Liam solo quería salvar a su hermano.
Cuando el profesor Duncan Ashford descubre al muchacho robando en su oficina, lo denuncia ante la universidad. Desesperado, Liam le ruega que retire los cargos. Su hermano podría ser expulsado y quedar marcado para siempre.
Entonces Duncan le hace una pregunta:
—¿Qué estarías dispuesto a dar para salvarlo?
Liam responde sin pensar:
—Lo que sea.
Acaba de cometer su primer gran error.
Duncan no es solamente un profesor. Es el líder de una poderosa familia yakuza, un hombre casado que nunca deja que nadie altere sus reglas.
Pero Liam ha despertado su interés.
Una noche. Un trato. Un precio que jamás imaginó pagar.
Y cuando Liam descubra quién es realmente el hombre al que le entregó su inocencia, será demasiado tarde para escapar.
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El nidito de amor
El mensaje llegó un lunes a las seis de la tarde.
**Duncan:** *Torre Sur, bloque B, piso 7, departamento 3. Código: 0408. Ven cuando termines tu última clase. Te espero.*
No era un hotel. No era un rascacielos de cuarenta plantas. Era un complejo residencial de torres de diez pisos, cuatro departamentos por planta, con jardines en la entrada y un estacionamiento subterráneo. El tipo de lugar donde vivían familias jóvenes, parejas recién casadas, profesionales con sueldos decentes. Un lugar normal. Un lugar donde nadie miraría dos veces a un profesor universitario entrando a su departamento después del trabajo.
Liam marcó el código en el panel del ascensor. *0-4-0-8.* El ascensor subió. Las puertas se abrieron directamente al pasillo del séptimo piso. Cuatro puertas. La tercera estaba entornada.
La empujó.
El departamento era amplio, de dos habitaciones, con una sala de estar que daba a un balcón pequeño. Muebles funcionales, una cocina limpia, una estantería con libros de economía y derecho. Nada lujoso. Nada ostentoso. Un departamento que podría pertenecer a cualquier hombre de treinta y cinco años con un trabajo estable y una esposa que compraba flores los viernes.
Duncan estaba en el sofá. Con las piernas cruzadas. Un vaso de whisky en la mano. Sin chaqueta. Sin corbata. La camisa remangada hasta los codos. El tatuaje asomando por los antebrazos como una enredadera que no terminaba de crecer.
Levantó la vista. Sonrió. Una sonrisa pequeña, doméstica.
—Llegas bien. Siéntate.
Liam no se sentó. Se quedó de pie en la entrada, con la mochila colgando de un hombro y el corazón latiéndole en la garganta.
Duncan dejó el vaso sobre la mesa de centro. Se levantó. Caminó hacia la cocina. Abrió un armario. Sacó otro vaso de cristal esmerilado. Lo llenó dos dedos de whisky.
—Toma.
Liam miró el vaso. No lo cogió.
—No quiero.
Duncan ladeó la cabeza. Esa expresión de curiosidad casi tierna. Como un padre mirando a un hijo que se niega a comer la verdura.
—No es una pregunta.
—No quiero beber.
Duncan dio un paso. Acortó la distancia. Le puso el vaso en la mano. Los dedos de Duncan envolvieron los de Liam, obligándolo a cerrarse alrededor del cristal.
—Es para que te relajes —dijo, en voz baja, casi suave—. Estás tenso. Siempre llegas tenso. Un trago y el cuerpo afloja. Y cuando el cuerpo afloja, todo es más fácil. Para ti.
Liam miró el whisky. El líquido ámbar le devolvió su propio reflejo distorsionado. Se lo llevó a los labios. Bebió. El alcohol le quemó la garganta como una línea de fuego. Tosió.
Duncan le quitó el vaso. Lo dejó sobre la mesa.
—Bien.
Se acercó. Le puso una mano en la nuca. Bajó la cabeza. Le besó el cuello. Un beso lento, húmedo, justo sobre la línea de la mandíbula. Los dedos de la otra mano ya estaban en el primer botón de la camisa de Liam.
—Relájate —susurró Duncan contra su piel—. Ya pasó. Ya estás aquí.
Y los botones cayeron. Uno a uno. Y la camisa resbaló. Y el aire frío del departamento le erizó la piel. Y Duncan lo empujó, despacio, hacia el dormitorio. Hacia la cama.
Y Liam no supo en qué momento exacto dejó de estar de pie y pasó a estar tumbado. No supo cuándo el techo se convirtió en la única cosa que podía ver. No supo cuándo las manos de Duncan dejaron de ser una amenaza y se convirtieron en un peso familiar, conocido, *esperado*.
Duncan se colocó encima. Le besó el cuello otra vez. La clavícula. El esternón. Bajando. Siempre bajando. Y entre beso y beso, contra la piel caliente, la voz:
—Dime que te gusta, Liam.
Liam cerró los ojos. Apretó los dientes.
