Sabina Montenegro, una joven viuda que guarda muchos secretos y todos hablan mal a sus espaldas. Ernesto Montenegro, el sobrino de su difunto esposo llega, a diferencia de los otros, no viene a quitarle la herencia, viene por la verdad y se topa con secretos muy duros sobre Sabina y no puede evitar que algo más florezca entre ellos.
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Capítulo 14 Doña Dolores y su sonrisa falsa
El aserradero de don Justino era un galerón de madera al final del pueblo, junto al arroyo que bajaba de la montaña.
El olor a pino recién cortado flotaba en el aire, mezclado con el del aserrín mojado y el de los caballos atados a los postes.
Doña Dolores, la esposa de don Justino, salió a recibirlos con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
Era una mujer flaca, de cara afilada y manos huesudas, que siempre vestía de colores oscuros aunque no estuviera de luto.
El negocio de su marido estaba en crisis desde que el aserradero grande del distrito había bajado los precios, y la única razón por la que no habían quebrado era porque Sabina Montenegro les compraba la madera para la finca.
—Señora Montenegro —dijo doña Dolores, inclinando la cabeza con una reverencia que parecía dolerle—. Qué honor recibirla.
—Doña Dolores —respondió Sabina, bajando de la carreta sin ayuda—. Vine por el pedido de la semana pasada. Veinte tablones de pino, diez de roble y los listones que encargué para las reparaciones de la cochera.
—Sí, sí, ya están listos. Mi esposo los tiene en el depósito.
Los ojos de doña Dolores se desviaron hacia Ernesto, que se había quedado junto a la carreta, con las manos en los bolsillos y el sombrero calado.
La mujer lo escaneó de arriba abajo, evaluando su ropa, su postura, la forma en que miraba a Sabina.
—El hombre a su lado —dijo, como al descuido—, ¿es el sobrino de don Felipe, ¿verdad?
Sabina la miró. Sabía perfectamente lo que doña Dolores estaba haciendo: pescando información, buscando carnada para los chismes de la tarde.
—Así es —respondió, tranquila—. Vino a ver si no estoy despilfarrando la fortuna que nunca van a poder usar.
El golpe fue tan limpio y tan seco que doña Dolores se quedó con la sonrisa congelada en el rostro. Sabina no se detuvo.
Dio media vuelta, caminó hacia el depósito y empezó a contar los tablones en voz alta, como si la otra mujer fuera invisible.
—Dieciocho, diecinueve, veinte. Todos de pino. Los de roble: uno, dos, tres… faltan siete.
—Señora, yo le aseguro que…
—No me asegure nada. Quiero mis siete tablones de roble o descuento en la factura. Usted elige.
Doña Dolores tragó en seco. Sabía que no podía permitirse perder a esa clienta. Asintió con la cabeza y salió corriendo a buscar a su esposo.
Ernesto observó la escena sin intervenir. Cuando doña Dolores se alejó, se acercó a Sabina y dijo en voz baja:
—No le tienes miedo a nadie, ¿verdad?
—El miedo se me olvidó hace mucho —respondió ella, sin levantar la vista de los listones.
—¿Y a mí? —preguntó él, con una curiosidad sincera—. ¿Me tienes miedo?
Sabina levantó la mirada y lo sostuvo durante varios segundos. El sol entraba por las rendijas del galerón y dibujaba rayas doradas en su rostro.
—Todavía no lo decido —dijo—. Pero si llegara a tenerte miedo, ya te habrías ido de la finca hace días.
Ernesto sintió un escalofrío. No era una amenaza explícita, pero la verdad es que tampoco hacía falta.
*_*
Cargaron los tablones en la carreta entre los dos. Ernesto levantaba tres de una vez mientras Sabina se encargaba de acomodarlos para que no se movieran durante el camino.
Doña Dolores los despidió desde la puerta, con la misma sonrisa falsa, pero esta vez no se atrevió a decir nada más.
El regreso fue más rápido. La yegua conocía el camino de memoria y apresuraba el paso cuando olía el establo cercano.
Sabina iba callada, repasando las cuentas en su cabeza, mientras Ernesto la observaba de reojo.
Es increíble, pensó él. Dieciocho años y ya maneja una fortuna como si hubiera nacido en ella. ¿De dónde sacó esa fuerza? ¿Esa capacidad?
No había respuesta. Pero cada día que pasaba, el misterio de Sabina Montenegro se volvía más profundo. Y él, a pesar de sí mismo, quería seguir cavando.
*_*
La carreta entró por el camino de tierra que llevaba a la casona, y Sabina supo de inmediato que algo andaba mal.
Se oían gritos. No los gritos juguetones de Abel cuando corría detrás de las gallinas, ni los regaños cariñosos de doña Alicia. Eran gritos desgarradores. Un niño llorando. Una mujer suplicando. Un hombre vociferando.
Sabina azotó las riendas. La yegua relinchó y aceleró el paso, levantando una nube de polvo.
—¿Qué está pasando? —preguntó Ernesto, poniéndose en alerta.
Ella no respondió. Ya lo sabía. Su cuerpo lo había sabido antes de verlo, antes de oírlo, como si el instinto de supervivencia que la había mantenido con vida durante todos esos años le enviara una señal de alarma.
Cuando la carreta se detuvo frente a la casona, la escena era aterradora.
Abel estaba aferrado a la falda de doña Alicia, llorando con desesperación.
La cocinera tenía la nariz ensangrentada, el labio partido y un ojo morado, pero no soltaba al niño. Frente a ella, un hombre corpulento, de brazos gruesos y cara de pocos amigos, la sostenía del cabello con una mano mientras con la otra le daba un puñetazo en el hombro.
—¡Suelta al mocoso, vieja estúpida! —gritó el hombre.
—¡No, por favor! —suplicaba doña Alicia, escupiendo sangre—. ¡El niño no tiene la culpa!
A un lado, una mujer vestida con ropa de ciudad, el cabello teñido de rubio y una expresión de superioridad mal disimulada, observaba la escena con los brazos cruzados.
Era Mercedes. La hermana mayor de Sabina.
Aunque no se parecían en nada: Mercedes era alta, de facciones duras y mirada fría; Sabina era más menuda, de rasgos finos y esa belleza que parecía fuera de lugar en un pueblo perdido.
—Mercedes —dijo con una voz que cortó el aire como un cuchillo.
Todos se volvieron.
Adri, muy buena la historia, atrapada completamente con la trama.
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