Alistair Vance, el temido Rey Vampiro, esperó más de trescientos años a la mujer destinada a su alma. Elena Rossi, una joven de curvas deslumbrantes y corazón cálido, ignora que el soberano de las sombras la ha protegido desde antes de nacer.
Cuando un encuentro inesperado durante una tormentosa gala nocturna los une, la atracción entre ellos es inmediata y peligrosa. Entre secretos del pasado, deseo ardiente y un destino imposible de escapar, Elena descubrirá que amar al Rey Vampiro puede ser tan adictivo como mortal.
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CAPÍTULO 8: Cenando con la Tentación
El calor proveniente de la chimenea gigante parecía haberse concentrado en el pequeño espacio que separaba sus cuerpos. Pegada al torso de Alistair, con la seda borgoña de su vestido rozando el paño oscuro de la ropa del rey, Elena sentía que cada latido de su corazón resonaba en la estancia como el golpe de un tambor de guerra.
Alistair no rompió la cercanía. Deslizó sus dedos desde la muñeca de Elena hasta la curva suave de su codo, manteniendo esa presión sutil pero innegable que marcaba su dominio. Sus ojos ámbar, oscurecidos por un matiz miel extremadamente denso, no abandonaban los labios de la joven.
—El fuego de esta chimenea es débil comparado con la calidez que emana de ti, Elena —susurró el monarca, inclinando apenas el rostro para que sus palabras rozaran la comisura de la boca de ella—. Ven. La cena nos aguarda, pero me temo que el plato principal para mis sentidos ya está servido frente a mí.
Con una caballerosidad magnética que rayaba en la provocación pura, Alistair la guió de regreso a la mesa circular de caoba. Cuando Elena se acomodó en el terciopelo carmesí de la silla, el rey no se distanció de inmediato. Se inclinó sobre su hombro por la espalda, pasando sus manos a milímetros de los brazos de la joven para ajustar la posición de la silla hacia la mesa.
El roce fantasma de su pecho contra la espalda de Elena y el aroma a cedro, ozono y especias que emanaba de su cuello hicieron que los pezones de la joven se endurecieran contra la tela del corsé. Elena contuvo el aliento, sintiendo la boca de Alistair detenerse a la altura de su oreja.
—¿Estás cómoda, mi dulce tentación? —murmuró él, su aliento fresco enviando una descarga de cosquilleo directo a su espina dorsal.
—Bastante... aunque la temperatura de esta sala parece subir cada segundo, Lord Vance —respondió ella, intentando sostener la elegancia de su tono, aunque su voz sonó un punto más grave y rasposa de lo normal.
Alistair dejó escapar una risa baja, un sonido vibrante y aterciopelado que retumbó en la madera de la habitación antes de rodear la mesa y tomar asiento directamente frente a ella.
Un festín de miradas y elogios devotos
El anciano sirviente reapareció con la discreción de una sombra, sirviendo el primer tiempo de la cena: unas delicadas vieiras selladas sobre una crema de azafrán y finas hierbas, acompañadas por un vino blanco de cosecha antigua que brillaba como oro líquido en las copas de cristal de Baccarat.
Elena tomó los cubiertos de plata, pero al levantar la vista, se encontró con la mirada de Alistair fijada en ella sin el menor disimulo. El rey ni siquiera había tocado sus cubiertos. Sostenía la copa de vino por el tallo fino, haciendo girar el líquido dorado mientras contemplaba cada movimiento de la mujer.
—¿No vas a probar la entrada, Alistair? —preguntó Elena, cortando un pedazo suave de la vieira.
—Te aseguro que estoy disfrutando de un espectáculo infinitamente superior —respondió él sin pestañear—. La forma en que mueves tus manos, la gracia de tu cuello cuando te inclinas... y ese vestido. La seda roja fue una elección correcta, pero la forma en que tus curvas le dan vida es una obra de arte que ningún escultor de la Antigüedad habría soñado inmortalizar.
Elena sintió que el rubor caliente volvía a apoderarse de sus mejillas. Llevó el bocado a sus labios carnosos y lo saboreó despacio. Alistair siguió la trayectoria del tenedor con una fascinación tan intensa que Elena tuvo que obligarse a tragar antes de responder.
—En el mundo de la moda y en los círculos aristocráticos, el ideal suele ser muy diferente —comentó ella, reclinándose levemente en el respaldo de terciopelo y sosteniendo la copa de vino—. La fragilidad, las líneas rectas, la delgadez extrema... Las mujeres con mis formas no solemos encajar en el canon tradicional.
El rostro de Alistair se endureció por una fracción de segundo, borrando cualquier rastro de cortesía ligera. Sus ojos ámbar destellaron con un fuego protector y feroz.
—El canon tradicional de los hombres comunes es una ceguera ignorante —sentenció el rey, su voz bajando a un tono grave y dominante que hizo vibrar el cristal de las copas—. Esos ideales de fragilidad cadavérica son para aquellos que no tienen la fuerza ni el carácter para sostener la abundancia. Un verdadero hombre, un rey, busca la vida pura. Y la vida no reside en la escasez, Elena. Reside en la plenitud de tus formas.
Alistair se inclinó sobre la caoba de la mesa, cruzando sus brazos fuertes sobre la madera y reduciendo la distancia visual entre ambos.
—Tus caderas son un templo hecho para la pasión —continuó él, pronunciando cada palabra con una devoción casi religiosa que le cortó el aire a la joven—. La curvatura de tu cintura es la línea perfecta entre la elegancia y la tentación más salvaje. Y tu pecho... la forma en que la seda borgoña se expande con cada una de sus respiraciones es un tormento delicioso al que me sometería gustoso durante los próximos trescientos años.
