Una noche lo destruyó todo. Una trampa, una droga, un hombre que no pudo controlarse. Fernanda Arévalo perdió su pureza, su beca y su fe en el mundo a manos de Tristán Bracamonte, el heredero más poderoso —y más cruel— del país. Huyó sin mirar atrás, jurando enterrar aquella noche para siempre.
Seis años después, la vida tiene un sentido del humor perverso.
Fernanda ya no es el patito feo al que todos humillaban en la universidad. Ahora es una mujer imponente, madre soltera de un niño brillante, y acaba de ser contratada como secretaria personal del nuevo CEO del Grupo Bracamonte. El mismo hombre. La misma mirada gélida. El mismo apellido que le arrebató todo.
Pero Tristán tampoco es el mismo. Detrás de su fachada de hielo, lleva seis años buscando a la chica que desapareció sin dejar rastro, atormentado por una culpa que no lo deja dormir. Y cuando su nueva secretaria lo mira con esos ojos cristalinos que le resultan imposibles de olvidar, algo dentro de él se quiebra.
Ella finge no conocerlo. Él finge no sospechar. Pero los secretos tienen fecha de caducidad.
Mientras Fernanda lucha por mantener oculta la identidad del padre de su hijo, una mujer del pasado urde un plan siniestro para destruirla. Secuestros, traiciones empresariales, una hermana gemela que nadie sabía que existía y una red criminal que se extiende desde Ciudad de México hasta las costas de Maldivas convergen en una trama donde el amor y la venganza comparten la misma cama.
NovelToon tiene autorización de Eli Priwanti para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 18
Dentro de la suite presidencial, impregnada de un aroma masculino y lujoso, el tiempo pareció detenerse. Tristán y Fernanda se miraban a los ojos en un silencio denso. La proximidad era tal que sus respiraciones se perseguían en el aire. Un rubor fue asomándose en las mejillas de ambos, convirtiéndose en un secreto que ya no podían ocultarse el uno al otro.
—Y... no sé por qué, pero cada vez que te veo, me recuerdas a una mujer que extraño profundamente —susurró Tristán con voz queda. Su tono grave sonaba terriblemente frágil mientras sus dedos se elevaban con lentitud para acariciar con extrema delicadeza la mejilla sonrojada de Fernanda.
Aquel roce cálido en su piel le provocó un latido doloroso en el pecho. Escenas del pasado comenzaron a girar de nuevo en su memoria.
Si aquella noche maldita nunca hubiera ocurrido... Si tú nunca me hubieras acosado en la universidad, Tristán..., pensó Fernanda con los ojos comenzando a humedecerse.
En lo más profundo de su corazón, Tristán había sido en realidad el primer amor de Fernanda. Pero aquel amor sincero yacía ahora enterrado por completo, sellado bajo la vileza de Tristán en el pasado, que había dejado heridas y un trauma prácticamente imposibles de borrar en toda una vida.
Consciente de que sus emociones empezaban a descontrolarse, Fernanda desvió rápidamente la mirada hacia otro lado, rompiendo el contacto visual íntimo entre ellos.
¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!
Unos golpes en la puerta sonaron en el momento justo, disolviendo aquella tensión electrizante. Una empleada del servicio de lavandería del hotel entró con discreción, devolviendo la ropa de Fernanda, ahora limpia, planchada y perfumada.
Al ver llegar la ropa, Tristán fue asaltado por una oleada de nerviosismo descomunal al verse descubierto contemplando a su secretaria con tal intensidad. Para disimular su azoramiento, giró bruscamente dándole la espalda a Fernanda y retomó al instante su modo habitual: frío, rígido e indiferente.
—Cuando termines de cambiarte, te espero en el vestíbulo. Date prisa... porque no me gusta esperar a un subordinado —dijo Tristán con tono cortante, exhibiendo de nuevo la máscara de su arrogancia como gran jefe.
Fernanda no discutió. Tomó su ropa de manos de la empleada y se dirigió con paso rápido al baño para cambiarse. Recordando la pila de trabajo pendiente en la oficina, solo le quedó soltar un largo suspiro frente al espejo del baño.
—Hoy fue un día verdaderamente agotador... —murmuró Fernanda en voz baja, contemplando su propio reflejo, que lucía emocionalmente exhausto.
Mientras tanto, afuera del baño, Tristán se quedó inmóvil un momento. Se rascó la nuca sin que le picara, maldiciéndose a sí mismo por esos nervios que casi le habían hecho bajar la guardia frente a Fernanda. Una sonrisa tenue, casi imperceptible, se asomó en sus labios antes de encaminarse tranquilamente hacia el vestíbulo del hotel.
Mientras sus pasos recorrían el majestuoso corredor, Tristán cayó verdaderamente en la cuenta. Era en este hotel donde, seis años atrás, había ocurrido aquel episodio maldito y a la vez trascendental. El recuerdo de aquella noche ardiente jamás podría borrarlo en toda su vida. La noche en que perdió su virginidad con el patito feo, aunque en aquel entonces su cuerpo se había movido bajo el dominio de la droga que le administraron cobardemente.
