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PUDRETE, TESEO… AHORA AMARÉ AL MINOTAURO

PUDRETE, TESEO… AHORA AMARÉ AL MINOTAURO

Status: Terminada
Genre:Romance / Reencarnación / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Ariadna conoce desde niña el secreto que se esconde tras los muros del Laberinto: el Minotauro tiene un nombre, Asterión, y también tiene un corazón.
Mientras todos lo consideran una bestia condenada a morir, ella descubre al hombre que existe detrás de sus cuernos, sus heridas y su maldición. Entre visitas secretas, canciones y promesas hechas en la oscuridad, la compasión se transforma en un amor que desafía las leyes de Creta.
Entonces llega Teseo, el héroe destinado a matar al monstruo.
Ariadna acepta ayudarlo, pero no para entregar a Asterión.
Esta vez, el hilo no conducirá al héroe hacia la gloria.
Conducirá a dos amantes hacia la libertad.
Pero escapar del Laberinto no será suficiente. Cuando Teseo descubra la verdad, Ariadna tendrá que elegir entre su familia, su reino y el hombre que ama.
Porque para el mundo, Asterión será siempre el Minotauro.
Para Ariadna, será el hombre que merecía ser salvado.

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La verdad que no se calla

El sol ya estaba alto cuando arriba, en el palacio, la noticia estalló como un trueno.

Teseo llegó a la sala del trono con la ropa desordenada, la espada manchada, el rostro pálido y furioso. Se presentó ante Minos y la corte reunida y levantó la voz para que todos lo oyeran:

—¡Traición! La princesa Ariadna ha traicionado a todos. Se ha aliado con la bestia. Me tendió una trampa. Me llevó por caminos falsos y luego… ayudó al monstruo a escapar. Se quedó allí abajo, voluntariamente, encerrada con él. Prefirió la oscuridad y la abominación a su propio pueblo.

Un murmullo de horror recorrió la estancia. Algunos lo creyeron de inmediato. Otros bajaron la mirada, inseguros. Minos se puso de pie, pálido de rabia.

—¿Mi hija…? Imposible.

—Es la verdad —insistió Teseo, con voz cortante—. La vi con mis propios ojos. Ella misma me lo dijo. Lo liberó a cambio de quedarse en su lugar. Allí está ahora, prisionera por propia elección, junto a esa criatura.

Minos golpeó la mesa con el puño.

—¡Entonces la sacaremos de ahí! ¡La arrastraremos fuera a ella y a esa bestia! Reunid a los guardias. Que bajen todos. Nadie se queda.

Un grupo numeroso descendió al Laberinto antorchas en mano, armas relucientes, dispuestos a arrancar la verdad a la fuerza. Pero cuando llegaron a la cámara principal, se detuvieron en seco.

Allí estaban. Ariadna, sentada sobre una piedra, con el brazo vendado, apoyada en el hombro de él. Y Asterión, de pie a su lado, inmenso, imponente, no encorvado ni escondido, sino erguido, protegiéndola con todo su cuerpo. No hubo rugido ni amenaza. Solo su presencia bastó para contenerlos.

—¡Sal de ahí, bestia! —gritó el capitán de la guardia, con voz temblorosa—. ¡Y tú, Ariadna, ven con nosotros! Tu padre te ordena.

Ariadna se levantó despacio. Asterión hizo lo mismo, pero ella le puso una mano en el brazo y dio un paso adelante.

—No —dijo, con voz clara, que resonó en todo el recinto—. Nadie ordena aquí. No a mí. Y no a él.

—¿Estás loca? —gritó Minos desde la entrada—. ¿Te has vuelto loca por esa cosa?

—Esa cosa se llama Asterión —respondió ella, mirándolo fijamente—. Es mi primo. Es el hijo de mi tía. Es la víctima que encerrasteis antes de que aprendiera a hablar. Y es el único ser que jamás me ha visto de verdad.

Teseo dio un paso hacia adelante, con la mano en el pomo de su espada.

—Ella ha perdido el juicio —dijo a todos—. La ha hechizado. Matadlo y llevadla fuera.

—¡Mentira! —bramó Asterión, y su voz hizo retroceder a los soldados—. Nadie la ha hechizado. Nadie la ha obligado. Ella eligió quedarse porque sabía que yo no merecía morir solo. Y ahora he vuelto porque ella no merece estar sola.

Miró a todos a la cara, sin bajar la cabeza.

—Dicen que soy un monstruo. Que soy peligroso. Llevad diez años encerrado y jamás hice daño a nadie. ¿Dónde están los muertos? ¿Quién ha sufrido por mi mano? Vosotros me encerrasteis. Vosotros inventasteis el miedo. Vosotros necesitáis que sea malo para no mirar vuestra propia crueldad.

El silencio cayó pesado. Algunos soldados bajaron las antorchas. Otros intercambiaron miradas. Teseo se puso tenso.

—No escuchéis —insistió—. Es astuto. Engaña.

—¿Quién engaña? —lo cortó Ariadna, señalándolo con firmeza—. ¿Yo que dije la verdad o tú que prometiste y abandonaste? ¿Tú que te fuiste y regresaste con mentiras porque no encontraste la victoria que querías?

Se giró hacia su padre.

—Padre, pregúntate: ¿por qué tengo que elegir entre mi familia y mi corazón? ¿Por qué él tiene que desaparecer para que tú te sientas rey? Si me lleváis, me llevaréis viva o muerta. Pero no me separaré de él. No de nuevo.

Minos apretó los dientes, furioso y confundido. Teseo dio un paso hacia adelante, dispuesto a actuar, pero Asterión dio un paso también, tan grande y firme que el héroe se detuvo en seco.

—No —dijo Asterión, suave pero imparable—. Ella dijo la verdad. Y la verdad no se mata con espadas.

Ariadna volvió a sentarse junto a él. Él la cubrió con su sombra y la miró con ternura infinita.

—Nos quedamos —dijo ella—. No como prisioneros. Como quienes eligen su lugar. Si queréis llevarnos, venid todos. Pero sabed que no nos separaremos. Y que quien nos haga daño, tendrá que explicarle al mundo por qué temió a dos personas que solo querían estar juntas.

Nadie se movió. Nadie supo qué hacer. La multitud se quedó allí, dividida entre el miedo y la duda, mientras la luz de las antorchas temblaba sobre ellos, dibujando la imagen de una princesa y un "monstruo" que se protegían mutuamente, sin ceder, sin arrepentirse, sin pedir perdón por amarse.

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