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La Última Hija de la Luna Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

La Última Hija de la Luna Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Autosuperación / Completas
Popularitas:425
Nilai: 5
nombre de autor: AUTORAATENA

Luara creció como la humana entre lobos: sin loba interior, sin poder, sin lugar. Criada por una manada que la tolera pero no la quiere, aprendió a bajar la cabeza, a curar heridas ajenas y a no esperar nada para ella. Hasta que la luna decide lo contrario.

Cuando el vínculo de compañeros destinados la ata al Alfa más codiciado de la manada, Luara descubre que ser elegida puede doler más que ser ignorada: él la desprecia en público, la humilla delante de todos y la entrega a un destino que ninguna mujer debería aceptar. Pero la sangre que corre por sus venas no es humana. Es divina. Y hay un rey milenario —frío, posesivo, temido en todos los reinos— que llevaba siglos esperando a que ella despertara.

De esclava despreciada a reina de un imperio inmortal, Luara tendrá que decidir entre el lobo que la rechazó y el rey que mataría por ella. En el camino: traiciones que sangran, rivales que no perdonan, una guerra entre lobos y vampiros que amenaza con incendiarlo todo, y un amor tan feroz como peligroso.

Rechazada por el Alfa. Elegida por el Rey. Y a punto de descubrir que ella siempre fue la más poderosa de todos.

NovelToon tiene autorización de AUTORAATENA para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 9 — DIEGO

POV: DIEGO

Mi lobo no me daba tregua.

Klaus —así se llamaba aquella parte de mí que existía independiente de mi voluntad— se había convertido en una presencia irritante desde el momento en que el olor a miel silvestre atravesó la plaza. Antes de eso, era silencioso. Casi dormido. Casi no me acordaba de que existía la mayoría de los días.

Ahora ocupaba mi cabeza como si fuera el dueño del lugar.

Sigue el olor —refunfuñó por tercera vez.

—Cállate, Klaus.

Sigue. El. Olor.

Salí de la plaza sin planearlo. Mis pies se movieron antes de que mi mente tomara la decisión, y odié cada paso que di en dirección al bosque como si no tuviera opción. Como si el instinto hubiera tomado el control que me había pasado la vida entera construyendo.

Detrás de mí, la voz de Katrina.

—Diego.

No me detuve.

—Diego, ¿adónde vas?

El olor a miel silvestre se hacía más fuerte a medida que avanzaba entre los árboles. El bosque estaba oscuro, iluminado apenas por los fragmentos de luz de la luna que pasaban entre las copas. Klaus me guiaba con una precisión irritante: cada paso certero, como si él conociera el camino mejor que yo.

Mi Luna vino aquí sola* —dijo, con ese tono que mezclaba posesividad y rabia—. Es tu culpa, Diego. Si algo le pasa mientras te quedabas allá con tu arrogancia, te haré sufrir.*

—Habla por la boca, carajo.

Hablo. Y me vas a escuchar.

El ruido de la cascada llegó antes que la imagen. Ese sonido constante de agua cayendo sobre la piedra que yo conocía desde niño. Un lugar lo bastante apartado como para que pocas personas de la manada fueran hasta allí.

Ella había ido.

Me detuve al borde de la vegetación más densa.

Luara estaba sobre una piedra grande, arrodillada, con el vestido rojo esparcido a su alrededor como una mancha en medio de la piedra gris. Lloraba. Las manos juntas, la cabeza ligeramente inclinada hacia arriba, como si de verdad estuviera hablando con alguien que yo no veía.

—Diosa... —su voz me llegó baja, quebrada—, ¿por qué yo? ¿Qué hice de tan malo en esta tierra?

Algo me subió por el pecho.

No era compasión.

Era odio.

Odio por estar ahí. Odio por haber seguido aquel olor como un lobo sin control. Odio por tener a Klaus gritando mía en el fondo de mi cabeza mientras yo intentaba pensar.

Salí de la vegetación.

La risa me salió antes de que decidiera reír: incrédula, sin ningún humor.

Ella levantó los ojos, asustada.

Cuando me reconoció, palideció.

