"Vete de aquí... ¡No quiero volver a ver tu cara en esta casa! No estoy dispuesto a vivir con una tramposa como tú." El grito que resonaba hasta el techo de la habitación tenía el poder de hacer temblar el corazón y el cuerpo de Karla. Con todas sus fuerzas, trataba de contener las lágrimas que ya se acumulaban en sus párpados.
Si para la mayoría de los hombres sería motivo de felicidad descubrir que su esposa sigue siendo virgen, para Jairo, la situación era todo lo contrario; se sentía engañado.
Ya que su matrimonio tuvo lugar después de ser sorprendidos juntos en la habitación de un hotel, y en ese momento, las circunstancias parecían indicar a cualquiera que algo había sucedido con Karla, por lo que, sin más remedio, Jairo tuvo que aceptar casarse con la que había sido novia de su hermano.
Sin embargo, meses después del matrimonio, al tener relaciones con su esposa, Jairo descubrió que ella aún era virgen. Jairo, quien odiaba las mentiras por encima de todo, por supuesto no pudo aceptar esta situación y terminó por echar a su esposa.
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Confesión de sentimientos
—Hoy no iré, me preocupa que Santi se ponga inquieto otra vez y te cueste trabajo atenderlo sola —la respuesta de Rodrigo dejó a Thalia sin palabras. No podía creer que se preocupara tanto por su hijo, cuando cuidarlo era su deber como madre. Al menos eso pensó ella.
Después del desayuno, Thalia regresó a la habitación mientras Rodrigo se dirigió a su estudio. Aquel día había decidido trabajar desde casa y le pidió a Federico que le enviara por correo electrónico varios documentos que necesitaba revisar.
—Gracias por cuidar a Santi, doña Inés —dijo Thalia con una cálida sonrisa.
—De nada, señora.
—Deje que la ayude, señora —doña Inés se ofreció a traer las cosas del bebé mientras Thalia se disponía a cambiarle la ropa.
—Gracias, doña Inés.
—Desde bebé el niño Santi ya es guapísimo. ¿Cómo será cuando crezca? Seguro va a traer locas a todas las muchachas —comentó la niñera, admirando la belleza del hijo de sus patrones.
—Ay, doña Inés, usted siempre tan ocurrente —Thalia no pudo evitar sonreír junto a ella.
—Desde la nariz, las cejas, los labios, hasta las facciones enteras del niño Santi, todo es igualito a su papá. Parece que a la mamá solo le tocó encargarse de los antojos y del parto —soltó doña Inés con soltura.
Thalia volvió a sonreír, confirmando de manera indirecta lo que la mujer decía. Por donde se le viera, el rostro de Santi era prácticamente idéntico al de su padre.
—Dicen los mayores, señora, que cuando un hijo se parece muchísimo a su papá es porque el papá ama con locura a la mamá —añadió la niñera, que ya había tomado confianza con su patrona.
Esta vez Thalia no se atrevió a confirmar aquella afirmación. Se limitó a guardar silencio.
—Es verdad, señora, no le miento. En mi pueblo la gente mayor siempre dice eso —insistió doña Inés al ver que Thalia se había quedado callada, como sumida en sus pensamientos.
Finalmente, Thalia respondió con una leve sonrisa y continuó vistiendo a Santi.
—¡Vaya! El niño guapo de papá ya despertó...
Al notar la llegada de Rodrigo, doña Inés se excusó y volvió a la cocina para ayudar a doña Aurora con la comida.
Rodrigo se acomodó al borde de la cama.
—Con solo no verlo un rato, papá ya lo extraña horrores a este niño guapo —murmuró inclinándose hacia su hijo y colocando su dedo índice entre los diminutos dedos del bebé.
Recordando que el sol de la mañana era beneficioso para la salud, especialmente para un bebé de la edad de Santi, Thalia le avisó a Rodrigo que llevaría al niño a tomar un poco de sol en el balcón de la habitación.
Diez minutos después, Thalia regresó al cuarto y encontró a Rodrigo ya concentrado frente a su computadora portátil, sentado en el sofá. Acostó a Santi en la cama y de vez en cuando lanzaba miradas furtivas a su esposo, que observaba la pantalla con gesto serio. Con aquella ropa casual lucía increíblemente atractivo, y las líneas de concentración que se dibujaban en su rostro mientras trabajaba sumaban aún más a su encanto.
