Ella fue rechazada por su Alfa el día de su propia boda, desechada y reemplazada por su hermana, no le quedó más remedio que aceptar su destino, aceptar el rechazo y huir.
El destino la llevará ante los palacios reales, del verdadero mandatario de las tierras. En donde deberá cuidar al pequeño príncipe, hijo del emperador.
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Capítulo 11
El calor de la milagrosa curación aún parecía latir en las palmas de sus manos, y el pecho le subía y bajaba con un ritmo acelerado mientras intentaba asimilar lo que acababa de suceder. El imponente lobo negro ya se había desvanecido entre la espesura de la noche, dejándola arrodillada sobre la hierba húmeda y con el eco de sus propios latidos resonando en los oídos.
Elizabeth exhaló un suspiro tembloroso, apoyó las manos en la tierra y se dispuso a incorporarse para regresar sigilosamente a sus aposentos antes de que alguien notara su ausencia.
Pero el mundo se congeló en una fracción de segundo.
Un destello metálico cortó la oscuridad de la noche, tan sutil y letal que el aire apenas rozó su piel antes de detenerse por completo. Un frío intenso e implacable se posó justo contra la piel de su garganta.
Al levantar bruscamente el rostro, el terror la golpeó con la fuerza de un rayo: el filo de una espada recta, afilada como un cristal de hielo y emanando una autoridad absoluta, estaba apoyado directamente sobre su cuello.
El impulso de supervivencia la hizo retroceder de golpe. Elizabeth exhaló un grito ahogado, perdiendo el equilibrio y cayendo hacia atrás sobre la hierba mojada, con las manos apoyadas desesperadamente en el suelo para frenar la caída.
Con el corazón desbocado golpeándole las costillas y el aire atrapado en los pulmones, levantó la vista siguiendo la línea de la hoja plateada, recorriendo la empuñadura de oro oscuro y el brazo firme enfundado en cuero militar, hasta detenerse en el rostro de la figura que la tenía acorralada en las sombras.
Allí, de pie junto a la orilla del riachuelo, iluminado por la pálida luz de las estrellas y envuelto en los jirones de la brisa nocturna, estaba el emperador Vinicius.
Su mandíbula estaba tensa, esculpida en piedra pura de furia contenida, y sus ojos brillaban con una intensidad aterradora: el ojo ámbar clavado en ella como la mirada de una bestia al acecho, y el ojo azul brumoso brillando con la fría revelación de un secreto arrancado a la fuerza. No había una sola duda en su postura; él había visto todo.
El sonido del agua fluyendo suavemente por el riachuelo parecía ahora un eco lejano, ahogado por el latido ensordecedor que retumbaba en los oídos de Elizabeth. El filo de la espada seguía apuntando con precisión milimétrica hacia el lugar exacto donde su pulso latía desbocado.
Vinicius no dijo una sola palabra. Su imponente figura se cernía sobre ella como una sombra implacable. A pesar de la debilidad visual que nublaba su ojo azul, su instinto de alfa puro había captado cada fragmento de la escena: desde la forma en que el lobo herido se había rendido ante su toque, hasta el destello de esa energía dorada y milagrosa que había cerrado la carne lacerada en cuestión de segundos. Para un soberano que gobernaba sobre manadas y guerreros curtidos en mil batallas, lo que acababa de presenciar no era magia común; era un poder perdido, una anomalía peligrosa... y una prueba irrefutable de que la frágil niñera que se ocultaba bajo el alias de Elizabeth era todo menos una simple refugiada.
El emperador bajó lentamente la espada, aunque la distancia entre ambos no hizo más que estrechar el cerco de su presencia dominante. Su respiración era pausada, calculada, un contraste absoluto con la tormenta que se desataba en el interior de la joven.
—Una niñera que pasea a medianoche por los confines del palacio... y que resulta tener en sus manos el don de la sanación absoluta —la voz de Vinicius rompió el silencio de la noche. Sonó baja, cortante y cargada de una fría fascinación que helaba la sangre. Dio un paso al frente, apoyando con fuerza el bastón de marfil sobre la tierra húmeda, mientras su mirada desigual se clavaba en ella con una intensidad insoportable.— Explícate. ¿Qué eres en realidad y a qué has venido a mis dominios?