No le di tiempo de reaccionar. Avancé rápido, subí a la piedra y coloqué los dos brazos a sus costados, bloqueándole la salida. Mi rostro quedó cerca del suyo. Demasiado cerca. Su olor a esa distancia era una agresión. Miel silvestre y algo más suave debajo, casi floral, que Klaus identificó antes que yo y que me hizo trabar la mandíbula de un modo que odié.

Acerqué los labios a su oído.

—Quien debería estar rezando aquí soy yo, Luara. —La voz me salió baja, controlada, con toda la rabia que estaba conteniendo por debajo—. ¿Crees que yo quería esto? ¿Una cosita insignificante como tú? Sin loba. Humana. Débil. Que va a morir de cualquier enfermedad que aparezca en la primera estación fría.

Ella no respondió. Sentí su cuerpo tenso como una cuerda a punto de romperse.

—Yo no quería esto. Y tú sabes muy bien a quién quiero a mi lado. Tú no serás la Luna de esta manada. —Retrocedí un poco para encararla de frente, manteniendo los brazos cerrándole la salida—. Vas a usar un inhibidor de olor a partir de ahora. Los dos necesitamos distancia mientras este vínculo maldito no encuentre solución.

Ella intentó moverse.

Intentó salir por el espacio entre mi brazo y la piedra, con el cuerpo debatiéndose con esa determinación silenciosa que yo no esperaba de ella.

Y sus muslos me rozaron.

El pensamiento desapareció.

Me puse duro al instante —rápido, involuntario, sin aviso— y la rabia que sentí contra mí mismo en ese segundo fue proporcional. Apreté más. Los brazos sujetándola con más firmeza, el cuerpo reaccionando antes de que la cabeza pudiera intervenir.

Klaus explotó dentro de mí.

Ella es mía. Ella se queda.

Mi boca bajó hacia su cuello sin una decisión consciente.

Lamí.

Despacio. Del modo en que Klaus quería. Del modo en que odié querer.

Y entonces...

—¡DIEGO!

La voz de Katrina cortó el bosque como un cuchillo.

Me aparté de Luara con un movimiento brusco y me di la vuelta.

Katrina estaba parada a unos metros, los ojos dorados ardiendo, la mandíbula trabada con una rabia que rara vez veía en ella.

—¿QUÉ CARAJO ES ESTO? —Su tono era peor que un grito: era ese control forzado de quien tiene demasiada rabia para estallar bien—. ¡APENAS SABES QUIÉN ES TU COMPAÑERA Y YA ESTÁS AQUÍ, DE ESTA FORMA, CON ESTA HUMANA GORDA Y DÉBIL QUE VA A DEBILITAR A LA MANADA!

La miré de arriba abajo. Despacio. Con la misma frialdad que usaba con cualquiera que me confrontara sin autorización.

—Mi compañera —dije, con la voz baja y firme—. Tengo derecho. Nuestros planes siguen siendo los mismos.

Sus ojos echaron chispas.

Me volví hacia Luara.

Ella estaba parada en la piedra, inmóvil, mirándome con esa expresión que yo no lograba clasificar. No era miedo puro. No era rabia pura. Era algo entre las dos que ella guardaba detrás de un silencio que me irritó más de lo que me habría irritado cualquier respuesta.

—Usa el maldito inhibidor de olor. —Lo dije directo—. No quiero caer en tentación contigo por culpa de este vínculo maldito. ¿Entendiste?

Ella no dijo una palabra.

—Vamos, Katrina.

Bajé de la piedra. Katrina se dio la vuelta y caminó delante de mí de regreso a la aldea.

No miré atrás.

Pero Klaus se quedó en silencio durante todo el camino. No el silencio tranquilo de siempre. El silencio pesado de quien tiene demasiada rabia para hablar.

No hizo falta que dijera nada.

Yo sabía que lo iba a escuchar después.

Y sabía, también, que la imagen de Luara arrodillada en aquella piedra —el vestido rojo, las lágrimas, el cuello que no debería haber tocado— no se me iba a salir de la cabeza tan pronto.

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