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La maestra que será nuestra madrastra

La maestra que será nuestra madrastra

Status: Terminada
Genre:CEO / Padre soltero / Reencuentro / Donde hubo fuego cenizas quedan / Completas
Popularitas:18k
Nilai: 5
nombre de autor: Eli Priwanti

Aurora Medina llega a la capital con una misión: domar al grupo más rebelde del exclusivo Colegio Altamira, un aula de hijos de millonarios que ya hizo renunciar a cinco tutores. Lo que no imagina es que, detrás de esos dos gemelos insoportables que le declaran la guerra, se esconde el hombre que le rompió el corazón doce años atrás… justo antes de llegar al altar.

Alejandro Bustamante lo tiene todo: dinero, poder y una frialdad que congela salas de juntas. Todo, menos a la única mujer que amó. Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, él está dispuesto a usar cualquier arma para reconquistarla. Incluso a sus propios hijos.

Pero entre ellos hay una herida vieja, una verdad enterrada y una mentira que destruyó dos vidas. Y mientras el hielo empieza a derretirse, no todos quieren ver a Aurora convertida en la nueva señora Bustamante…

¿Podrá Aurora perdonar el pasado y aceptar el lugar que el destino le tenía reservado: el de madre de los hijos del hombre al que juró no volver a amar?

NovelToon tiene autorización de Eli Priwanti para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19

Dalia tragó saliva despacio. Tras quedarse aturdida unos segundos, por fin retrocedió un paso.

—E… este… pase, señor Alejandro. Siéntese, por favor —dijo con torpeza, invitando a aquel hombre poderoso a entrar en la modesta sala de la casa alquilada de Aurora.

Por dentro, a Dalia la asaltó de golpe una confusión terrible. Su cabeza giraba a toda velocidad pensando qué debía hacer. Apenas la noche anterior Aurora le había contado, entre lágrimas y largo rato, su firme decisión de alejarse todo lo posible de Alejandro, que últimamente volvía a insistir en acercarse a ella. Pero, por otro lado, Dalia era consciente de su lugar. ¿Cómo iba a atreverse a echar a un hombre tan rico y poderoso como Alejandro? Rechazar su presencia era lo mismo que provocar un problema enorme, cavarse su propia tumba, para gente sencilla como ellas.

Dalia carraspeó suavemente para romper la tensión.

—Entonces… con su permiso, voy un momento al cuarto de Aurora, señor. Quiero llevarle este caldo caliente.

—Deja que yo lo lleve —la interrumpió Alejandro con rapidez. Miró el tazón en las manos de Dalia con expresión seria—. Me siento muy culpable. Por mi petición de que diera clases ayer, Aurora terminó agotada y enferma como está ahora.

—Pero, señor… —Dalia trató de contenerlo, incómoda de que el magnate tuviera que servir a su amiga.

Sin embargo, con un movimiento ágil y decidido, Alejandro tomó de inmediato el tazón de caldo caliente de las manos de Dalia. Sin la menor vacilación, avanzó a grandes pasos hacia el cuarto de Aurora, cuya puerta de madera estaba, de hecho, abierta de par en par.

En cuanto puso un pie en el umbral, el pecho de Alejandro le dio una punzada de dolor. Sobre aquel colchón delgado vio la figura de Aurora, acurrucada y débil bajo una gruesa cobija, con el cuerpo sacudido de vez en cuando por una tos leve. A Alejandro se le partió el alma al ver así de frágil a la mujer que amaba.

Se acercó y se sentó al borde de la cama.

—Aurora… ¿estás bien? —preguntó con dulzura, rompiendo el silencio del cuarto.

Aurora, que estaba acostada de espaldas a la puerta, giró poco a poco el cuerpo al oír una voz que conocía tan bien. Apenas abrió los párpados y descubrió a Alejandro sentado justo a su lado, se llevó el susto de su vida.

—¿A… Alejandro? ¡Cof! ¡Cof! —Aurora se atragantó y rompió a toser con fuerza por la enorme sorpresa de ver a su antiguo amor de pronto dentro de su cuarto privado.

—Cuidado, no te fuerces —dijo él, alarmado. Con presteza, le pasó la mano por la espalda para sostenerla y ayudarla a incorporarse y quedar recostada contra la cabecera.

Aurora intentó controlar la respiración agitada; su rostro pálido delataba ahora el nerviosismo.

—¿Cómo supo que estaba enferma? ¿Fue Dalia quien se lo dijo? —lo acusó de inmediato, con la voz ronca.

Alejandro dejó el tazón de caldo sobre la pequeña mesa de noche junto a la cama y luego la miró fijamente.

