Rosaly es una loba Alfa de pura sangre, primogénita de la manada Tierra de Fuego. Sin embargo, para huir de las guerras y de la presión por encontrar a su pareja ideal, se exilia en la ciudad y abre el Spa Serenidad Azul junto a su mejor amiga Thais. Su pacífica vida de oficina cambia por completo cuando dos hombres imponentes vestidos de traje entran exigiendo un masaje VIP.
Al cruzar miradas, su loba ruge una palabra: «¡MATE!». El cliente de ojos carmesí es Asmodeo Vane, el mismísimo Rey del Inframundo. Él busca a unos demonios traidores compinchados con brujas oscuras y con el tío rebelde de Rosaly para destruir a su familia.
Rosaly no es una sumisa damisela en apuros y Asmodeo no acepta un «no» por respuesta. En medio de un sensual tira y afloja entre la CEO de la ciudad y el Soberano del Abismo, se sellará la alianza más peligrosa de sus vidas. ¿Podrá el fuego del infierno domar el orgullo de la manada?
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CAPITULO 11
El tercer día amaneció con un cielo gris plomo que amenazaba tormenta, un escenario de lo más apropiado para la cita que teníamos pendiente. Toda la manada Tierra de Fuego estaba en vilo. Siguiendo los consejos de mi madre y de Martha, Thais y yo habíamos mantenido una actitud totalmente profesional, ayudando a Saúl y a Tobías a organizar las líneas de defensa y los perímetros de seguridad, mientras nuestros padres intentaban asimilar que sus futuras cenas de Navidad se iban a volver muy concurridas.
A las doce en punto, una vibración sutil recorrió el suelo de la plaza central de la manada. No era un terremoto. Era una acumulación de poder tan bestial que Kala, mi loba, se levantó de inmediato en mi mente, dando un aullido de expectación. El aire se llenó de golpe con ese aroma a ozono, tormenta y fuego antiguo que yo conocía tan bien.
El todoterreno negro de los demonios cruzó la barrera de la manada, escoltado por dos motos de gran cilindrada conducidas por guerreros del abismo con trajes oscuros. El vehículo se detuvo frente al porche de la casa grande, donde mi padre, el Alfa Arthur, Thomas, Saúl, Tobías, Thais y yo estábamos formados en línea, con los brazos cruzados y caras de pocos amigos. Mis padres querían marcar territorio, y nosotras teníamos que cumplir con la estrategia de nuestras madres.
La puerta del conductor se abrió y Damian bajó con su habitual paso felino y su mirada de granito. Inmediatamente después, desde el asiento del copiloto, emergió Asmodeo. Vestía unos pantalones oscuros, una camisa de seda gris antracita con los primeros botones abiertos y un abrigo largo que ondeaba con el viento. Estaba endemoniadamente guapo. Cuando sus ojos rojos se cruzaron con los míos, un latigazo de electricidad pura me recorrió la columna. Kala arañó mis barreras queriendo que saltara sobre él, pero me mantuve firme como una estatua, con la barbilla en alto y cara de jefa de personal.
Mi padre dio un paso al frente, liberando su aura Alfa más pesada, haciendo que el aire a su alrededor vibrara con fuerza. Thomas imitó el gesto, colocándose a su flanco. Querían demostrar que, en este bosque, ellos eran los que mandaban.
—Bienvenidos a la manada Tierra de Fuego —declaró mi padre con una voz grave y cortante como el hielo—. Soy el Alfa Arthur. Y sugiero que mantengamos las distancias hasta que aclaremos los términos de esta... colaboración.
Asmodeo miró a mi padre, luego a Thomas, y finalmente me miró a mí con una sonrisa de medio lado que destilaba una diversión infinita. Sabía perfectamente lo que estábamos haciendo. Dio un paso al frente, ignorando la presión del aura de mi padre como si fuera una suave brisa de primavera.
—Es un honor, Alfa Arthur —respondió Asmodeo con una voz profunda que resonó en el pecho de todos los presentes, mostrando una cortesía impecable pero sin rebajar un ápice su propia soberanía—. He venido a cumplir mi palabra con Rosaly. Mi ejército está listo, y yo estoy a vuestra disposición para trazar la estrategia contra Gustav.
Vi cómo mi padre parpadeaba, un tanto descolocado porque el mismísimo Rey Demonio le mostrara respeto en lugar de atacarlo. Saúl y Tobías miraban a Damian como si fuera un alienígena, analizando la musculatura del general demonio, quien simplemente les devolvió una mirada gris e impasible.
Sin embargo, el ambiente político y familiar se fue al traste en el segundo exacto en que la puerta trasera del todoterreno se abrió.
De ella bajó Celeste, la nueva Reina Bruja del Norte. Con sus túnicas blancas y plateadas flotando a su alrededor, su cabello castaño trenzado con hilos de oro y esos ojos verdes que desbordaban una belleza mística y serena, parecía una diosa bajada del cielo. Detrás de ella, tres de sus brujas de luz bajaron del vehículo, portando sus báculos con elegancia.
