Él tiene el imperio, el apellido y el control absoluto. Ella solo buscaba salvar a su familia y terminar atrapada en un trato que nunca pidió. Un contrato frío los une frente al mundo, pero bajo las apariencias de un matrimonio falso se desata una pasión que ninguno de los dos esperaba. Entre secretos familiares, traiciones y un legado que defender, descubrirán que el lazo más fuerte no se escribe en un papel… se graba en el corazón. ¿Podrán dos mundos opuestos construir un amor verdadero, o el poder lo destruirá todo antes de que sea demasiado tarde?
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CAPÍTULO 14 UNA FOTO QUE LO CAMBIÓ TODO
Los días siguientes fueron los peores de mi vida.
La mansión, que antes me había parecido grande y hermosa, se convirtió en un laberinto frío y silencioso. Dante y yo nos evitábamos como si el otro fuera una enfermedad. Si coincidíamos en el pasillo, bajábamos la mirada y seguíamos caminando sin decir una palabra. Si nos sentábamos a la misma mesa para cenar, el silencio pesaba tanto que casi se podía tocar. Don Eliseo intentó hablar con los dos por separado, nos pidió que nos sentáramos y habláramos de verdad, que no dejáramos que unas fotos falsas nos destruyeran. Pero ninguno de los dos cedía.
Yo no podía. Cada vez que miraba a Dante, veía las fotos en mi cabeza. Veía su cara cerca de la de Sofía, su sonrisa, la cercanía de sus cuerpos. Sabía que Don Eliseo tenía razón, que probablemente todo era una trampa. Pero el dolor era más fuerte que la razón. El miedo a haber sido una tonta, a haber creído en algo que nunca existió, me paralizaba.
Dante lo intentaba a su manera. Una mañana encontré una taza de café preparada en la mesa de la cocina, con el azúcar justo como me gusta, y una nota pequeña doblada al lado: "Por favor, hablemos". La leí, la arrugué y la tiré a la basura sin responder. Otro día dejó un libro de poemas en mi habitación, el mismo que yo estaba hojeando en la biblioteca la semana que llovió. Lo guardé en el estante más alto, sin abrirlo.
Yo sabía que estaba siendo cruel. Sabía que le estaba haciendo daño. Pero no sabía cómo parar. Si me acercaba a él, si le hablaba, si le dejaba ver lo mucho que me dolía, tenía miedo de romperme del todo.
Sofía, en cambio, aparecía cada vez más seguido.
Un martes por la tarde, estaba en el jardín caminando sin rumbo cuando la vi llegar. Entró en la mansión con una sonrisa, saludó a Don Eliseo con un beso y se fue directo al despacho de Dante. Yo me escondí detrás de un roble, sin poder evitarlo. La puerta del despacho se quedó entreabierta. Oí su voz dulce, preguntando por él, ofreciéndole ayuda con unos papeles de la fundación. Oí la voz de Dante, seria al principio, luego un poco más relajada, y luego… una risita. Una risita suave, que yo creía que solo me dedicaba a mí.
Me marché de allí corriendo, antes de poder oír nada más.
Esa noche no bajé a cenar. Me encerré en mi habitación y me quedé mirando por la ventana hasta que las luces de la casa se apagaron una a una.
Al día siguiente, Don Eliseo me buscó en la biblioteca. Tenía la cara cansada, preocupada.
—Hija, por favor —dijo, sentándose a mi lado—. Él está hecho pedazos. No come bien, no duerme. Pasa las noches en el despacho intentando averiguar quién mandó esas fotos. Te quiere, Aitana. ¿Por qué no le das una oportunidad de explicarse?
Miré al anciano. Quería creerle. Quería más que nada creerle.
—Tengo miedo, don Eliseo —confesé, con la voz rota—. Tengo miedo de acercarme y descubrir que todo lo que sentí fue mentira. Que solo fui un contrato para él, mientras ella seguía estando ahí.
—Nunca fuiste solo un contrato —respondió él, tomándome la mano—. Y tú lo sabes. En el fondo de tu corazón lo sabes.
Esa tarde, Clara me dijo que Dante había ido a la antigua fábrica que la familia Ferrer tenía a las afueras de la ciudad. Iba a revisar un proyecto de rehabilitación para convertirla en un centro de formación para jóvenes. Sofía lo había acompañado, porque conocía bien el terreno y quería ayudar.
—El señor Dante preguntó por usted antes de irse —dijo Clara, con voz suave—. Dijo que si usted quería ir…
—No quiero —la corté, más seca de lo que pretendía.