Thalia sacudió la cabeza cuando su mente dejó de cooperar. No podía ser: justo cuando intentaba proteger su corazón, su cerebro se empeñaba en admirar a su marido. Contrólate, Thalia... no te atrevas a admirar algo que jamás podrás tener, pensó, refiriéndose al corazón y a los sentimientos de él hacia ella.
*
*
*
Sin darse cuenta, ya había transcurrido un mes desde que vivían juntos, y durante ese mismo tiempo habían compartido habitación, pues Santi solía ponerse inquieto y solo se calmaba estando cerca de su padre. Y no solo eso: Rodrigo había ido demostrando su cariño a través de sus acciones, algo que estuvo a punto de derrumbar las defensas que Thalia mantenía sobre su corazón.
Al igual que las noches anteriores, aquella noche Rodrigo volvió a sorprenderla con un gesto dulce: cocinó el platillo favorito de Thalia. Incluso se metió personalmente a la cocina para preparar la cena que compartiría con su esposa. Todo lo hacía movido por el amor que sentía por ella. Bien podría haberla invitado a cenar fuera sin tomarse tantas molestias, pero Rodrigo prefería hacer todo aquello con tal de demostrarle su cariño.
A las siete de la noche, en el jardín trasero, con la ayuda de doña Aurora y doña Inés, Rodrigo preparó una cena romántica para celebrar su primer aniversario de bodas con Thalia.
—¿A dónde vamos, amor?
Guiada por su esposo, Thalia avanzaba paso a paso mientras una venda de tela le cubría los ojos.
—A ningún lado, solo quiero mostrarte algo.
No hubo mayor preparación; la ropa que Thalia llevaba puesta aquella noche era la misma pijama que usaba a diario, así que no era extraño que no sospechara nada en absoluto.
Al llegar frente a la mesa dispuesta con un ambiente romántico, Rodrigo le retiró la venda de los ojos.
—Feliz aniversario, mi amor —las palabras de Rodrigo dejaron a Thalia paralizada, con la mirada perdida. No sabía cómo reaccionar. ¿Debía alegrarse con aquella sorpresa, cuando nunca había sabido lo que su esposo sentía realmente por ella? ¿La quería de verdad o se comportaba bien únicamente porque tenían un hijo en común?
—¡Ven, siéntate! —Rodrigo retiró una silla y la invitó a tomar asiento.
—¡Vamos, come, mi amor! Preparé todo esto especialmente para celebrar nuestro primer aniversario de bodas.
—Gracias, amor.
En el momento en que se llevó el primer bocado a la boca, las lágrimas de Thalia brotaron al mismo tiempo, y aquello no pasó inadvertido para Rodrigo. Sin decir una palabra, Thalia siguió masticando en silencio.
—¿Qué pasa, mi amor? ¿No te gustó la comida?
—¡No tienes que obligarte a ser tan amable conmigo, amor! ¡No te fuerces solo porque Santi existe entre nosotros! —en lugar de responder, Thalia soltó aquellas palabras que hicieron que Rodrigo se levantara de su silla.
—Mi amor... ¿qué estás diciendo? —Rodrigo se acercó a ella.
Se arrodilló frente a Thalia.
—Thalia... Todo lo que he hecho durante este tiempo no ha sido por obligación, y mucho menos solo porque Santi esté entre nosotros, mi amor.
—¡Lo hago porque te amo, porque te deseo a mi lado, mi amor! —Rodrigo sintió que había llegado el momento de confesarle sus sentimientos a su esposa.
—Hic... hic... hic... —el llanto de Thalia se desbordó. La confesión de Rodrigo le parecía un sueño.
Rodrigo levantó con suavidad el rostro cabizbajo de Thalia para que lo mirara.
—Te amo desde mucho antes de que nos casáramos, Thalia... —dijo contemplando las pupilas oscuras de su esposa. Poco a poco acortó la distancia entre ambos y posó sus labios sobre los de ella con infinita ternura.
—¡No vuelvas a pensar jamás que me comporto así solo porque tenemos un hijo juntos! —dijo Rodrigo mientras acariciaba los labios de ella con el pulgar.
Doña Inés, que presenció aquella escena sin querer, se conmovió hasta las lágrimas.
—La señora Thalia es una mujer buena; bien merece un amor tan grande de parte de su esposo —susurró antes de volver a la cocina para continuar con sus tareas.