Sinopsis
Un reino a punto de cambiar. Un secreto congelado en el corazón. Y un amor que desafiará a dos coronas.
A punto de ascender al trono de Arendor, la princesa Aria vive aterrorizada por dos grandes cargas: la abrumadora responsabilidad de gobernar a su pueblo tras la muerte de sus padres y un peligroso don milenario de magia de hielo que apenas puede controlar.
Buscando una tregua antes del día de su coronación, Aria se aventura de incógnito por las calles de la ciudad. Pero lo que debía ser una simple escapada la conduce a un rincón olvidado de Arendor y a los ojos de Erik, un misterioso y atractivo joven del norte que parece entender su soledad como nadie. Entre tardes furtivas en un banco de madera, caricias robadas y un beso desesperado en la penumbra, una chispa imprevista amenaza con consumir sus miedos.
Sin embargo, el destino guarda su propia revelación.
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CAPÍTULO 7: La Coronación en la Catedral de Piedra Blanca
La majestuosa Catedral de Arendor era una proeza arquitectónica de mármol blanco y vitrales góticos. Miles de velas de cera de abeja pura iluminaban las alturas de los arcos, mientras las delegaciones de la nobleza de diez reinos continentales ocupaban los bancos de roble con sus mejores galas de terciopelo, seda y pedrería deslumbrante.
El murmullo de la multitud se apagó de golpe cuando las puertas monumentales de bronce se abrieron de par en par.
Aria avanzó lentamente por la interminable alfombra roja del pasillo central. Vestía un imponente vestido de gala en terciopelo azul noche, con incrustaciones de aljófar y bordados de hilo de plata que representaban las olas del océano ancestral. Una pesada capa de estado se arrastraba varios metros detrás de ella, sostenida por cuatro pajes. Su rostro estaba pálido como el mármol tallado y sus labios secos, pero mantuvo la barbilla erguida con una dignidad real impecable.
Desde la primera fila de la nave central, Lyra la observaba con el corazón oprimido por la angustia. La hermana menor notaba el temblor imperceptible en las manos de Aria y el cerco violáceo de agotamiento severo que se dibujaba bajo sus ojos grises.
Aria llegó finalmente al altar sagrado. Ante el anciano arzobispo de Arendor, la princesa se arrodilló sobre un cojín de seda y luego se puso de pie para recibir los símbolos de su poder absoluto.
El momento más crítico había llegado.
Aria extendió sus manos temblorosas hacia la almohadilla de terciopelo donde descansaban el orbe de oro masivo y el cetro real pulido. Si su magia se descontrolaba en ese instante, el metal precioso se congelaría al contacto, revelando su secreto ante los embajadores de todo el continente.
Con un esfuerzo sobrehumano de voluntad, cerró los ojos por un segundo, apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula y reprimió con ferocidad el flujo helado de su sangre, esfuerzo que en sus adentros sentía que no seria suficiente, hasta que la imagen de un atardecer teñido de colores naranjas paso por su mente, las platicas profundas, las bromas y un joven de ojos azules atravesaron su mente y sintió, en medio del terror, la calidez que necesitaba para recomponerse unos instantes.
Sus dedos desnudos tocaron el oro. Estaba frío, pero no se cubrió de escarcha. suspiro de alivio y volteo a la multitud que la observaba con expectación
--Yo, Aria primera princesa de Arendor, juro ante los Dioses, mis ancestros, los visitates extranjeros que nos acompañan y las generaciones futuras que daré mi vida por el bienestar de mi pueblo.
posterior a esto giro nuevamente al altar haciendo una reverencia perfecta.
El arzobispo levantó la pesada corona de diamantes y plata sobre su cabeza.
—¡Por la gracia de los cielos, la voluntad del pueblo y el derecho inalienable de la sangre, proclamo a Aria soberana absoluta de Arendor! ¡Larga vida a la Reina! —gritó el clérigo con voz potente.
El templo entero estalló en vítores atronadores, salvas de trompetas de latón y aplausos ensordecedores. Aria se giró hacia la multitud, esbozando una sonrisa serena y majestuosa que escondía una agonía física y emocional inconmensurable.