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Destinada A Un Amor Inmortal - Temporada 3

Destinada A Un Amor Inmortal - Temporada 3

Status: En proceso
Genre:Romance paranormal / Romance / Vampiro
Popularitas:484
Nilai: 5
nombre de autor: Liz Eliana Cera

Bajo los gélidos e imponentes paisajes de Alaska, el amor inmortal de Adam y Bibiana se enfrenta a su prueba más difícil al verse presionados a contraer matrimonio por Marcelo, el despiadado padre de Adam; Una unión forzada que desentierra los peores dolores del pasado, llevando a Bibiana a tomar una decisión definitiva. Cargada de una indignación inquebrantable, la joven está decidida a confrontar cara a cara a su familia por haberle ocultado la verdad sobre el oscuro pacto secreto que su padre tejió en el ayer con su ahora suegro. Ella ya no será una pieza en el juego de nadie; luchará con valentía y con toda su fuerzas para romper de una vez por todas las cadenas del pasado y salvar su propio destino al lado del hombre que ama con el alma.

NovelToon tiene autorización de Liz Eliana Cera para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

T3 Capítulo 10 - El banquete del horror

Adam se acomodó en su asiento, sintiendo cómo un frío instintivo le recorría la espalda. Sus ojos fijos en el escenario no presagiaban nada bueno.

—Siento que esto no va a ser nada bueno, Bibi —susurró, acercándose a su esposa.

En el escenario, la voz de Marcelo resonó con una autoridad implacable sobre el murmullo de los invitados.

—¡Queridos amigos! Esta es mi gran sorpresa de la noche —anunció con una reverencia teatral—. Ya puedes hacerlos pasar.

—Enseguida, jefe —respondió uno de los guardias del clan, haciendo una señal hacia las pesadas puertas de hierro del jardín.

Adam buscó desesperadamente el rostro de su madre entre la multitud.

—Mamá, ¿tú sabes cuál es esa sorpresa de mi padre? —le preguntó en voz baja, con un hilo de angustia.

Estela negó con la cabeza, mostrando una genuina confusión en su rostro pálido.

—No lo sé, hijo. Yo también tengo curiosidad, al igual que tú. Marcelo ha mantenido esto en absoluto secreto.

Las puertas se abrieron de par en par. Para sorpresa de todos, un grupo numeroso de personas —hombres y mujeres completamente humanos— comenzó a entrar en fila al jardín. Sus rostros reflejaban una profunda confusión y un miedo latente al verse rodeados de tantas miradas gélidas.

A unos metros de la mesa principal, Giselle observó la escena con horror y se inclinó hacia su hermano menor.

—¿Por qué nuestro padre habrá traído a personas humanas a la fiesta? —preguntó, sintiendo un nudo en el estómago.

Camilo soltó una risa amarga y sin pizca de gracia.

—No los trajo para hacernos compañía, hermanita.

Giselle palideció, asimilando de golpe la atroz realidad. —¿Estás queriendo decir que él los trajo... para alimentar a los invitados?

—Sí, Giselle —confirmó Camilo, bajando la voz al notar la mirada de los guardias—. Y no deberías sorprenderte. Tú mejor que nadie sabes lo cruel y despiadado que puede llegar a ser nuestro padre cuando se lo propone.

—Claro que lo sé —murmuró Giselle, apretando los puños con impotencia—. Pero hacer un espectáculo de cacería justo delante de Bibiana... Esto ya es su máximo nivel de maldad.

—Pobre de nuestra cuñada —suspiró Camilo, mirando con lástima hacia la mesa de los novios.

Bibiana, ajena a los comentarios de sus cuñados pero guiada por su propio instinto de supervivencia, miró a Estela con desconcierto.

—¿Por qué vinieron personas humanas a la fiesta? —preguntó, sintiendo que el aire se volvía irrespirable.

Estela forzó una sonrisa amable, intentando desesperadamente suavizar la situación para no alterar a la novia.

—Seguramente mi esposo los invitó para que no te sintieras tan incómoda entre tantos vampiros, Bibi. Quería que tuvieras a los tuyos cerca.

Bibiana negó con la cabeza, rechazando la mentira. Su mirada se clavó en los rostros aterrorizados de los recién llegados.

—No lo creo. Hay algo muy extraño en todo esto... algo muy oscuro.

Adam cerró los ojos un instante, apretando las mandíbulas hasta que le dolió. La macabra jugada de su padre estaba clara.

—Dios, que no sea lo que estoy pensando... —rogó para sí mismo en un susurro inaudible, temiendo por la estabilidad mental de Bibiana.

Ajeno al tormento de su hijo, Marcelo bajó del escenario y caminó con paso firme hacia el grupo de mortales. Sus ojos brillaban con la lascivia de un depredador a punto de iniciar el juego.

—Bienvenidos a la fiesta de bodas de mi hijo —les dijo Marcelo con una amabilidad falsa y escalofriante—. Por favor, quiero que se pongan todos en el centro del jardín. No tengan miedo.

Inseguras y temblando por el frío de Alaska y el peso de las miradas, las personas comenzaron a agruparse en el espacio abierto del centro del jardín, quedando completamente expuestas ante el nido de lobos que las rodeaba

Marcelo extendió los brazos hacia la multitud de invitados, con una expresión de absoluta soberbia. Su voz resonó con fuerza por encima del viento gélido.

—¡Mis amigos! Este es el verdadero banquete que les preparé para celebrar por todo lo alto el matrimonio de mi hijo —anunció, señalando al grupo de humanos aterrorizados—. Espero que lo disfruten. ¡Ya pueden empezar a cenar!