—Dime que te gusta. Vamos. Dilo.
—No.
Duncan se detuvo. Se apoyó en los codos. Lo miró desde arriba.
—No te pido que lo pienses. No te pido que lo sientas con el corazón. Solo expresa lo que tu cuerpo siente. Tu cuerpo no miente, Liam. Tu cuerpo ya lo sabe. Dilo.
Liam abrió los ojos. El techo. La cara de Duncan. El anillo de oro brillando.
—Me... me gusta.
La palabra salió rota, mínima, casi inaudible. Pero salió.
Duncan sonrió. Con los ojos. Siempre con los ojos.
—Bien. Otra vez. Más fuerte.
—Me gusta.
—Bien.
Y el peso volvió. Y el ritmo volvió. Y Liam dejó de existir fuera de esa cama, fuera de ese cuerpo que respondía, que se arqueaba, que gemía a pesar de la vergüenza, a pesar del asco, a pesar de todo.
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Cuando terminó, Duncan se incorporó. Se sentó en el borde de la cama. Sacó un cigarrillo del bolsillo del pantalón, tirado en el suelo. Lo encendió. El humo subió en una espiral gris hacia el techo.
Inhaló. Exhaló. Miró a Liam por encima del hombro.
—Sigue siendo tan satisfactorio, Liam. —Una pausa. El cigarrillo brilló en la penumbra—. ¿Estás seguro de que no fue tu primera vez? ¿De que no eres primerizo?
Liam se giró. Lo miró con los ojos enrojecidos, el pelo revuelto, la piel aún caliente.
—Cállate, imbécil.
Duncan rio. Una risa baja, satisfecha.
—Eso lo dices con la boca. Pero tu cuerpo vibra cada vez que estamos juntos. Cada. Vez. —Enfatizó las palabras con el cigarrillo, como un director de orquesta marcando el compás—. No me mientas a mí, Liam. Y no te mientas a ti.
Liam cerró los ojos. Apretó los puños contra las sábanas. Y se odió. Se odió de una forma limpia, absoluta, sin matices. Porque Duncan tenía razón. Su cuerpo respondía. Su cuerpo se arqueaba, gemía, se aferraba. Su cuerpo era un traidor que no entendía de dignidad ni de resistencia.
—Y este va a ser nuestro nidito de amor —dijo Duncan, exhalando humo—. Pero no será una vez a la semana. Eso era el hotel. Esto es distinto. Cada vez que te escriba, vendrás aquí. Obedientemente. Y me esperarás.
Liam se giró. Lo miró.
—¿Venir obedientemente? ¿Qué significa eso?
Duncan dejó el cigarrillo en el cenicero de la mesa de noche. Se giró. Le tomó el rostro con una mano. Le apretó la mandíbula con los dedos. Obligó a Liam a mirarlo.
—Que eres mi amante. Y estás a mi disposición. —Lo dijo con una paciencia infinita, como quien explica algo obvio a un niño lento—. ¿No ves novelas? ¿No ves series? Los amantes están a disposición de sus parejas. ¿Es que necesito comprarte películas para que sepas cómo comportarte?
Liam le apartó la mano. Se giró. Le dio la espalda.
—Déjame en paz, maldito.
Duncan rio. Una risa genuina, casi alegre.
—*Maldito.* Eso no lo decías hace quince minutos. ¿Quién fue el que dijo *papi rico*? ¿Quién fue el que me pidió que no parara?
Liam sintió que el calor le subía por el cuello. Por las mejillas. Por las orejas. Se ruborizó hasta la raíz del pelo.
—Tú me obligaste a decirlo —murmuró contra la almohada—. Yo no lo pensé. No lo sentí.
—No te escuché protestando demasiado, muchachito. —Duncan apagó el cigarrillo. Se recostó en la cama, boca arriba, con las manos detrás de la cabeza—. Y así queda establecido. Cada vez que te requiera, vienes. Cada vez que te llame, contestas. Cada vez que te escriba, obedeces. Sin preguntas. Sin excusas. Sin *déjame en paz*.
Liam no respondió. Se quedó mirando la pared. El humo del cigarrillo aún flotaba en el aire, una espiral gris que se deshacía lentamente.
*Papi rico.*
La frase le quemaba en la memoria. La había dicho. La había dicho porque Duncan se la había arrancado, porque el cuerpo había respondido antes que la mente, porque en algún punto entre el dolor y la vergüenza, el placer había ganado un segundo y Liam había abierto la boca y las palabras habían salido soltas, sin permiso, sin dignidad.
Y Duncan las había guardado. Como un trofeo. Como una entrada más en el catálogo.
Se quedó mirando la pared hasta que el humo se disipó y el departamento volvió a oler a whisky y a piel.
Y así quedó establecido.
No una vez a la semana. No un jueves a las nueve. Cada vez. Cada mensaje. Cada código. Cada puerta entornada.
La jaula no tenía horario. La jaula tenía dueño.