invadir el espacio que Max ya ocupaba junto a mi cama, como si entendiera, sin que nadie se lo dijera, que esa noche había dos personas cuidándome y que ninguna de las dos iba a irse a ninguna parte.
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Max se quedó ahí toda la noche, sentado en una silla incómoda junto a mi cama, sin decir gran cosa, todavía con la adrenalina del rescate encima. En algún momento, cerca del amanecer, lo vi hacer una llamada en voz baja, alejándose hacia la ventana.
—Quiero saber quién pagó esa deuda —dijo, con la voz que usaba cuando algo no le cuadraba—. Todo. Nombres, cuentas, fechas. Para hoy.
Colgó antes de que yo pudiera preguntarle nada. Estaba demasiado cansada para insistir, y algo en su tono me dijo que todavía no tenía nada que compartir conmigo.
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Lo que pasó después de esa madrugada no lo vi con mis propios ojos. Lo até mucho más tarde, con lo poco que Max llegó a admitir y con lo que otros me contaron cuando ya no había forma de esconderlo.
La investigación de Max llegó hasta Bianca en cuestión de horas. Sus hombres rastrearon el pago de la deuda del casino hasta una cuenta que ella había usado antes, en otro asunto, sin cuidarse de borrar el rastro por completo. Cuando le pusieron el resultado enfrente, algo en él se quebró y se cerró al mismo tiempo: la mujer que llevaba meses jurándole devoción, la que había perdido, según ella, a "su hijo" por mi culpa, era la misma que había pagado para que me destrozaran a golpes en una bodega abandonada.
Esa noche, en el Club Dorado, Bianca se reunió a solas con Daniela, a quien había sacado bajo fianza con un abogado carísimo, para dejarle una instrucción clara: silencio absoluto, pasara lo que pasara.
—No sabes nada, no viste a nadie, y si mencionas mi nombre otra vez, tu familia entera se hunde conmigo —le dijo, sin el temblor dulce de siempre en la voz.
Daniela, todavía con el susto metido en el cuerpo, solo asintió, incapaz de sostenerle la mirada.
—¿Y si Max ya lo sabe? —preguntó, en un hilo de voz—. Sus hombres...
—Max no sabe nada —cortó Bianca, aunque algo en su propia certeza sonó, por primera vez, menos firme de lo que hubiera querido.
Max, con la prueba ya en la mano, se quedó en la puerta del salón privado, viéndolas hablar a través del cristal, y decidió no entrar. Decidió no confrontarla, no exponerla, no contarme ni una palabra de lo que ya sabía con certeza.
Guardó el secreto como quien guarda un arma que todavía no sabe si va a tener el valor de usar.
Yo seguía creyendo que el responsable de la golpiza era un misterio. Max ya tenía el nombre, la cuenta y la fecha de la transferencia. Aun así, eligió callar para proteger a Bianca.