—De dónde supe cómo estabas ahora no tiene ninguna importancia, Aurora. Lo único cierto es que Dalia no tiene nada que ver en esto. Ella no reveló absolutamente nada —respondió con firmeza, protegiendo a Dalia para que no cargara con la culpa.

Mientras tanto, afuera, Dalia optó por lo prudente. Caminó hasta la terraza del frente de la casa y se sentó allí. A propósito dejó la puerta de la sala abierta de par en par, para que se viera todo desde fuera y evitar así cualquier habladuría de los vecinos contra Aurora. Dalia no quería que el buen nombre de su amiga, que era maestra, se manchara por la visita repentina de un hombre desconocido en su casa.

Dentro del cuarto, Alejandro volvió a tomar el tazón de caldo de pollo, del que aún se elevaba una tenue voluta de vapor. Lo revolvió despacio, sopló una cucharada con toda paciencia y la acercó a los labios de Aurora.

—Vamos, abre la boca, Aurora. Aprovecha que todavía está caliente —le pidió con dulzura.

Ella echó un poco la cabeza hacia atrás y miró la cuchara con recelo.

—Puedo sola, Alejandro. No hace falta que se moleste en darme de comer así —respondió cortante, y movió la mano para intentar tomar el tazón que él sostenía.

Pero Alejandro no estaba dispuesto a ceder tan fácilmente. Apartó un poco el tazón del alcance de los dedos débiles de Aurora, negándose a entregárselo.

—No. Esta vez déjame darte de comer hasta el final. Te lo vas a terminar, ¿entendido? —dijo Alejandro con un tono que de pronto se volvió firme y que no admitía réplica.

La mirada de Alejandro, clavada en la de ella, la dejó al instante sin palabras. Aurora tragó saliva sin querer, encogida de repente y nerviosa ante esa faceta dominante de él que hacía tanto no veía.

Al final, con el ánimo hecho un revoltijo, Aurora se vio obligada a abrir la boca. Aceptó cucharada tras cucharada de caldo caliente de la mano de Alejandro. En ese momento su pensamiento era sencillo: quería que el caldo se acabara pronto para que Alejandro no tuviera más excusas para quedarse y se marchara cuanto antes de su casa.

Pero el cálculo de Aurora falló por completo. En cuanto el tazón quedó vacío y volvió a la mesa de noche, el hombre siguió inmóvil al borde de la cama. Es más, Alejandro demostró su terquedad y se quedó allí, velando a Aurora sin la menor intención de moverse ni un centímetro.

—Sería mejor que se fuera ya, Alejandro. No conviene que lo vean los vecinos de por aquí. ¿Qué van a decir si ven a un hombre en mi cuarto? —dijo Aurora con voz ronca, intentando hacerlo entrar en razón y, a la vez, echarlo con delicadeza.

Al oír la preocupación de Aurora, Alejandro, en cambio, curvó la comisura de los labios en una leve sonrisa que parecía restarle importancia a ese temor.

—Esto es la capital, Aurora, no nuestro pueblo de antes —repuso con calma—. La gente de ciudad y la del pueblo ven las cosas de otra manera. En el pueblo, la mayoría es más metiche y le gusta meterse en la vida de los demás; en la ciudad, en cambio, cada quien va a lo suyo, ocupado en sus propios asuntos. Así que no tienes por qué preocuparte por eso.

Ante una respuesta tan despreocupada, Aurora solo pudo soltar un largo suspiro para aguantarse el fastidio.

—Pero quiero descansar ahora. ¡No quiero que nadie me moleste! —insistió, esta vez con una mirada que se clavó directa en los ojos de Alejandro.

Él también dejó escapar un suspiro pesado, pero su mirada no vaciló ni un poco.

—No pienso irme hasta asegurarme de que estás de verdad mejor y a salvo, Aurora —contestó, aferrado a su postura, con un tono que no admitía discusión.

Ante esa firmeza que rozaba la testarudez, le tocó a Aurora tomar aire hasta el fondo de los pulmones.

¿Por qué te has vuelto tan insoportable y tan cabezota, Alejandro?, gritó ella para sus adentros, exasperada.

El silencio se deslizó entre ambos durante un rato, dejando solo el tictac del reloj de pared y la tosecilla de Aurora. Alejandro contempló el rostro pálido de la mujer que tenía enfrente. Dentro de su pecho, algo se agitaba con violencia. Sentía que ya no era capaz de guardar por más tiempo aquel secreto del pasado. El peso de la verdad llevaba demasiados años aplastándolo y minándole la cordura, a lo largo de esos doce años.

Alejandro quería explicarlo todo ese mismo día. Quería derribar el muro de hielo del corazón de Aurora para que ella accediera a volver a sus brazos y, juntos, retomar el hilo de aquella relación que se había roto de forma tan trágica.

