Un imperio donde la magia proviene de los cuerpos celestes. Quienes nacen bajo el Sol controlan la materia; quienes nacen bajo la Luna, la mente. Cada milenio ocurre un Eclipse de Sangre que otorga poder divino a quien realice un sacrificio real.
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Las Cenizas de la Corona y el Viento del Norte
La Capital Radiante, rebautizada por el pueblo llano como la Ciudad del Vórtice, había cambiado su fisonomía por completo. Los grandes reflectores de cuarzo que en el pasado encandilaban los bulevares estaban extintos; en su lugar, faroles de cristal nulo alimentados por la magia suave de la Luna y braseros de carbón herbal iluminaban las avenidas con un fulgor violeta y cálido. La nieve fina de la Noche Eterna cubría los tejados de mármol, acallando el bullicio de una metrópoli que intentaba aprender a respirar en la penumbra.
En el Gran Salón de los Tratados del antiguo Templo Central, las largas mesas de oro habían sido reemplazadas por una vasta estructura circular de madera de roble, construida por los propios artesanos del gremio de Klen.
Vespera von Haze permanecía de pie junto al ventanal del salón. Vestía una túnica sencilla de lana gris oscuro con remates de cuero en las mangas. Había dejado atrás por completo el metal chapado en oro de la Inquisición, y aunque sus gestos conservaban la marcialidad e imponencia de una estratega nata, la rigidez obsesiva que solía marcar su rostro había dado paso a una calma serena y profunda.
A su lado, Klen leía un informe en pergamino que detallaba la llegada de los convoyes de grano provenientes del sur.
—Las tres provincias del valle del Destino han aceptado la abolición del impuesto de sangre —dijo Klen, alzando la vista del documento—. Los mineros de la obsidiana han comenzado la evacuación de las fosas subterráneas. Por primera vez en doscientos años, hay pan en los almacenes públicos para todo el invierno.
Vespera sonrió suavemente, apoyando una mano sobre la espalda de Klen. Sentir el calor constante de la piel del campesino a través de la tela de su camisa era el ancla que la mantenía firme en medio del caos de la reorganización política.
—No todo es sencillo, Klen —advirtíó Vespera, mirando las velas del salón—. Los antiguos lores de las casas solares secundarias han firmado la tregua porque no tienen magia suficiente para oponerse a la flota del Archiduque, pero la desconfianza sigue viva. Consideran que el gobierno provisional de la Alianza es una ocupación bárbara.
—Que piensen lo que quieran —respondió Klen con una risa sorda y tranquila—. Mientras la gente humilde no muera de frío en las chozas, los nobles pueden discutir sobre sus blasones en las tabernas todo el tiempo que deseen.
La enorme puerta de roble del salón se abrió con un deslizamiento silencioso.
El Archiduque Valerius penetró en la estancia. Vestía una casaca militar azul noche con broches de plata en forma de media luna. Su melena plateada caía peinada con la pulcritud de costumbre, aunque una mirada atenta podía notar que su marcha era un milímetro más pausada que antes: el costo psiónico de haber sostenido el vórtice astral aún dejaba huellas en su sistema nervioso.
A su lado caminaba Aurelius. El joven príncipe vestía una túnica blanca de cuello alto con capas de terciopelo oscuro que caían sobre sus hombros. Su rostro lucía rejuvenecido tras semanas de reposo, pero una palidez inusual marcaba el contorno de sus pómulos.
—Inquisidora... 'Guadañero' —saludó Valerius, inclinando levemente la cabeza con un respeto aristocrático que ya no contenía la arrogancia de antaño.
—Ya no hay inquisidores en esta ciudad, Archiduque —corrigió Vespera con una leve inclinación de cabeza—. Y me alegra ver que las secuelas del rito no le han impedido presidir la sesión del consejo provisional.
—El cuerpo se recupera rápidamente cuando el propósito se ha cumplido —respondió Valerius, haciendo un gesto para que todos tomaran asiento alrededor de la mesa circular—. Aurelius y yo hemos terminado de revisar la nueva Carta de Derechos Telúricos. A partir de hoy, la magia ya no será un requisito para el acceso a cargos de administración pública ni para la propiedad de la tierra.
Aurelius tomó asiento a la derecha de Valerius. El muchacho colocó sobre la mesa el documento oficial sellado con la marca del Sol Invertido y la Luna Creciente.
—El pueblo debe entender que este gobierno no busca suplantar una tiranía por otra —dijo Aurelius con voz clara y firme—. Mi tío gobernó a través del pavor al castigo divino. Nosotros gobernaremos demostrando que la Noche Eterna es un refugio para todos los que fueron perseguidos.
Klen miró al joven príncipe con profunda aprobación. Había visto a Aurelius pasar de ser un muchacho acorralado y desconfiado en los sótanos de la Órbita Umbría a convertirse en un estadista consciente del peso que llevaba sobre sus hombros.
—Mis hombres comenzarán el repliegue hacia las provincias del norte la próxima semana, príncipe —anunció Klen—. Vespera y yo acompañaremos a la primera columna de suministros. Necesitamos asegurar las fronteras de Oakhaven antes de que las nieves del invierno cierren los pasos de la cordillera.
Valerius entornó los ojos, analizando la decisión del líder rebelde.
—¿Dejarán la capital tan pronto? —preguntó el Archiduque—. La presencia de la ex-Inquisidora Suprema y del líder de la rebelión es el pilar que mantiene contenidas a las facciones militares de la ciudad.
Vespera miró a Klen y luego al Archiduque.
—El trabajo en la capital está hecho, Lord Nightshade —dijo ella con serenidad absoluta—. La estructura militar de la Inquisición ha sido desmantelada y reemplazada por las guardias populares. Mi lugar ya no está en los tribunales de mármol. Le prometí a Klen que construiríamos una vida lejos de los altares de la corona.
Valerius contempló a la mujer durante varios segundos. Por primera vez en su vida de cálculos políticos, el estratega reconoció la belleza de una retirada por amor. Inclinó la cabeza en un gesto de sincero reconocimiento.
—Que la sombra de las estrellas proteja su viaje, Vespera —dijo Valerius—. Aethelgard tiene una deuda impagable con ambos.