Ignorada por años , viví en la sombra de mi hermana mayor desde que tengo memoria, solamente porque creían que ella sería la luna de la Manada.
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La lluvia en el territorio de la Manada de la Sombra Plateada no caía con la furia de una tormenta de verano, sino con la pesadez constante de un recordatorio. Las gruesas gotas golpeaban los cristales de la mansión principal, un edificio de piedra gris y madera de roble oscuro que se alzaba imponente en el corazón del bosque. Dentro de aquellas paredes, el calor de la chimenea no lograba disipar el frío que Valerie sentía desde el día en que supo sumar y restar.
Valerie era el accidente biológico que arruinó los planes meticulosamente trazados de sus padres.
En una jerarquía donde cada miembro tenía un propósito dictado por la sangre y el destino, los Alfa y los consejeros más cercanos no tienen espacio para los errores. El primer hijo, Damián, había nacido bajo la bendición de la luna llena y las expectativas más altas de la manada; desde su primer respiro, su destino estaba escrito en piedra: sería el próximo Beta, el escudo derecho del Alfa, un guerrero implacable cuya fuerza haría temblar a los clanes rivales. La segunda, Selene, llegó dos años después con la gracia innata de una reina; sus ojos claros y su temperamento altivo la convirtieron, desde la cuna, en la apuesta familiar para convertirse en la futura Luna, la compañera perfecta para un líder supremo.
Y luego estaba Valerie. La tercera. La sorpresa no deseada. El eslabón débil que llegó cuando los recursos emocionales y el espacio en la mesa ya se habían agotado.
—Damián, querido, asegúrate de mantener la postura durante el banquete de esta noche. Los enviados de la Manada del Norte observarán cada uno de tus movimientos —le recordó su madre, ajustando con manos pulcras el cuello de la camisa de su hermano mayor en el recibidor. Su voz sonaba dulce, revestida de un orgullo maternal que Valerie jamás había escuchado dirigido hacia ella.
—No te preocupes, madre. El puesto de Beta no se heredará solo por apellido; demostraré de lo que soy capaz —respondió Damián con una sonrisa segura, la clase de seguridad que solo da el saberse el centro del universo familiar.
A pocos pasos de allí, de pie junto al marco de la puerta que conducía al pasillo de servicio, Valerie sostenía una bandeja con tazas de té humeantes. Tenía dieciseis años, una complexión delgada que contrastaba con la robustez física de sus hermanos, y una habilidad casi fantasmal para volverse invisible. Nadie le había pedido que llevara el té; simplemente había aprendido que adelantarse a las órdenes evitaba las miradas de fastidio.
—Y Selene, asegúrate de sentarte a la derecha del Alfa invitado. Es crucial para las negociaciones de las próximas lunaciones —continuó la madre, ignorando por completo la presencia de la menor, quien permanecía estática, con los nudillos blancos de tanto apretar la bandeja.
Selene asintió con elegancia, luciendo un vestido de seda azul medianoche que parecía hecho para resaltar su estatus. Nadie miraba a Valerie. Para sus padres, ella no era más que un eco molesto en una sinfonía perfectamente afinada. Una boca extra que alimentar, una sombra que ocupaba espacio en las fotografías familiares donde siempre parecía estar al borde del encuadre, a punto de desaparecer.
Con un susurro apenas perceptible, Valerie se deslizó hacia la cocina, dejando la bandeja sobre el mesón de mármol antes de que alguien notara que seguía allí. Necesitaba aire. El interior de la mansión olía demasiado a cera para muebles, a formalidad asfixiante y a un éxito al que ella no pertenecía.
Empujó la puerta trasera que daba al jardín secundario, un rincón descuidado donde los helechos crecían libres y la luz de la luna apenas penetraba a través del espeso dosel de los pinos. El aire frío de la noche golpeó su rostro, y por un instante, cerró los ojos para respirar profundamente. Fuera de los muros de la casa, el bosque susurraba. Los árboles parecían contar historias antiguas sobre manadas, sangre y poder, un mundo donde los débiles eran devorados y los fuertes reclamaban su corona.
Ella no era fuerte. O al menos, eso le habían repetido con silencios prolongados y miradas indiferentes durante toda su vida. Sus hermanos corrían por los claros del bosque transformándose en imponentes bestias de pelaje denso y garras afiladas, mientras que ella... ella aún no estaba segura de si su lobo siquiera existía. A los diecisiete años, la mayoría de los jóvenes de la manada ya habían experimentado al menos un atisbo de su cambio, una conexión visceral con su bestia interior. En Valerie, el interior era un abismo silencioso. No había gruñidos esperando salir, no había instintos salvajes pidiendo la luna. Solo había un vacío punzante que la hacía sentirse una extraña en su propia piel.
