Aurora Medina llega a la capital con una misión: domar al grupo más rebelde del exclusivo Colegio Altamira, un aula de hijos de millonarios que ya hizo renunciar a cinco tutores. Lo que no imagina es que, detrás de esos dos gemelos insoportables que le declaran la guerra, se esconde el hombre que le rompió el corazón doce años atrás… justo antes de llegar al altar.
Alejandro Bustamante lo tiene todo: dinero, poder y una frialdad que congela salas de juntas. Todo, menos a la única mujer que amó. Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, él está dispuesto a usar cualquier arma para reconquistarla. Incluso a sus propios hijos.
Pero entre ellos hay una herida vieja, una verdad enterrada y una mentira que destruyó dos vidas. Y mientras el hielo empieza a derretirse, no todos quieren ver a Aurora convertida en la nueva señora Bustamante…
¿Podrá Aurora perdonar el pasado y aceptar el lugar que el destino le tenía reservado: el de madre de los hijos del hombre al que juró no volver a amar?
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Capítulo 9
Al caer la tarde, Aurora salió por el portón del Colegio Altamira con los últimos restos de entereza empezando a agotarse. Durante todo el trayecto de vuelta a casa, en la moto del mototaxi de la app, el viento de la capital que le golpeaba el rostro no lograba enfriarle un pecho que retumbaba con violencia. Tenía los sentimientos hechos añicos: la vieja herida que había enterrado en lo más hondo se le había vuelto a abrir a la fuerza tras el encuentro inesperado con Alejandro.
Aquel hombre era la persona que más había querido evitar en toda su vida y, sin embargo, el destino los reunía de nuevo tras más de doce años de separación. Sobre la moto, que avanzaba rasgando el atasco, la memoria de Aurora se disparó hacia un pasado sombrío.
Los recuerdos giraron solos. Poco después de terminar el bachillerato, la Aurora todavía inocente había resuelto aceptar la propuesta de matrimonio de Alejandro. Aquel hombre de ciudad había vivido un año en su pueblo para hacerse cargo de la plantación de la familia Bustamante. Los días llenos de dulces promesas y de los preparativos de una boda tan esperada se convirtieron, en cambio, en la peor de las pesadillas. Su boda se canceló a la fuerza cuando ya se habían repartido las invitaciones. Alejandro se marchó sin más, dejando una herida profunda y una vergüenza tremenda para la familia de Aurora en el pueblo, después de que Cintia —la propia amiga íntima de Aurora— llegara llorando y confesara que llevaba en el vientre un hijo de Alejandro.
Aurora despertó de golpe de su amargo ensimismamiento cuando la moto en la que iba frenó de repente. Resultaba que todo el camino había estado llorando en silencio, con los hombros temblándole, lo que llamó la atención del conductor por el espejo retrovisor.
—Profesora… ¿se encuentra bien? —preguntó el conductor con un tono lleno de lástima, al ver los ojos de su pasajera hinchados y enrojecidos.
Aurora se apresuró a limpiarse con brusquedad las lágrimas de las mejillas, esforzándose por esbozar una sonrisa, aunque le supiera amarga.
—No es nada, señor. Aquí tiene el pasaje… quédese con el vuelto —dijo con voz tenue mientras le entregaba un billete.
Sin esperar el vuelto ni la respuesta del conductor, Aurora se bajó a toda prisa y entró con paso rápido al patio de su nueva casa alquilada. Giró la llave, se metió deprisa y cerró bien la puerta de madera.
¡Pum!
Aurora se apoyó contra la puerta y soltó un largo respiro que le supo a ahogo. Dio gracias en su interior porque el día siguiente era sábado. Todos los colegios bajo el amparo del gobierno de la capital aplicaban la política de cinco días laborables, lo que significaba que al día siguiente estaba libre. No tendría que forzarse a aparentar fortaleza ante Mateo, Martina y los demás alumnos por un tiempo. Tenía dos días para recomponer su corazón hecho pedazos.
Sin ganas de seguir hundiéndose en el lodazal del trauma del pasado, Aurora se dirigió deprisa al baño. Se enjuagó el cuerpo, se quitó el polvo de las calles de la capital y trató de disolver la carga que le oprimía la mente.
Después de ponerse ropa limpia, Aurora se arrodilló a rezar en un rincón del cuarto. De rodillas, con las manos unidas, elevó sus oraciones de la tarde. En aquella entrega prolongada, Aurora derramó todo el dolor, la decepción y la incertidumbre que le agitaban el pecho. Se encomendó por entero al Creador, pidiéndole fuerzas y paz de espíritu para poder superar la prueba del destino que volvía a jugar con su vida.
*
*
Durante todo el sábado, Aurora se encerró de veras en la casa alquilada. Cerró la puerta a cal y canto a propósito, sin ganas de salir, tratando de calmar los últimos restos de la tormenta emocional de su corazón.
