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Cuánto Me Duele Dejarte Ir

Cuánto Me Duele Dejarte Ir

Status: Terminada
Genre:Yaoi / Romance / Amor prohibido / Completas
Popularitas:501
Nilai: 5
nombre de autor: Benjamín J. Gohega

Esta es la historia de Alejo, quien acaba de perder al amor de su vida.
Con el corazón roto, intenta comprender cómo seguir adelante cuando Santiago, la persona con la que imaginó compartir sus días, ya no está.

NovelToon tiene autorización de Benjamín J. Gohega para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Todo lo que me gustaba de vos.

Leí por ahí, en algún sitio de internet, que para dejar ir a una persona —para sacártela de la cabeza— era bueno escribirlo en papel y luego prenderlo fuego. Escribir lo que compartiste, lo que sufriste, lo que sentiste.

Yo decidí escribir sobre lo que me gustaba de vos.

Al principio empecé con una pequeña lista, pero de repente se volvió cada vez más extensa. Pasé cerca de dos semanas escribiendo y borrando, riendo por momentos y llorando por otros. Y ahí descubrí el verdadero propósito de escribir para dejar ir.

Tenía tantos recuerdos. Había tantas cosas que me gustaron desde siempre y otras tantas que fui descubriendo con el tiempo.

Me acordé de la primera vez que salimos a comer. Yo había hecho la reserva para las nueve de la noche y habías llegado media hora antes al restaurante. Te hicieron esperar cerca de la barra. Estabas en un rincón, sentado en una silla junto a ella, cuando llegué. Y cuando me viste, te sonrojaste. Te veías tan lindo esa noche.

Desde hacía media hora estabas ahí, petrificado. El mozo que me recibió al ingresar me comentó que ya habías llegado, que su intención había sido que te sentaras a esperar y quizás tomar algo en la barra. Pero en lugar de subirte a una banqueta, fuiste hasta una silla que estaba en una esquina y te quedaste esperando. En silencio. Algo incómodo.

El mozo me pidió disculpas: no se había dado cuenta de dónde estabas hasta unos minutos antes de que yo llegara a preguntar por la reserva.

Caminé hacia vos, te abracé muy fuerte y te reté por no haberme escrito o llamado para avisar que habías llegado antes. De camino a la mesa te expliqué lo que había hablado con el mozo, el malentendido. Te lo tomaste bien. Siempre te tomabas todo bien.

Noté que estabas más arreglado que de costumbre. Te veías muy bien.

La mesa era rectangular, junto a una ventana que daba al mar. Las sillas estaban enfrentadas. Las giré y las puse una al lado de la otra, mirando hacia afuera. Nunca entendí a la gente que iba a comer a un lugar con una vista tan hermosa y se sentaba de espaldas a ella.

Te sentaste junto a mí y apoyaste la cabeza en mi hombro. En el reflejo del vidrio nos veíamos preciosos. Con mi mano derecha tomé tu mano izquierda. Era la primera vez que nos tomábamos de la mano en un lugar público. Sonreíste; lo vi reflejado en el vidrio. Y esa felicidad que provoqué en vos fue aún más fuerte en mí. Verte feliz me hacía bien. Muy bien.

Y esa fue la primera frase de mi lista:

“Tu felicidad.”

Desde ahí empecé a escribir sin parar. Era tanto lo que me gustaba de vos que, a veces, me costaba explicarlo sin extenderme demasiado.

Siempre tuviste un humor que me encantaba. Me hacías reír y, a veces, hasta enojar. Pero la verdad es que desde el inicio fuimos muy compatibles, como si hubiera algo del destino en todo eso. Y mirá que siempre me costó creer en esas coincidencias, pero cuando hablábamos de nuestra relación era difícil no hacerlo.

Hablabas mucho. Mucho más que yo. Y eso que, en mis primeros años de escuela, mis profesores siempre les decían a mis padres que era un excelente alumno, que aprendía rápido, que tenía muy buenas notas, pero que era muy charlador.

Con vos era distinto. A vos te gustaba hablar, contarme cosas, preguntar. Y a mí siempre me gustó escucharte. Aunque a veces lo dudabas, jamás me aburriste, con vos era fácil quedarme en silencio.

Tenías una dieta muy saludable, a pesar de no querer salir a caminar nunca. Compartíamos cenas sanas y muchos gustos en lo que respecta a la comida. Aunque, de vez en cuando, se te daba por comer comida chatarra todo el bendito fin de semana. Yo renegaba, y vos comías y después me besabas, con ese gusto a snacks salados impregnado en los labios.

Pero no me molestaba. Porque no dejaban de ser tus labios.

Amabas leer. Ya habías leído decenas de novelas cuando te conocí. Y todavía recuerdo tus ojos brillantes cuando viste mi gran biblioteca. Ahí te amé un poco más. Compartir la lectura con vos siempre fue algo especial. Las tardes leyendo, cada uno con su libro, eran únicas. Nos mirábamos, cómplices. Pero no hablábamos. Solo comentábamos si el otro ya había leído ese libro. Y siempre después de terminarlo. Eran las reglas de oro.

Me acuerdo del día que fuimos a una fiesta con mis compañeros de trabajo. Pasaste toda la tarde probándote conjuntos, pensando combinaciones. Todo te quedaba bien. Y no lo decía solo porque eras mi novio, sino porque tenías muy buen gusto para vestirte. Aunque sí, también era porque eras mi novio.

Al final elegiste una camisa de jean que te había regalado para tu último cumpleaños. El resto de la ropa me hiciste elegirla a mí. Me dijiste que solo querías usar la camisa que te había regalado, que lo demás no importaba tanto. Te abracé y te besé. Porque solo vos podías decir cosas tan lindas sin pensarlo demasiado, sin fingir. Simplemente eras vos.

Cuando veíamos películas o leíamos libros con historias delicadas o muy apasionadas, siempre llorabas. Mucho más que yo. Yo sentía lo que vos sentías, y me partía el alma. Le dabas vueltas a todo, fuera real o ficticio. Si era ficción, decías que algo de verdad tenía que haber, que para transmitir ciertos sentimientos el autor o la autora seguro había pasado por algo parecido.

Era tan fácil para vos ponerte en los zapatos de otros. Y aunque verte llorar me sensibilizaba, te entendía. Me gustaba ese grado de humanidad, de empatía que tenías.

Desde siempre tuviste problemas económicos. Justamente porque siempre pensabas en el otro. En la necesidad del otro.

Me abrigué y salí. Puse las hojas junto al fogón que habíamos armado en el patio. Prendí un par de maderas y esperé a que el fuego tomara fuerza. Busqué Too Good at Goodbyes, de Sam Smith. Siempre decías que te imaginabas atravesando una separación con esa canción. Y ahí estaba yo, transitando la nuestra. Esta vez, de manera definitiva.

Cuando empezó a sonar, las lágrimas no tardaron en caer. Tomé hoja por hoja y las fui tirando al fuego.

Deseándote, en silencio, que seas feliz.

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Benjamín Gohega
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