No hizo falta decir más. Con una velocidad inhumana y gruñidos salvajes, los invitados vampiros rompieron su fachada de elegancia. Se abalanzaron sobre las personas atrapadas en el centro del jardín, clavando sus colmillos sin piedad. Los gritos de agonía y horror rasgaron el silencio de la noche de Alaska, mientras el suelo comenzaba a teñirse de un carmesí denso.

—No puede ser... —murmuró Adam, paralizado en su asiento al ver la masacre que se desataba ante sus ojos.

A su lado, Bibiana rompió a llorar, ahogando un grito con sus manos. El horror absoluto la invadió al presenciar cómo aquellas personas inocentes morían lentamente a manos de los monstruos que la rodeaban. Incapaz de soportar el espectáculo de sangre por un segundo más, se levantó de la mesa abruptamente y huyó corriendo hacia el interior de la mansión.

—¡Bibi! —gritó Adam, pero antes de seguirla, su mente se nubló de rabia. Utilizando su velocidad vampírica, se plantó de golpe frente a su padre.

Marcelo acababa de soltar el cuerpo sin vida de un hombre, limpiándose un hilo de sangre de la comisura de los labios con total indiferencia.

—¡¿Por qué tenías que hacer esto delante de Bibi, papá?! —estalló Adam, con los ojos inyectados en furia y los puños temblando.

Marcelo lo miró con frialdad, sin inmutarse por el tono de su hijo.

—Lo hice para que se acostumbre de una vez por todas a la idea de lo que significa ser uno de nosotros. Esta es nuestra verdadera naturaleza y nuestra forma de alimentación. No tiene sentido ocultárselo.

—Tu maldad no tiene límites... —siseó Adam, con profundo desprecio.

—Nosotros los vampiros somos así, hijo —replicó Marcelo con una sonrisa cínica—. Crueles, despiadados y sin alma. Deberías recordarlo.

—Me da asco seguir escuchándote —sentenció Adam—. Quédate solo con tus invitados si tanto te divierte esto, porque mi esposa y yo no pensamos regresar a esta maldita fiesta.

Sin esperar réplica, Adam dio media vuelta y desapareció velozmente entre las sombras del pasillo para buscar a Bibiana.

—¡Adam! —rugió Marcelo, pero antes de que pudiera ordenar a sus guardias que lo detuvieran, una silueta se interpuso en su camino.

Estela apareció frente a él. Su rostro, usualmente calmado, estaba desencajado por la indignación.

—¡Marcelo! ¡¿Cómo fuiste capaz de hacer algo tan cruel y horroroso delante de la esposa de nuestro hijo?! —exclamó con la voz rota por el enojo.

Antes de que él pudiera articular palabra, Estela levantó la mano y cruzó el rostro de Marcelo con una sonora y violenta cachetada que hizo eco en medio del caos del jardín.

La mandíbula de Marcelo se tensó y sus ojos brillaron con una furia peligrosa.

—¡Lo hice para que viera la realidad! Muy pronto ella también será una vampiresa, tiene que entenderlo —respondió entre dientes, sobándose la mejilla.

—¡Esta no era la manera de hacerlo! —le gritó Estela, con frustración—. De todas las cosas crueles y perversas que has cometido en tu vida... ¡esta es, por mucho, la peor!

Sin darle tiempo a responder, Estela le dio la espalda y se retiró velozmente del jardín, dejándolo solo en medio de su macabro festejo.

—¡Estela! —exclamó Marcelo, viendo cómo su propia familia lo abandonaba en la noche de bodas.

Al cruzar el umbral de su habitación, Bibiana se dejó caer sobre el colchón. El llanto contenido desbordó por fin de sus ojos, nublando su vista. Cubrió su rostro con las manos, intentando inútilmente borrar de su mente las desgarradoras imágenes de la masacre del jardín.

—Esto es una pesadilla... —sollozó para sí misma, con el cuerpo temblando por el pánico—. Una maldita pesadilla de la que no puedo despertar.

La puerta se abrió con urgencia y la silueta de Adam apareció en el marco. Tenía el rostro desencajado por la angustia. Al verla en ese estado, se arrojó a la cama de inmediato.

—¡Bibi! —exclamó, rodeándola con sus brazos.

En cuanto sintió el contacto de su esposo, Bibiana se aferró a su pecho con desesperación, escondiendo el rostro en su hombro mientras las lágrimas humedecían el traje de gala de él.

—¡Adam... todo eso fue horrible! —exclamó con la voz rota—. Los gritos... la sangre... ¡Fue una carnicería!

Adam la apretó fuertemente contra sí, acariciando su cabello con infinita ternura y culpabilidad. Los latidos desbocados del corazón humano de Bibiana resonaban en sus oídos vampíricos, rompiéndole el alma.

—Lo sé, mi amor, lo sé... —murmuró con amargura—. No sabes cómo me arrepiento de no haber tenido la fuerza para sacarte de ese jardín mucho antes. No debiste presenciar algo tan atroz.

Bibiana se separó apenas unos centímetros, mirándolo con ojos suplicantes e inflamados por el llanto. Sus manos gélidas tomaron las solapas del saco de Adam.

—No quiero estar en esta mansión ni un segundo más, Adam. Sácame de aquí, por lo que más quieras. Sácame de este lugar de monstruos...

Adam le limpió las lágrimas de las mejillas con los pulgares, sosteniendo su mirada con una determinación inquebrantable. Ya no había marcha atrás; el pacto de su padre se había ido al demonio en el momento en que derramó sangre frente a su esposa.

—Nos vamos a ir, tranquila —le prometió en un susurro cargado de firmeza.

Bibiana asintió levemente, aferrándose de nuevo a su abrazo. Aunque seguía llorando, el calor de los brazos de Adam comenzó a mitigar el frío del terror, convirtiéndose en el único refugio seguro en medio de aquella fortaleza de depredadores.

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