El día de su boda, Camila Duarte descubrió tres cosas: que su prometido nunca la amó, que su hermana tenía una relación con el, y que la familia que la crio la había estado usando desde el principio.
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CAPÍTULO 21: DENTRO DE LAS PAREDES
El acceso al comité de inversión estratégica le dio a Valeria algo mucho más valioso que simples proyecciones financieras: le dio una oficina propia, dos días a la semana, en el mismo piso ejecutivo donde su madre y Sebastián tomaban cada decisión importante del Grupo Duarte.
Durante las primeras dos semanas, se limitó exclusivamente a cumplir con el papel que se esperaba de ella: revisó proyecciones de expansión hacia mercados centroamericanos, participó en reuniones donde aportó sugerencias lo suficientemente inteligentes como para consolidar su reputación como una inversionista seria, y evitó cualquier acercamiento a información que pudiera despertar sospechas prematuras.
Pero cada noche, de vuelta en su apartamento, cruzaba cuidadosamente los documentos legítimos a los que tenía acceso con las piezas que Trinidad y Gabriel habían reunido durante años, construyendo un mapa cada vez más detallado de exactamente cómo se había orquestado el desfalco que había costado la vida a Ernesto Roig.
—Encontré algo —le dijo a Gabriel, una tarde, en su oficina temporal del piso ejecutivo, con la puerta cerrada y la voz reducida a un susurro cuidadoso—. Los reportes de auditoría interna que Ernesto había solicitado antes de morir nunca se completaron formalmente. Pero encontré un borrador preliminar, guardado en un servidor interno de respaldo que el departamento de tecnología nunca terminó de depurar tras la reestructuración de sistemas de hace tres años.
—¿Qué dice el borrador?
—Confirma discrepancias específicas en tres trimestres consecutivos, todas ellas coincidiendo exactamente con transferencias documentadas hacia Fenwick Holdings. —Valeria le mostró la pantalla de su laptop, con las cifras resaltadas en amarillo—. El monto total de las discrepancias durante ese período asciende a poco más de cuatro millones de dólares.
Gabriel estudió las cifras con atención, su expresión endureciéndose progresivamente.
—Esto podría ser suficiente para justificar una investigación financiera formal.
—Todavía no. —Valeria cerró la laptop—. Necesitamos la confesión de Ferrer. Un documento interno puede explicarse como un error contable, una discrepancia administrativa. Pero un testimonio directo de la persona que ejecutó las transferencias, vinculándolas explícitamente con instrucciones recibidas de mi madre, eso sí sería irrefutable.
—Hablé con él la semana pasada. —Gabriel bajó todavía más la voz—. Se negó a recibirme directamente, pero su asistente doméstica mencionó, sin darle mayor importancia, que Ferrer ha estado bastante nervioso desde que empezaron a circular rumores sobre una nueva auditoría en el Grupo Duarte.
—Los rumores que yo misma empecé a sembrar deliberadamente en la última junta de comité. —Valeria esbozó una sonrisa fría—. Si Ferrer está nervioso, significa que sabe exactamente cuánto tiene que perder si la verdad sale a la luz. Y un hombre nervioso, Gabriel, es un hombre mucho más fácil de convencer.
Esa misma tarde, después de que la última reunión del comité terminara pasadas las seis, Valeria decidió caminar en lugar de tomar un taxi de regreso a su apartamento, necesitando el aire fresco para procesar la magnitud de lo que estaba descubriendo.
Su camino la llevó, casi sin proponérselo del todo, de vuelta al Parque Los Almendros.
Y ahí, sentada en el mismo banco que había ocupado semanas atrás, sintió que el corazón se le detenía por un instante cuando reconoció, entre los niños que jugaban en el área infantil, la trenza suelta y la risa inconfundible de Antonella.
Esta vez, sin embargo, la niñera que la acompañaba no era la misma mujer distraída de la primera visita. Era otra, joven, más atenta, que sonreía genuinamente cada vez que Antonella hacía algún comentario gracioso.