En cuanto vi a Celeste, algo ardió dentro de mi pecho que no tenía nada que ver con la magia de las brujas. Fue un fogonazo de puros celos territoriales que hizo que Kala se pusiera a rugir con garras y dientes en mi interior. ¿Me había dicho Asmodeo que iba a solucionar las cosas con su ex y regresaba en el coche con una mujer que parecía sacada de una portada de revista de fantasía?
Entorné los ojos al máximo, me descrucé de brazos y di tres pasos felinos hacia el frente, rompiendo la formación profesional y quedando a escasos centímetros de Asmodeo. Mi aroma Alfa se volvió denso y dominante.
—Vaya, vaya, Asmodeo —dije, y mi voz sonó tan peligrosamente dulce que Thais a mi espalda soltó un sutil silbido de «tierra trágame»—. Veo que tu viaje al norte ha sido de lo más provechoso. Nos dijiste que ibas a buscar una contramagia, no a ampliar tu colección de acompañantes hermosas. ¿Te importaría presentarme a tu... amiga?
Asmodeo me miró y, lejos de asustarse por mi tono de pelucona furiosa, sus ojos rojos brillaron con una delicia absoluta. Le encantaba ver cómo marcaba territorio. Damian, por su parte, soltó un carraspeo disimulado y miró hacia los árboles, mientras Thais le clavaba una mirada idéntica a la mía, por si él también traía alguna «amiga» escondida en el maletero.
—Rosaly, mi reina, te presento a Celeste —explicó Asmodeo con una sonrisa radiante, disfrutando de cada segundo de mis celos—. Ella es la nueva Reina Bruja del Santuario del Norte. Y no, no es Morgana. Afortunadamente para mi integridad física, Morgana fue derrocada y desterrada por usar magia oscura. Celeste y su clan son nuestras nuevas aliadas de magia blanca. Han venido a ayudarnos a romper los velos de ocultación de tu tío.
Celeste dio un paso al frente con una gracia infinita. Miró a Asmodeo con una sonrisa divertida, luego me miró a mí y sus ojos verdes brillaron con una profunda comprensión maternal y mística.
—Es un placer conocerte al fin, Alfa Rosaly —dijo Celeste, con una voz que transmitía una paz inmediata, calmando los ruidos de Kala al instante—. El Rey Demonio no ha dejado de hablar de ti en las dieciséis horas que ha durado el viaje de vuelta. Te aseguro que mi relación con Asmodeo es puramente diplomática... y que su corazón y su lazo te pertenecen por completo. He venido a enmendar los errores del pasado de mi antecesora y a salvar a tu pueblo.
Mis mejillas se encendieron como dos tomates en un segundo. Me aclaré la garganta, recuperando mi postura de CEO para disimular el sofoco.
—Bien... en ese caso, bienvenida a la manada, Celeste —respondí, intentando que mi voz sonara firme y profesional—. Lamento el malentendido. La seguridad es lo primero en mi negocio.
—Lo entiendo perfectamente —asintió la bruja blanca con una mirada cómplice.
Mientras las chicas aclarábamos los términos de la convivencia, los hombres de la manada estaban sufriendo un colapso mental colectivo. Mi padre miraba a Asmodeo, luego a mí, y luego al mapa que Tobías sostenía en las manos. Su cerebro de Alfa tradicional intentaba procesar que el Rey del Infierno acababa de ser domado por una rabieta de celos de su hija mayor en medio de la plaza central.
—A ver, un momento —intervino Saúl, mi hermano, rascándose la cabeza con total incredulidad—. ¿Me estáis diciendo que el Rey Demonio ha conducido dieciséis horas con un aquelarre de brujas blancas en el asiento de atrás solo porque mi hermana se lo ordenó en el sótano de un Spa?
—Básicamente, sí, cachorro —le respondió Damian con su tono granítico, ganándose una mirada fulminante de Saúl—. Sugiero que entremos en la casa. La tormenta está cerca y tenemos un ejército de brujas oscuras que localizar en vuestros bosques.
Mi padre soltó un largo suspiro, pasándose una mano por el rostro canoso y mirando a Thomas, quien compartía su misma expresión de dolor de cabeza paternal.
—Thomas, creo que las madres tenían razón —murmuró mi padre en voz baja—. Estas niñas se han buscado unos mates que van a acabar con nuestra cordura antes de que empiece la batalla. Pasad dentro, antes de que me arrepienta de no obligaros a volver a la ciudad.
Asmodeo se colocó a mi lado mientras subíamos la escalinata del porche. Rozó su mano con la mía, enviándome una descarga de calor abrasador que me hizo dar un respingo.
—Peleas muy bien con las garras, Rosaly —me susurró al oído con voz ronca y seductora—, pero tengo que admitir que verte celosa es mi nueva debilidad.
—Cállate y camina, Vane —le devolví con una sonrisa de medio lado—. Que todavía tienes que convencer a mi padre de que no eres un monstruo en la mesa de la cena. El examen acaba de empezar.
La comitiva entró en la casa grande de la manada. La alianza de lobos, demonios y brujas de luz estaba oficialmente reunida bajo el mismo techo, listos para planificar el contragolpe definitivo contra mi tío Gustav.