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Divorciada a los cuarenta: el joven magnate no puede resistirse a mí

Divorciada a los cuarenta: el joven magnate no puede resistirse a mí

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Amante arrepentido / Ella Mayor Que Él / Completas
Popularitas:670
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

A los cuarenta, Regina Ávalos descubre dos verdades en el mismo día: ella nunca fue estéril y su marido lleva años engañándola.
Después de trece años sosteniendo su empresa, cuidando a su familia y soportando que la culpen por no darles un heredero, Regina firma el divorcio, recupera su fortuna y se promete una cosa: jamás volverá a vivir para complacer a nadie.
Entonces aparece Leonardo Mendívil.
Es el heredero más codiciado de México, diez años menor que ella, su nuevo vecino y el hombre que lleva trece cumpleaños enviándole gardenias en secreto. Leo no quiere una esposa dócil ni una mujer decorativa. La quiere a ella: madura, libre, peligrosa y dueña de cada cicatriz que otro hombre no supo mirar.
Y cuando Regina decide abrirle la puerta, descubre que el joven magnate no ama a medias… ni deja un deseo sin cumplir.
Pero empezar de nuevo tiene un precio. Su ex quiere recuperar lo que perdió, una red criminal amenaza el negocio que Regina levantó con sus propias manos y la poderosa familia de Leo exige una boda que ella no piensa aceptar.
Entre escándalos, traiciones y una maternidad elegida bajo sus propias reglas, Regina tendrá que decidir si puede entregarle el corazón a un hombre sin volver a entregar su libertad.
Porque a los cuarenta no está acabada.
A los cuarenta apenas comienza.
Y el hombre diez años menor que ella está dispuesto a demostrarle que una reina no tiene edad, pero sí merece a alguien que sepa adorarla.

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Capítulo 6

El vecino de al lado

—¡Tío Mau! ¿En serio te disfrazaste de patrulla para arruinarme la noche de estreno?

La carcajada de Tadeo rompió la tensión antes de que yo alcanzara a asustarme de verdad. En el umbral, los cuatro hombres que segundos antes se habían presentado como policías respondiendo a un reporte de escándalo cambiaron de cara. El más alto, el que Tadeo acababa de señalar con el dedo, se quitó la gorra con una calma que no tenía nada de improvisada.

—Oficial Navarrete —dijo, y me tendió una identificación de verdad—. Una disculpa, señora Ávalos. Un vecino reportó ruido; vinimos a verificar. No sabíamos que era una reunión privada.

—Fuimos nosotros los del escándalo, oficial —admití, todavía con el corazón golpeándome las costillas—. Estrenamos departamento. Le prometo bajar el volumen.

—No se preocupe. —Sus ojos se demoraron en mí un segundo de más, un segundo que registré sin querer registrarlo—. Con permiso.

—Tío, quédate a cenar —lo picó Tadeo, colgándosele del brazo—. Ándale, que traes cara de que no comes desde el turno de la mañana. Regina, no le crea la pose de galán serio; en la casa le dicen el Bello Durmiente porque se queda dormido en las carnes asadas.

—Tadeo. —Mauricio ni se inmutó, pero algo se le suavizó en la comisura—. Otro día. La señora tiene que descansar.

Se despidió con un gesto de cabeza que fue casi una reverencia y se llevó a sus compañeros pasillo abajo. Los muchachos empezaron a recoger sus cosas entre bostezos y promesas de repetir. Jimena ya se había ido antes, escoltando a la primera tanda de invitados, no sin dejarme por WhatsApp una lista de instrucciones dignas de un litigio: cierra con doble chapa, no abras si no reconoces la voz, mándame foto de que estás bien.

Los despedí uno por uno en la puerta. Y fue ahí, cuando el pasillo se vació y quedó solo el zumbido de las lámparas, que reparé en él.

Estaba apoyado en el marco de la única otra puerta del piso —porque en toda la planta no había más que dos departamentos, el mío y ese—, con las manos en los bolsillos y una tranquilidad que no le pedía permiso a nadie. Leo. El mismo joven de los elevadores, el de la cafetería, el que llevaba semanas cruzándose en mi camino como si el edificio se hubiera puesto de acuerdo con el destino.

—Buenas noches, joven Mendívil —dije, y no pude disimular el desconcierto—. ¿Usted… vive aquí?

—Ahí. —Señaló su puerta con la barbilla—. Desde antes que usted, de hecho. Somos vecinos, Regina.

Me tuteaba con una naturalidad que a mí me habría costado un mes de terapia. Yo, en cambio, me aferré al usted como a un barandal.

—Vaya. El mundo es un pañuelo.