Valeria se sentó, como la vez anterior, en un banco lo suficientemente alejado para mantener la distancia prudente, pero esta vez, algo distinto ocurrió.
Una pelota, lanzada con la fuerza descuidada de una niña de cinco años, rodó directamente hacia sus pies.
—¡Disculpe, señora! —gritó Antonella, corriendo hacia ella con una energía imparable—. ¿Me la puede pasar?
Valeria sintió que el mundo entero se reducía a ese instante: su hija, a menos de dos metros de distancia, mirándola directamente con esos ojos color café oscuro que eran, sin ninguna duda posible, un reflejo exacto de los suyos propios.
—Por supuesto —dijo, recogiendo la pelota con manos que apenas lograba mantener firmes, y extendiéndosela con una sonrisa que, por primera vez desde su regreso, no requirió ningún esfuerzo calculado—. Aquí tienes.
—Gracias. —Antonella tomó la pelota, pero en lugar de salir corriendo de inmediato, se quedó observando a Valeria con la curiosidad directa y sin filtros propia de los niños pequeños—. Usted huele bonito. Como mi mamá.
Valeria sintió que algo se rompía y se reconstruía al mismo tiempo dentro de su pecho.
—¿Cómo te llamas? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta desde hacía cinco años.
—Antonella. —La niña sonrió ampliamente, mostrando un pequeño espacio donde recientemente había perdido un diente de leche—. ¿Y usted?
—Valeria.
—Es un nombre bonito. —Antonella ladeó la cabeza, con esa expresión pensativa que Valeria reconoció, con una punzada de dolor y ternura simultáneos, como idéntica a la que ella misma solía hacer de niña—. ¿Tiene hijos?
La pregunta cayó sobre Valeria con un peso que jamás hubiera podido anticipar.
—Tengo una hija —dijo, con la voz apenas contenida—. En algún lugar.
—¿Está perdida? —preguntó Antonella, con la preocupación genuina e inmediata de un niño que todavía no comprende del todo las complicaciones del mundo adulto.
—No exactamente perdida. —Valeria contuvo las lágrimas con un esfuerzo sobrehumano—. Pero llevo mucho tiempo sin poder estar cerca de ella. Y la extraño más de lo que las palabras pueden explicar.
—¡Antonella! —llamó la niñera desde el área infantil, notando finalmente que la niña se había alejado hacia un banco ocupado por una desconocida—. Ven aquí, cariño, no molestes a la señora.
—No es molestia —dijo Valeria, con una voz que apenas lograba mantener estable.
—¡Ya voy! —gritó Antonella, aunque antes de correr de regreso, se giró una última vez hacia Valeria, con una sonrisa espontánea que Valeria guardaría en la memoria durante el resto de su vida—. Espero que encuentre a su hija pronto, señora Valeria. Estoy segura de que ella también la extraña mucho.
Y con esas palabras, pronunciadas con la inocencia absoluta de una niña que no tenía la más remota idea del terremoto emocional que acababa de provocar, Antonella salió corriendo de vuelta hacia el columpio, dejando a Valeria sentada en el banco, con las manos temblando y las lágrimas finalmente desbordándose sin ningún control posible.
Se quedó ahí varios minutos más, observando a su hija jugar, riendo con la niñera, ajena por completo a que la mujer que la había traído al mundo acababa de intercambiar, por primera vez en cinco años, palabras directas con ella.
Estoy segura de que ella también la extraña mucho.
Valeria se secó las lágrimas con un pañuelo, respiró profundamente, y se puso de pie con una determinación renovada, más feroz que cualquiera que hubiera sentido antes.
Porque en ese instante, sentada en un banco de parque frente a la hija que le habían arrebatado, comprendió con una claridad absoluta que su misión ya no era solo la venganza contra quienes la habían destruido.
Era, sobre todo, encontrar el camino de regreso hacia esa niña que, sin saberlo todavía, acababa de reconocer instintivamente algo en ella que ningún cambio de nombre, de rostro, ni de identidad completa habría logrado borrar jamás.