Clarisa Hernández llegó a una universidad de élite para cambiar su destino, pero su humilde apellido se convierte en el mayor obstáculo de su vida.
Una noche junto a Samuel Flores, un poderoso y frío empresario, cambia todo cuando descubre que está embarazada.
Samuel le ofrece un matrimonio por contrato: ella obtendrá seguridad para su hijo y él conseguirá la esposa que necesita.
Pero hay una regla que ninguno puede romper: no enamorarse.
Lo que comenzó como un simple acuerdo pronto se convertirá en un peligroso juego de secretos, deseo y sentimientos que ninguno podrá controlar.
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Capítulo 2: El precio de pertenecer
—Porque tienes cara de estar pensando en demasiadas cosas al mismo tiempo.
Clarisa no pudo evitar sonreír.
—Tal vez porque tengo demasiadas cosas en las que pensar.
El desconocido levantó ligeramente una ceja.
—Eso suena complicado.
—Lo es.
Clarisa tomó su vaso y observó el líquido durante unos segundos.
No sabía por qué estaba hablando con aquel hombre. Normalmente no conversaba con desconocidos, mucho menos cuando estaba preocupada por problemas que no sabía cómo solucionar.
Sin embargo, aquella noche necesitaba distraerse.
—¿Y tú? —preguntó finalmente—. ¿También tienes demasiadas cosas en qué pensar?
El hombre soltó una pequeña sonrisa.
—Más de las que quisiera.
—Entonces estamos empatados.
Por primera vez, Samuel pareció relajarse.
—Samuel.
Clarisa levantó la mirada.
—¿Qué?
—Mi nombre. Samuel.
Ella dudó un instante antes de responder.
—Clarisa.
Ninguno imaginaba que aquel intercambio tan sencillo terminaría convirtiéndose en uno de los momentos más importantes de sus vidas.
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A la mañana siguiente, Clarisa regresó a la universidad.
Había dormido poco.
Pero no podía permitirse llegar tarde.
Cruzó el patio principal con varios libros contra el pecho cuando escuchó una voz conocida.
—¡Clarisa!
Era Valentina Ríos, una de las pocas compañeras que siempre había sido amable con ella.
—Buenos días —respondió Clarisa.
—¿Dónde estabas ayer? Te busqué después de clase.
—Tuve que salir. Estaba buscando trabajo.
Valentina hizo una mueca.
—¿Todavía?
Clarisa asintió.
—Todavía.
—No entiendo por qué es tan difícil para ti.
Clarisa soltó una risa amarga.
—Yo tampoco.
Valentina guardó silencio.
Sabía que Clarisa tenía excelentes calificaciones. También sabía cuánto esfuerzo hacía para mantenerse en aquella universidad.
Pero había algo que nadie decía abiertamente.
En Saint Laurent, el dinero abría puertas.
Y Clarisa no tenía dinero.
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Al entrar al salón, las conversaciones disminuyeron durante unos segundos.
Clarisa lo notó.
No era la primera vez.
Caminó hasta su asiento y sacó sus cuadernos.
—¿Escuchaste lo que dijeron ayer? —susurró una estudiante a su amiga.
—¿Sobre la becada?
—Sí.
—Dicen que algunas personas están tratando de conseguirle trabajo.
Clarisa levantó ligeramente la cabeza.
—¿Qué?
Las dos jóvenes dejaron de hablar.
—Nada.
Clarisa las observó unos segundos.
Algo estaba ocurriendo.
Algo que tenía relación con sus solicitudes de empleo.
Pero no sabía qué.
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Durante el descanso, Clarisa se dirigió a la biblioteca.
Necesitaba revisar una investigación para su próxima clase.
Mientras buscaba un libro, escuchó pasos detrás de ella.
—Hernández.
Clarisa se giró.
Frente a ella estaba Mauricio Valdés, uno de los estudiantes más populares de la universidad.
Era hijo de un reconocido empresario y jamás había tenido que preocuparse por conseguir trabajo.
—¿Sí?
—Me enteré de que estás buscando empleo.
Clarisa frunció el ceño.
—¿Quién te lo dijo?
—Aquí todos saben todo.
—Pues sí. Estoy buscando trabajo.
Mauricio sonrió.
—Podría ayudarte.
Clarisa cerró el libro que tenía en las manos.
—¿Cómo?
—Mi padre tiene una empresa. Podría conseguirte una entrevista.
Los ojos de Clarisa se iluminaron ligeramente.
—¿De verdad?
—Claro.
—Te lo agradecería muchísimo.
Mauricio se inclinó un poco hacia ella.
—Pero tendría que pedirte algo a cambio.
La sonrisa de Clarisa desapareció.
—¿Qué cosa?
—Una cena.
Clarisa entendió inmediatamente.
—No.