—Un pañuelo que huele a caldo. —Olfateó el aire con descaro—. No cené. Y usted acaba de despedir a diez personas con la olla todavía caliente.

—¿Me está pidiendo de cenar, joven Mendívil?

—Le estoy diciendo que tengo hambre. —Sonrió apenas—. Lo de pedir sería de mala educación.

Debí decir que no. Una mujer que acaba de mudarse sola no le abre la puerta de su cocina al vecino guapo la primera noche. Pero antes de contestar ya había sacado el teléfono y le había escrito a Jimena: el vecino de junto se queda a cenar, se llama Leo Mendívil, si no te mando foto en una hora, llama al oficial ese. Solo entonces me hice a un lado.

—Pásele. Pero conste que es sopa recalentada.

Mientras yo servía, él no se sentó a esperar como quien cree que el mundo lo atiende. Buscó los platos hondos donde le dije, sacó las cucharas, dobló las servilletas de papel en dos triángulos perfectos. Se movía por mi cocina ajena con una educación que no se compra: la de quien creció viendo hacer las cosas bien y nunca tuvo que fingirlo.

No pude evitar la comparación. Gustavo, cuando lo conocí, comía con el codo en la mesa y presumía la marca del reloj antes de saludar; con dinero se volvió peor, no mejor, todo etiqueta y nada de modales, el clasismo del que llegó tarde y necesita que todos lo noten. Leo partía el bolillo en pedazos pequeños y esperaba a que yo probara primero. Y me pescó mirándolo.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada. Coma.

Comió dos platos. Elogió el caldo con una seriedad que me hizo reír. Hablamos poco y de nada importante: del edificio, del ruido de los muchachos, de que el conserje se llamaba don Beto. Cuando terminó, se levantó antes de que yo pudiera detenerlo, llevó los trastes al fregadero y se arremangó.

—Deje eso, joven Mendívil.

—Usted cocinó. Yo lavo. Es lo justo.

Lavó cada plato, los acomodó a escurrir y se secó las manos con una parsimonia de dueño de casa. Ya en la puerta, con la chamarra al hombro, se detuvo como si acabara de acordarse de algo.

—Regina. ¿Tiene mi número?

—No —dije, y era verdad; no lo tenía—. ¿Por qué habría de tenerlo?

Algo pasó por su cara, una sombra breve que no supe leer.

—Lo tuvo. Hace años. Alguien lo borró. —Sacó su teléfono—. ¿Me permite corregir el error?

No entendí a qué se refería —¿años?, ¿quién?— pero le dicté mi número. El suyo entró en mi pantalla con un solo nombre: Leo. Cuando le puse el candado a la puerta y le mandé la foto prometida a Jimena, me di cuenta de que estaba sonriendo sola como una adolescente, y me regañé por eso.

El teléfono sonó al instante. Jimena.

—Comadre —dijo, y por el tono supe que venía con chisme—. ¿Me estás diciendo que cenaste con Leonardo Mendívil?

—Con el vecino. Leo.

—Leo, sí. Leonardo Mendívil Arzúa. —Hizo una pausa teatral—. Regina, ese muchacho es el heredero de Grupo Mendívil. Dinero viejo, del de verdad, del que no se presume. Hospitales, aeropuertos, medio Polanco. Y tú lo pusiste a lavar tus trastes.

Me senté despacio en el sofá. Grupo Mendívil. El apellido que salía en las páginas de negocios que yo hojeaba en las salas de espera. El chico que partía el pan en pedacitos era eso.

—No tenía idea.

—Ya lo sé, por eso te hablo. —Su voz se puso seria, la Jimena de verdad debajo de la abogada—. Óyeme bien una cosa, comadre. Ese apellido y tú son dos mundos, y yo no quiero verte metida en telarañas de ricos justo cuando apenas te estás soltando de una. Pero tampoco quiero que te encierres. Acabas de salir de una jaula. No te construyas otra tú solita, ¿me oyes? No te encierres.

—No me voy a encerrar —le prometí, y quise creérmelo.

Colgué. Afuera, contra el ventanal, había empezado a caer una lluvia fina y helada, esa llovizna de invierno que en la ciudad se te mete en los huesos. Me quedé mirándola, con el número nuevo todavía tibio en el teléfono y una calidez tonta en el pecho que hacía años no sentía.

Entonces la pantalla se encendió. Y volvió a encenderse. Y otra vez.

Don Ernesto. Llamada perdida. Doña Carmen. Llamada perdida. Don Ernesto, de nuevo, insistiendo como quien tumba una puerta. Tres, cuatro, cinco veces seguidas, el nombre de mis suegros parpadeando en la oscuridad como una amenaza.

Los Rendón sabían que me iba. Y no pensaban dejarme ir en paz.

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