El elogio no tenía un solo tinte de vulgaridad; emanaba de una honestidad tan aplastante, de una adoración tan física y espiritual, que Elena sintió que el corazón le daba un vuelco salvaje. Ningún hombre la había mirado jamás así. Ninguno le había hablado de sus curvas con semejante nivel de respeto, hambre y devoción absoluta. En ese instante, bajo la luz dorada de los candelabros del Palacio de las Sombras, Elena se sintió la mujer más deseada, hermosa y poderosa del planeta.
La tensión sobre la caoba
—Eres un peligro para la compostura de cualquiera, Alistair —murmuró Elena, dando un trago al vino blanco para refrescar la garganta seca. El licor dorado se sintió tibio al bajar.
—Solo digo la verdad, mi dulce Elena —dijo él, sonriendo de esa manera sutil y maliciosa que le aceleraba el pulso—. De hecho, hay algo que he querido hacer desde que entraste por ese Gran Vestíbulo.
Alistair extendió su mano derecha a través del centro de la pequeña mesa circular. Sus dedos largos y elegantes quedaron abiertos sobre el mantel de lino blanco, esperando.
Elena miró su mano. Supo que cruzar ese límite en mitad de la cena era encender aún más la hoguera de la tentación, pero su propio deseo no le dio opción. Extendió su mano y posó sus dedos desnudos sobre la palma de Alistair.
El contacto fue instantáneo y eléctrico.
Alistair cerró sus dedos sobre los de ella con un agarre firme, cálido y posesivo. Con una lentitud calculada, comenzó a acariciar la piel suave del dorso de su mano con la yema de su pulgar, trazando círculos lentos que enviaban chispas de calor directo hacia el vientre de la joven.
—Tu piel es tan suave... —murmuró el rey, sin romper el contacto visual—. Y el calor que emana de ti me emborracha más que cualquier vino de mi bodega.
—Tu mano ya no está fría —notó Elena en un susurro, sintiendo que la temperatura de la piel del vampiro había subido de forma drástica al tocarla.
—Tu presencia altera mi naturaleza, Elena —confesó Alistair con una gravedad desarmante—. Despiertas fuegos que creí extintos para siempre.
El sirviente volvió a ingresar para retirar los platos de la entrada y servir el plato principal: un medallón de ciervo en reducción de frutos rojos y pimienta negra. Sin embargo, ni Elena ni Alistair retiraron sus manos. El sirviente, adiestrado en la discreción más absoluta, colocó los platos rodeando cuidadosamente los brazos entrelazados de la pareja sobre la mesa y volvió a desaparecer en las sombras.
Alistair tomó el tenedor con la mano izquierda, sin soltar la mano derecha de Elena. Cortó una porción pequeña y jugosa del medallón, impregnándolo en la salsa carmesí.
En lugar de llevárselo a su propia boca, Alistair elevó el tenedor sobre la mesa, guiándolo hacia los labios de Elena.
—Prueba esto —ordenó suavemente en un murmullo que no admitía objeciones—. Déjame alimentarte esta noche.
Elena sintió que el corazón le martilleaba las costillas. La intimidad del gesto era abrumadora. Abrió los labios carnosos despacio, recibiendo la porción de carne jugosa. La combinación del sabor Intenso del ciervo con la dulzura ácida de los frutos rojos explotó en su paladar.
Alistair observó con ojos hambrientos cómo las comisuras de los labios de Elena se humedecían con una gota brillante de la reducción de vino y frutos rojos.
—Delicioso... —consiguió decir ella tras tragar, limpiándose la comisura con la punta de la lengua.
Alistair soltó un leve gruñido desde el fondo del pecho al ver el movimiento de esa lengua rosada. Soltó la mano de Elena solo para tomar su servilleta de lino, pero no se la entregó. Se inclinó sobre la mesa y, con una delicadeza extrema, pasó la tela suave por el labio inferior de la joven, rozando la carne sensible con su pulgar por encima de la tela.
—Eres pura tentación, Elena Rossi —susurró él, la voz rasposa por el deseo contenido—. Y me temo que mi paciencia se está agotando a una velocidad peligrosa.
La promesa de la noche
La cena continuó entre conversaciones susurradas, rozadas de piernas por debajo de la mesa y miradas tan cargadas de una química abrasadora que la comida pareció convertirse en un mero pretexto para prolongar el tormento de la cercanía.
Alistair la guió a través de temas de historia, arte antiguo y leyendas olvidadas, fascinándola con su intelecto enciclopédico y su encanto aristocrático. Pero cada tres frases, el rey volvía a centrar su atención en ella: elogiando la risa espontánea de la joven, la forma en que sus ojos avellana brillaban a la luz de los candelabros o la manera en que el terciopelo y la seda borgoña de su vestido no podían contener la sensualidad desbordante de su cuerpo.
Cuando la cena llegó a su fin, el sirviente sirvió dos copas de licor de avellana y canela y se retiró definitivamente, cerrando las pesadas puertas de caoba del Comedor de Invierno.
El silencio volvió a envolver la estancia, dominado únicamente por el crujido constante de los troncos en la gran chimenea.
Alistair se puso de pie. Rodeó la mesa con pasos lentos y se detuvo a un costado de la silla de Elena. Le ofreció la mano una vez más.
—La cena ha terminado, mi dulce Elena —dijo el rey, sus ojos ámbar brillando con una promesa ardiente en la penumbra dorada—. Pero la noche apenas comienza. Ven conmigo hacia el fuego. Hay algo que debo decirte antes de que esta tentación nos consuma a ambos.
Elena miró sus dedos largos extendidos hacia ella, tomó su mano sin vacilar y se puso de pie, sintiendo que la seda de su vestido fluía sobre sus caderas como una caricia de fuego.