—¿Otra vez escondiéndote entre las sombras, Valerie? —una voz masculina, cargada de una burla familiar, resonó desde las escaleras del porche.
Valerie giró la cabeza con lentitud. Damián estaba allí, apoyado contra la columna de piedra con los brazos cruzados sobre el pecho. Su uniforme de guerrero impecable resaltaba su imponente físico. A sus diecinueve años, ya poseía la autoridad natural que intimidaba a los miembros de rangos inferiores.
—No me estoy escondiendo, Damián. Solo tomaba aire —respondió ella con voz firme, negándose a bajar la mirada como solía hacerlo.
Damián soltó una risa corta, una mezcla de diversión y condescendencia. Se apartó de la columna y dio un par de pasos hacia ella, acortando la distancia con la arrogancia típica de un futuro alfa.
—Deberías entrar. Hoy es una noche importante para la familia. Los padres han invitado a los líderes del clan vecino, y necesitamos que todos den la mejor impresión. Aunque, claro, contigo cerca... siempre temen que digas algo fuera de lugar o que demuestres lo poco que encajas aquí.
Las palabras dolieron, no porque fueran nuevas, sino porque llevaban el peso de una verdad implacable. Valerie sintió que la garganta se le cerraba, pero tragó saliva con fuerza, negándose a mostrar debilidad ante él.
—No te preocupes, Damián. Sé muy bien cuál es mi lugar. Un cero a la izquierda no arruina una fiesta si se queda encerrado en su habitación —espetó, con un destello de desafío inusual en sus ojos oscuros.
Damián frunció el ceño, sorprendido por la respuesta. Su lobo interior, siempre a flor de piel por la testosterona y el poder de su rango, pareció agitarse levemente ante la osadía de su hermana menor. Damián era el orgullo de la casa, el futuro Beta, y nadie, mucho menos la vergüenza silenciosa de la familia, le hablaba de esa manera. Dio un paso más, su presencia volviéndose pesada, casi asfixiante.
—Cuida tu tono, Valerie. Que nuestros padres te toleren por compromiso no significa que debas olvidar las jerarquías. En esta manada, el valor se mide por lo que puedes aportar con colmillos y garras. Tú no eres más que un estorbo que consume espacio.
Antes de que Valerie pudiera replicar, un sonido seco rompió la tensión en el jardín. El crujir de una rama lejana, seguido de un viento gélido que descendió de la montaña con una ferocidad inusual. Los músculos de Damián se tensaron al instante. Su mandíbula se apretó y sus ojos adquirieron un brillo ámbar por una fracción de segundo, la señal inequívoca de que su lobo estaba alerta.
—¿Sentiste eso? —susurró Damián, olvidándose por un segundo de la discusión, mirando hacia la espesura oscura del bosque que bordeaba los límites del territorio.
Valerie también lo sintió. No fue a través de los instintos sobrenaturales de una bestia, sino con un escalofrío helado que le recorrió la columna vertebral. El ambiente había cambiado radicalmente. El sonido de los grillos y el murmullo del viento nocturno se habían apagado por completo, reemplazados por un silencio sepulcral, denso y amenazante.
Desde la profundidad de los árboles, más allá de los límites protegidos por las marcas de olor de la manada, dos ojos brillantes, de un rojo carmesí tan intenso como la sangre fresca, los observaban fijamente.
Damián dio un paso al frente, interponiéndose de manera instintiva entre la oscuridad del bosque y su hermana, adoptando una postura de defensa. Un gruñido bajo comenzó a formarse en su garganta, la respuesta natural de un guerrero ante una intrusión desconocida. Pero Valerie, a pesar del miedo que le encogía el estómago, no se movió. Algo en el aire, una vibración extraña que parecía resonar directamente en el fondo de su pecho, le indicaba que aquella presencia no era una simple amenaza de rutina.
El bosque entero parecía contener la respiración, y en medio de esa oscuridad impenetrable, un aroma pesado a pino quemado y tierra mojada comenzó a envolverlos, presagiando que la vida que conocían estaba a punto de cambiar para siempre.
como que su apellido es BETUCCI , si en el capítulo 8 en email que recibió de la universidad dice textualmente:
"Estimana Valerie Petrov"
🙄🙄🙄🤔🤔🤔
"LA VIDA TE DA SORPRESAS, SORPRESAS TE DA LA VIDA...AYYYY DIOS!"