Lila se cansó de ser un eco en la vida de Abad, su esposo. Durante años, ocupó el segundo, el tercero, incluso el cuarto lugar en su mundo, siempre a la sombra de sus prioridades. Fue una situación límite, una gota que rebasó el vaso, lo que encendió en ella la chispa definitiva para desaparecer. Y se fue. Tan silenciosamente que todos la dieron por muerta. Todos, menos Abad. Él se negó a creer en su ausencia eterna, aferrado a una certeza que solo él entendía.
Cuando Lila regresó, no lo hizo sola. Traía consigo un niño, un secreto que Abad no había previsto, pero que no le importó en lo más mínimo. Sin dudarlo un segundo, Abad se lanzó a la reconquista. No solo para recuperarla a ella, sino para ganarse también al pequeño, dispuesto a aceptarlo como suyo, sin importar si la sangre lo unía o no. Porque esta vez, Abad sabía que no podía permitirse ser el último en la vida de nadie.
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Capítulo 21 El saber. Abad había visto a Salvatore.
En el momento en que el niño salió de la casa, saltando y riendo, Abad supo que algo no encajaba. Vio a la mujer que amaba, más hermosa que nunca, y a su lado a un niño pequeño que caminaba con la confianza de quien sabe que el mundo le pertenece.
El niño se parecía a Lila. Tenía su cabello castaño, sus ojos verdes, su sonrisa amplia. Pero también tenía algo más. Algo que Abad reconocía al instante porque lo veía cada mañana en el espejo.
Esa forma de fruncir el ceño. Esa manera de caminar con la cabeza en alto y los hombros rectos. Ese aire de autoridad natural que ningún niño de cinco años debería tener.
Era suyo. Lo sabía con una certeza que le helaba la sangre. Ese niño era su hijo.
El coche de Abad se movió lentamente, deteniéndose justo al lado del de Violeta. Él bajó la ventanilla y la miró directamente.
—Buenos días, Violeta —dijo, y su voz era serena, aunque sus ojos delataban la tormenta interior—. ¿Quién es el pequeño?
Violeta sintió que el mundo se detenía. Su instinto maternal se disparó, y apretó la mano de Salvatore con más fuerza.
—No es asunto tuyo —respondió, con la voz tensa—. Vete, Abad. No tienes nada que hacer aquí.
Abad no se movió. Sus ojos se desviaron hacia Salvatore, y el niño, en lugar de esconderse, lo miró con curiosidad.
—Hola —dijo Salvatore, con su voz clara y segura—. ¿Tú eres amigo de mi mami?
Abad sintió que el corazón se le partía y se reconstruía al mismo tiempo. —Sí —respondió, y su voz era apenas un susurro—. Soy... un amigo de tu mami. ¿Cómo te llamas?
—Salvatore —respondió el niño, con orgullo—. Salvatore Lombardi. Tengo cinco años.
Abad miró a Violeta, y en sus ojos había una mezcla de asombro, de dolor y de una furia apenas contenida. —¿Lombardi? —repitió, y la palabra sonó a ácido en su boca—. ¿Le has dado tu apellido?
—No tengo por qué darte explicaciones —respondió Violeta, con frialdad—. Salvatore, sube al coche.
—Pero mami…
—¡Ahora!
Salvatore obedeció, aunque su ceño se frunció en ese gesto tan familiar. Nicoló lo ayudó a subir, y cuando ambos estuvieron dentro, Violeta se volvió hacia Abad.
—No te acerques a mi hijo —dijo, y su voz era un filo de acero—. No te acerques a él, ¿me oyes? No tienes ningún derecho.
Abad la miró, y por primera vez, su mirada era oscura, peligrosa. —¿No tengo derecho? —repitió lentamente—. Ese niño tiene mis ojos, Violeta. Mi forma de caminar. Mi carácter. No me digas que no tengo derecho, porque sé que es mío.
Violeta sintió que la sangre se le helaba. —No es tuyo —mintió, con todas sus fuerzas—. Es hijo de otro hombre.
—No me mientas —respondió Abad, y su voz era fría como el hielo—. No me mientas, porque si lo haces, haré lo que tenga que hacer para demostrar la verdad. Incluso si tengo que desaparecer al padre biológico.
Violeta dio un paso atrás, sintiendo el peso de sus palabras. Había algo en su mirada que nunca había visto antes. Algo siniestro.
—¿Qué quieres decir con eso? —susurró.
—Quiero decir —respondió Abad, inclinándose ligeramente hacia ella— que si ese niño es mío, como creo que es, nada ni nadie me va a separar de él. Ni tú, ni su supuesto padre, ni el mundo entero. Y si no es mío... —Hizo una pausa, y una sonrisa fría se dibujó en sus labios—. Me aseguraré de que lo sea.
Violeta sintió que el miedo le recorría la espalda. Abad había cambiado. Ya no era el hombre arrogante que la había ignorado; era alguien más oscuro, más peligroso. Alguien que había perdido demasiado y que estaba dispuesto a todo para recuperarlo.
—No te atrevas —dijo, y su voz temblaba ligeramente—. No te atrevas a hacerle daño a mi hijo.
—Nunca le haría daño —respondió Abad, con suavidad—. Pero haré lo que sea necesario para estar en su vida. Para estar en tu vida. —Se enderezó—. Te daré un día, Violeta. Un día para que pienses en lo que quieres. Pero mañana, voy a buscarte. Y no voy a aceptar un no por respuesta.
Dicho esto, subió la ventanilla y arrancó el coche, desapareciendo en la curva de la calle.
Violeta se quedó allí, temblando, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies. Había cometido un error al volver. Un error terrible.
Y ahora, las consecuencias estaban a punto de llegar.
*_*
En el coche, Salvatore observaba por la ventana cómo el coche negro se alejaba. Luego, se volvió hacia su madre.
—Mami —dijo, con su voz seria—, ese hombre es mi papá, ¿verdad?
Violeta sintió que el corazón se le rompía. —¿Por qué dices eso, mi amor?
—Porque me miró igual que me miras tú cuando me quieres abrazar —respondió Salvatore, con una lógica que aterraba—. Y porque tengo sus ojos. Los vi en el espejo del coche.
Violeta cerró los ojos y sintió que las lágrimas comenzaban a formarse. No podía mentirle. No podía seguir mintiéndole.
—Sí —susurró, y su voz se quebró—. Sí, Sal. Ese hombre es tu papá.
Salvatore asintió lentamente, procesando la información. Y luego, con su sabiduría infantil, preguntó:
—¿Y por qué no vive con nosotros?
Violeta no supo qué responder. Solo abrazó a su hijo con todas sus fuerzas, sintiendo que el mundo se derrumbaba a su alrededor.
Y en su corazón, una pregunta resonaba con fuerza: ¿cómo iba a proteger a su hijo de un hombre que estaba dispuesto a todo para recuperarlo?
ella es excelente escritora