Con un gesto impulsivo y arriesgado, Alejandro se inclinó hacia adelante y tomó los dedos de Aurora, apretándolos con fuerza sobre la cobija.

—Aurora… ya no soy capaz de seguir cargando yo solo con toda esta verdad —dijo Alejandro, con la voz de pronto quebrada y temblorosa, pero cargada de gravedad. La miró de frente, fijando sus ojos en los de ella—. Quiero explicarte lo que de verdad pasó en el pasado. Quiero que sepas por qué fui capaz de irme y desaparecer así, dejándote justo cuando el día de nuestra boda ya estaba a la vuelta de la esquina.

Aurora se sobresaltó violentamente. El corazón se le desbocó al oír aquella ristra de frases que salían de los labios de Alejandro.

—¡Suélteme la mano, Alejandro! —lo increpó ella, tratando de zafar sus dedos de la mano de él, que se negaba a soltarla—. No hay nada más que hablar ni que explicar. Todo eso quedó hace mucho como un pasado muerto. Y la verdad, quizá simplemente no estábamos destinados a estar juntos —respondió Aurora con un tono frío que le desgarró el alma.

Aquella frase demoledora golpeó de lleno el orgullo de Alejandro. Las lágrimas que en más de diez años él rara vez había dejado ver asomaron ahora a sus ojos, a punto de deslizarse por sus mejillas, por una opresión que ya no lograba contener.

—Aun así… tienes que conocer la verdad, Aurora —dijo Alejandro con la voz ahogada por el llanto, la garganta como atascada—. Qué decidas al final después de oírlo todo, eso queda por completo en tus manos. No voy a obligarte a nada. Pero que te quede claro… lo que siento por ti, antes, ahora y siempre… sigue siendo lo mismo y no ha cambiado ni un ápice.

El corazón de Aurora dio un vuelco.

Se quedó petrificada donde estaba recostada. Las palabras de Alejandro, pronunciadas con los ojos anegados en lágrimas, retumbaban con fuerza dentro de su cabeza, y el muro de defensa que ella había levantado con tanto esfuerzo durante esos doce años se agrietó y tambaleó de repente.

Continuará…

1
Isela Aguirre
excelente
Isela Aguirre
excelente capítulo
MaggieBD
típica historia donde la mujer cae nuevamente con quien la hirió tanto, donde queda el amor propio y el respeto a una misma. Ya hasta flojera da seguir leyendo cuando ya se sabe uno perfectamente el final /Drowsy/
Graciela Saiz
Dalia no fue a la boda 🤔🤔🤔
Graciela Saiz
ahora a luchar contra la madre metiche y venenosa 🤬
Graciela Saiz
HABLA AURORA ! CONTESTA!
Graciela Saiz
yo creo , que ellos dos deberían tener una buena conversación sobre lo hechos , el más que nada el , 🤷
Leticia Baeza Vazquez
pues con tanto engaño y no ser la sangre pues no yamaba
Leticia Baeza Vazquez
q bueno q sufrió la perra desgraciada q hizo q la tomara x haberlo drogado maldita te lo cobro el karma
Leticia Baeza Vazquez
esa zorra de la nueva secretaria 😡😡😡😡
Leticia Baeza Vazquez
hay x favor solo x darle gusto Alos padres así será de estúpida es una mujer estudiada pero parece una ignorante pendeja
Leticia Baeza Vazquez
espero y te des cuenta de la víbora q tienes x madre y esa maldita q bueno q se murió la desgraciada
Leticia Baeza Vazquez
esa mamada q ponen en todas las novelas afuerza aceptar lo q ofrecen si yo digo no es no y quién me obliga nadie osea era una porquería escritora ten más imaginación
Graciela Saiz: no , no somos así , somos peores , estupidas y manipulables ante el amor de un hombre, no hay excepción, mujer empoderada 😅
total 2 replies
Leticia Baeza Vazquez
hay x favor escritora 😡😡😡😡😡
Leticia Baeza Vazquez
Haver escritora y deja la estupidez y q ella no puede decir No oque diablos osea la pones como estúpida manipulable x unos putos mocosos asco
Graciela Saiz: Señora Leticia, si tanto le desagrada , tiene la opción de no leerla , y respetar el trabajo de la autora, y si no escriba su propia historia 😏
total 1 replies
Leticia Baeza Vazquez
hay x favor escritora no mames osea la humilló x una putizorra ofrecida y ahora resulta q x unos escuincles la BAS hacer una maldita manipulable osea asco q se de su lugar y consiga alguien mejor y la valore , si no espera de mi todas las críticas 😡😡😡😡😡
Leticia Baeza Vazquez
eso de tener amigas zorras y disculpa escritora pero no la cages si dejas q ella y ese perro infiel desgraciado se quede con ella osea
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