Pero una hora después, me encontré a mí misma subiendo al coche y pidiéndole al conductor que me llevara a la fábrica. No sabía qué iba a hacer allí. No sabía si iba a hablar con él, a gritarle, o simplemente a verlo con mis propios ojos y confirmar una vez más lo que ya temía.
La fábrica era grande, vieja, con las paredes de ladrillo desgastado por el tiempo y las ventanas rotas que dejaban entrar la luz del sol en haces dorados. Entré por la puerta principal despacio. El lugar estaba casi vacío, solo se oían las voces de Dante y Sofía que venían del fondo, cerca de la zona de los hornos antiguos.
Me acerqué despacio, sin hacer ruido. Y lo que vi me partió el corazón en dos.
Dante y Sofía estaban de pie cerca de una ventana grande. Él tenía los planos del proyecto extendidos sobre una mesa vieja de madera. Sofía estaba muy cerca de él, casi pegada a su costado, señalando algo en los planos con el dedo. Dante le escuchaba, asintiendo con la cabeza, su rostro serio y concentrado. De repente, Sofía se inclinó un poco más hacia él. Le puso una mano en el brazo, despacio, y le dijo algo al oído. Dante no apartó el brazo. Se giró hacia ella, sus rostros muy cerca el uno del otro, y por un segundo creí que se iban a besar.
No me quedé a ver más.
Me di la vuelta y salí de la fábrica corriendo, con las lágrimas cegándome. El conductor me preguntó si estaba bien cuando me subí al coche. Yo no pude responder. Solo me eché hacia atrás en el asiento y lloré en silencio todo el camino de vuelta a la mansión.
Aquello confirmaba todo. Las fotos no eran falsas. Él y ella seguían siendo algo. Yo había sido una tonta al creer que podría tener algo real con él. Una ilusa que pensó que un contrato podía convertirse en amor.
Llegué a la mansión antes que ellos. Subí a mi habitación y empecé a meter mis cosas en una maleta pequeña. No sabía a dónde iría. Quizás a casa de mi tía por un tiempo. Quizás a un hotel. Lo único que sabía era que no podía quedarme allí un día más, viéndolos juntos, fingiendo que todo estaba bien.
Estaba doblando una camisa cuando la puerta de la habitación se abrió de golpe. Dante apareció en el umbral, con el rostro desencajado, el cabello revuelto, el aliento agitado como si hubiera corrido.
—Te vi en la fábrica —dijo, y su voz sonaba desesperada—. Saliste corriendo. ¿Por qué? ¿Qué viste?
Me detuve. Miré hacia él. El dolor se mezcló con la rabia.
—¿Qué me importa lo que vi? —respondí, fría—. Ya lo sabía todo de todos modos. Las fotos decían la verdad. Tú y ella seguís siendo lo mismo. Yo solo soy un estorbo en vuestro camino.
Dante entró en la habitación de un salto. Se acercó a mí, pero yo me aparté hacia la pared.
—No, Aitana. No viste lo que crees. Ella solo me estaba explicando unos detalles del proyecto. Nada más.
—¿Nada más? —repetí, riendo con amargura—. ¿Nada más es que estuvieras a punto de besarla?
Sus ojos se abrieron de par en par.
—¿Qué? ¡No! Yo nunca…
—¡Basta! —grité, y las lágrimas volvieron a brotar con fuerza—. Basta de mentiras, Dante. Ya no quiero escucharlas. Quiero irme.
Dante se quedó quieto. Su rostro se transformó. El color se le fue de las mejillas.
—¿Irte? ¿A dónde?
—Lejos de aquí —respondí, señalando la maleta en la cama—. Lejos de ti. Lejos de ella. Este matrimonio fue un error. Todo fue un error.
Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera pensarlas. Y en cuanto las dije, vi el dolor en los ojos de Dante. Un dolor tan profundo que me hizo doler a mí también. Pero no me retracté. No podía.
Él se quedó mirándome unos segundos más. Luego asintió muy despacio, como si hubiera perdido toda la fuerza de su cuerpo.
—Está bien —dijo, y su voz sonaba rota, vacía—. Si eso es lo que quieres. No te detendré.
Se giró y salió de la habitación sin mirar atrás. Cerró la puerta suavemente detrás de sí.
Me quedé allí parada, mirando la puerta cerrada. La maleta estaba a medio hacer en la cama. Mis manos me dolían de tanto apretar la camisa.
Y en ese momento, mientras el silencio volvía a caer sobre la habitación, supe que había cometido el error más grande de mi vida.
Pero ya era demasiado tarde para retroceder.