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PUDRETE, TESEO… AHORA AMARÉ AL MINOTAURO

PUDRETE, TESEO… AHORA AMARÉ AL MINOTAURO

Status: Terminada
Genre:Romance / Reencarnación / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Ariadna conoce desde niña el secreto que se esconde tras los muros del Laberinto: el Minotauro tiene un nombre, Asterión, y también tiene un corazón.
Mientras todos lo consideran una bestia condenada a morir, ella descubre al hombre que existe detrás de sus cuernos, sus heridas y su maldición. Entre visitas secretas, canciones y promesas hechas en la oscuridad, la compasión se transforma en un amor que desafía las leyes de Creta.
Entonces llega Teseo, el héroe destinado a matar al monstruo.
Ariadna acepta ayudarlo, pero no para entregar a Asterión.
Esta vez, el hilo no conducirá al héroe hacia la gloria.
Conducirá a dos amantes hacia la libertad.
Pero escapar del Laberinto no será suficiente. Cuando Teseo descubra la verdad, Ariadna tendrá que elegir entre su familia, su reino y el hombre que ama.
Porque para el mundo, Asterión será siempre el Minotauro.
Para Ariadna, será el hombre que merecía ser salvado.

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Las promesas que ya sé

El sol caía sobre los pórticos del palacio, dorando las columnas y las mentiras. Ariadna estaba de pie junto a un jardín interior, con las manos entrelazadas delante, aparentando calma, cuando lo vio acercarse.

Teseo.

Caminaba con ese paso de dueño del mundo, la cabeza alta, la sonrisa puesta como una máscara. Y cuando llegó frente a ella, hizo exactamente lo que hizo la otra vez. Le tomó la mano entre las suyas, sin pedir permiso, y la miró como si ella fuera el premio más brillante que la fortuna le había dado.

—Ariadna —empezó, con esa voz suave, cargada de falso cariño—, princesa de Creta… Tú eres la única que me ha mirado como nadie. Tú me entiendes. Cuando regrese victorioso, te llevaré conmigo a Atenas. Serás mi reina. Mi esposa. Compartiremos todo. Te daré honores, un trono, un nombre que recordarán por siempre. Juntos construiremos un reino de justicia. Nada te faltará. Nadie te hará daño. Lo juro por mi espada y por mi vida.

Palabra por palabra. Igualito. Las mismas frases, los mismos gestos, la misma falsedad que escuchó la primera vez.

Ariadna sintió que la sangre le hervía. Tenía la mano libre apretada con tanta fuerza que las uñas se clavaban en la palma. Dale un empujón, le gritaba algo dentro. Arráncale esa sonrisa de bofetada. Clávale una espada justo aquí, donde late su corazón cobarde. Tenía que hacer un esfuerzo inmenso para no hacerlo. Todo su ser le gritaba que lo destruyera allí mismo.

Pero respiró hondo, despacio, y mantuvo la máscara. Levantó la vista, le devolvió una sonrisa suave, la misma que él esperaba, y apretó levemente su mano, fingiendo emoción.

—Lo creo, Teseo —dijo, con voz que apenas temblaba, aunque no por lo que él creía—. Confío en ti.

Él sonrió más ancho, satisfecho. No sospechaba nada. No veía el fuego que la consumía por dentro.

—Eres valiente —añadió él—. Y leal. Pronto todo terminará. Y seremos felices.

Le soltó la mano, le hizo una reverencia y se marchó, seguro, triunfante, sin saber que acababa de repetir un guion que ya había fracasado.

Cuando se fue, Ariadna se quedó sola. La sonrisa se le borró al instante. Bajó la mirada a su mano, como si estuviera sucia de haber tocado la suya. Y en silencio, con cada palabra mordida y llena de desprecio, le respondió en su interior:

Maldito infeliz. No te atrevas a hablarme de felicidad. No te atrevas a prometerme nada. De mí corre que no lo dañes, desgraciado. Si le pones un solo dedo encima, te arrepentirás de haber nacido. Tu trono, tu gloria, tus promesas… todo es basura. Y esta vez, no me engañas. Solo te uso. Y te destruiré sin que siquiera sepas que estás cayendo.

Cerró los ojos un instante, recobrando el control. No podía apresurarse. No podía delatarse. Tenían que llegar al momento justo. Y cuando llegara, él comprendería demasiado tarde que la guía que creía tener era en realidad su verdugo.

Se giró y caminó hacia los aposentos con paso firme. Por fuera, la princesa enamorada y leal. Por dentro, una tormenta de fuego y rencor que solo se apagaría cuando Asterión estuviera a salvo.

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