Aquella repentina "desaparición" de Aurora, como era de esperar, inquietó a Dalia, su vecina de al lado. Como desde la mañana no veía señales de vida en la casa contigua, Dalia decidió al fin mandarle un mensaje por WhatsApp.
Auro, ¿estás en casa? ¿Por qué no te veo salir desde la mañana? Estás bien, ¿verdad?
No pasó mucho tiempo antes de que el celular de Dalia vibrara con la respuesta de Aurora.
No es nada, Dalia. Solo quiero descansar a fondo este fin de semana, no tengo ganas de salir. Jaja.
Al leer aquella respuesta, Dalia se rio por lo bajo frente al celular. Conocía muy bien el carácter de su vecina.
—Esta Aurora, tan de pueblo, en cuanto tiene libre lo que le gusta es enclaustrarse en su cuarto —murmuró Dalia, negando con la cabeza. Pero de pronto se le cruzó una idea por la cabeza—. Mañana domingo la invito a trotar; justo hay ciclovía dominical. ¡Así deja de ser tan ermitaña en la capital!
Mientras tanto, el ambiente en la lujosa residencia de los Bustamante se sentía muy distinto de lo habitual. Alejandro acababa de llegar a casa después de pasar la noche fuera, ocupado supervisando a sus hombres en la búsqueda de información sobre Aurora. Ahora que el expediente completo con la dirección de la casa y la vida de Aurora estaba en sus manos, una felicidad inmensa le rebosaba el pecho al CEO.
Por efecto de aquella dicha, Alejandro de pronto olvidó su enojo con Mateo. Ni siquiera volvió a mencionar ni a reprochar el drama de la mentira del pegamento en la silla del colegio. Es más, esa tarde Alejandro dio una gran sorpresa que dejó atónita a toda la casa. Por primera vez en la historia, invitó a Mateo y a Martina a hacer deporte juntos al día siguiente.
—Mañana domingo tengo la agenda libre. Vamos a andar en bicicleta a la zona de la ciclovía dominical, ¿sí? —dijo Alejandro esa tarde con un tono mucho más suave.
Al oír aquella invitación, Mateo y Martina se miraron sin creerlo. El pecho se les llenó de una felicidad efervescente. No imaginaban que aquel padre siempre indiferente, frío y sepultado bajo pilas de trabajo, de pronto empezara a darles la pequeña atención que tanto anhelaban. Esa noche, ni Mateo ni Martina pudieron dormir tranquilos, de lo impacientes que estaban por que llegara el día siguiente.
*
*
A la mañana siguiente, el patio de la mansión Bustamante lucía radiante. Mateo y Martina ya estaban impecables y deportivos, listos con sus caras bicicletas plegables. En el umbral, la abuela, doña Carmen, permanecía de pie con una sonrisa de honda emoción. Se le saltaban casi las lágrimas al ver aquella escena tan poco común. Se sentía muy feliz porque, al fin, Alejandro empezaba a abrir el corazón y a querer acoger a su propia sangre.
En otra zona de la ciudad, el reloj apenas marcaba las seis de la mañana cuando Dalia ya estaba frente a la puerta de la casa alquilada de Aurora, golpeándola con energía ardiente.
¡Toc, toc, toc!
—¡Auro! ¡Despiertaaa! ¿Ya estás lista? —gritó Dalia, entusiasmada, desde afuera.
La puerta de madera se abrió despacio. Aurora asomó con paso vacilante, con una camiseta cómoda y un pantalón deportivo. Todavía bostezaba con la boca abierta, mientras los ojos le pestañeaban a media luz por el sueño.
Al ver la pinta de Aurora, tan lejos de cualquier entusiasmo, Dalia se puso las manos en la cintura y negó con la cabeza, resignada.
—¡Ay, por Dios! ¡Mira que esta mujer ya con sus años! ¡Tienes las acciones de la flojera por las nubes!
Al oír aquella burla punzante sobre su estado civil y su edad de labios de Dalia, la conciencia de Aurora se recompuso de golpe. Sus ojos fulminaron a Dalia.
—¡Eso, así se hace! ¡Abre bien los ojos, Auro! ¡A ver si se te espabilan y dejas de bostezar! —se burló de nuevo Dalia, sin el menor remordimiento, riéndose satisfecha al ver que su víctima había picado.
Aurora no pudo más que resoplar, resignada, y torcer un poco la boca. Quisiera o no, acabó cediendo al capricho de Dalia de ir a la ciclovía. Al fin y al cabo, Dalia había sido la primera persona que la recibió con tanta calidez y sinceridad desde que pisó por primera vez la dureza de la capital. Sin que Aurora lo supiera, sus pasos hacia la ciclovía dominical de esa mañana la llevarían a entrar en el círculo del destino trazado para reunirla de nuevo con la familia Bustamante.
Continuará…