—Ni siquiera sabes qué iba a pedirte.
—Sí lo sé.
Mauricio soltó una carcajada.
—Eres más inteligente de lo que pareces.
—Y tú eres exactamente como todos dicen.
Él dejó de sonreír.
—¿Eso qué significa?
—Que crees que porque tienes dinero puedes comprar cualquier cosa.
Clarisa tomó sus libros y se marchó.
No había avanzado ni cinco pasos cuando escuchó:
—Entonces buena suerte consiguiendo trabajo por tu cuenta.
Ella se detuvo.
Por un momento quiso responder.
Pero siguió caminando.
No iba a permitir que nadie le hiciera sentir que debía pagar un precio por una oportunidad.
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Horas después, Clarisa salió de la universidad.
El cielo comenzaba a oscurecer.
Revisó su teléfono.
Tenía otro correo.
Su corazón dio un pequeño salto.
Abrió el mensaje.
“Agradecemos su participación en nuestro proceso de selección. Después de revisar su perfil, hemos decidido no continuar con su candidatura.”
Clarisa cerró los ojos.
Otra vez.
Ya eran demasiadas empresas.
Demasiadas respuestas iguales.
Guardó el teléfono y caminó hacia la parada de autobús.
No vio el automóvil negro estacionado al otro lado de la calle.
Dentro de él, Samuel observaba unos documentos.
—¿Ella es la estudiante de Saint Laurent? —preguntó su asistente.
Samuel levantó la mirada.
Era Clarisa.
—Sí.
—¿La conoce?
Samuel tardó unos segundos en responder.
—La conocí anoche.
El asistente pareció sorprendido.
—¿Y qué hace aquí?
Samuel miró por la ventana.
Clarisa estaba sola, esperando el autobús.
—No lo sé.
Su asistente revisó una carpeta.
—Precisamente quería hablarle de ella.
Samuel lo miró.
—¿Por qué?
—Su nombre apareció en una lista que recibimos esta mañana.
Samuel tomó los documentos.
Leyó el encabezado.
Su expresión cambió.
—¿Quién hizo esta lista?
—Todavía no lo sabemos.
Samuel volvió a mirar hacia la calle.
Clarisa acababa de subir al autobús.
—Investígalo.
—¿Quiere que averigüe quién está bloqueando sus solicitudes de empleo?
—Exactamente.
—¿Por qué?
Samuel cerró la carpeta.
—Porque alguien está jugando con ella.
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Aquella noche, Clarisa llegó a casa y encontró a su madre preparando la cena.
—Llegaste tarde.
—Perdón, mamá.
Elena la miró con atención.
—¿Pasó algo?
Clarisa dejó la mochila.
—No. Solo estoy cansada.
—Clarisa.
Ella suspiró.
—No estoy consiguiendo trabajo.
Su madre dejó lo que estaba haciendo.
—Ya llegará una oportunidad.
—Eso dices siempre.
—Porque es verdad.
Clarisa abrazó a su madre.
—Voy a conseguirlo.
—Lo sé.
Pero cuando se separaron, Elena observó el rostro de su hija.
Sabía que Clarisa estaba sufriendo más de lo que quería admitir.
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A varios kilómetros de allí, Samuel llegó a la mansión Flores.
Su madre, Beatriz Flores, lo esperaba en la sala.
—Llegas tarde.
—Tenía trabajo.
—Siempre tienes trabajo.
Samuel dejó las llaves sobre una mesa.
—¿Qué quieres?
Beatriz lo observó fijamente.
—Tenemos que hablar de tu matrimonio.
Samuel se quedó inmóvil.
—No voy a hablar de eso.
—Pues tendrás que hacerlo.
—No estoy interesado en casarme.
—No se trata de lo que tú quieras.
Samuel apretó la mandíbula.
—Entonces, ¿de qué se trata?
Beatriz se acercó.
—De la empresa. De tu posición. De la familia.
Samuel soltó una risa sin humor.
—No voy a casarme para satisfacer los intereses de nadie.
—Algún día tendrás que hacerlo.
Samuel no respondió.
Su teléfono vibró.
Era un mensaje de su asistente.
Había encontrado algo.
Samuel abrió el archivo.
Una lista de nombres apareció en la pantalla.
Entre ellos estaba uno que reconoció inmediatamente.
Clarisa Hernández.
Debajo aparecía una nota:
“No contratar.”
Samuel frunció el ceño.
Aquello ya no parecía una simple coincidencia.
Alguien había dado instrucciones para impedir que aquella joven consiguiera trabajo.
Y Samuel estaba decidido a descubrir quién.
Lo que todavía no sabía era que aquella investigación lo llevaría directamente hacia su propia familia.
Y que Clarisa estaba a punto de entrar en un mundo donde ningún contrato sería tan peligroso como enamorarse de la persona equivocada.