Tristán se detuvo frente al elevador, con la mirada perdida en la pared de cristal que reflejaba el panorama de la ciudad.
Patito... aunque tenga que perseguirte hasta el fin del mundo, te voy a encontrar... y ojalá, en realidad, siempre hayas estado cerca de mí, pensó Tristán, cargado de esperanza.
Sin sospechar que la mujer que buscaba estaba, en ese preciso instante, abrochándose la blusa de trabajo dentro del baño que acababa de abandonar.
*
*
Al llegar a las oficinas del Grupo Bracamonte, el ambiente normalmente tranquilo del vestíbulo del piso diez se alteró ligeramente cuando se abrieron las puertas del elevador VIP. Kevin, que llevaba un buen rato esperando con una pila de documentos en las manos, se cuadró de inmediato para recibir al CEO y a su nueva secretaria.
Fernanda salió primero del elevador. Aunque su rostro denotaba cansancio, le dedicó a Kevin una sonrisa amable. Pero lo que realmente dejó petrificado a Kevin fue la escena justo detrás de ella. Tristán caminaba con desenfado y, en la comisura de sus labios firmes, se dibujaba una sonrisa discretísima, de esas que casi nunca existían.
Kevin se restregó los ojos varias veces para asegurarse de que no estaba alucinando. Tristán Bracamonte, el hombre de cara gélida y corazón de monstruo, regresaba esa tarde con una sonrisa en el rostro.
No puede ser... ¿Qué clase de milagro es este? ¡Es como si hoy el sol hubiera salido por el oeste!, pensó Kevin, absolutamente atónito, antes de apresurarse a seguir los pasos firmes de Tristán hacia el despacho principal.
El tiempo pasó volando. El gran reloj de pared en el área central del piso diez finalmente marcó las cinco de la tarde con su campanada. Uno a uno, los empleados fueron recogiendo sus cosas y retirándose. Como al día siguiente era sábado, el ambiente de salida se sentía mucho más alegre que de costumbre.
Fernanda guardó sus pertenencias en el bolso con una sensación mucho más ligera. El fin de semana había llegado, lo que significaba un respiro momentáneo de todas las actividades laborales y, más importante aún, del alcance del insoportable de Tristán.
Mientras cerraba los broches de su bolso, una sonrisa genuina iluminó el rostro hermoso de Fernanda. Ya tenía planes bien armados para el día siguiente. Quería llevar a Elián a pasear por la ciudad. Considerando que su hijo era todavía muy nuevo en esta gran metrópoli y llevaba poco tiempo viviendo allí, Elián seguramente se pondría contentísimo. Además, pronto Elián comenzaría el kínder, justo al cumplir los cinco años. Llevarlo de paseo al día siguiente era el regalo de cumpleaños especial que Fernanda le tenía prometido a su pequeño.
*
*
En otro punto de Ciudad de México, el bullicio vespertino también alcanzaba a Ignacio. El hombre de complexión fornida acababa de terminar su turno en la Fiscalía del centro de la capital. Tras cambiarse el uniforme por ropa casual pero bien arreglada, se subió a su auto y se abrió paso entre el tráfico de la ciudad.
Ese día, Ignacio tenía un plan importante. Quería recoger a una mujer hermosa a la que apenas una semana antes le había pedido que fuera su novia. A pesar de ser un agente de inteligencia policial acostumbrado a situaciones de alto riesgo, por alguna razón Ignacio siempre era presa de unos nervios terribles cada vez que se encontraba cara a cara con esta mujer.
Su auto ya estaba estacionado frente a las puertas de una gran agencia de modelos en la zona sur de la ciudad, una agencia prestigiosa que representaba a numerosos artistas y modelos de primera línea. No tuvo que esperar mucho antes de que la mujer que anhelaba ver apareciera detrás de las puertas de cristal del edificio.
—¡Mi amor! —llamó ella con una voz alegre y melodiosa.
Era Fabiana. Su largo cabello negro caía suelto con gracia, enmarcando un rostro terso y naturalmente bello sin necesidad de maquillaje excesivo. Al ver a Ignacio, Fabiana agitó la mano con entusiasmo.
—¡Fabi... hola! —respondió Ignacio devolviendo el saludo, tratando de disimular los latidos acelerados de su corazón.
Fabiana, cuya personalidad era naturalmente cariñosa y desbordaba un nivel alarmante de enamoramiento por su apuesto policía, salió corriendo a abrazarse con fuerza al cuerpo fornido de Ignacio en cuanto estuvieron cerca. Ignacio se sobresaltó un instante ante el ataque sorpresivo de aquel abrazo, pero un segundo después una sensación cálida y grata le recorrió el pecho. Correspondió el abrazo de Fabiana con ternura.
Tras soltar el abrazo, Fabiana alzó la mirada hacia Ignacio con ojos brillantes y llenos de ilusión. —Oye, mi amor, ¿estás libre esta tarde? ¿Me acompañas un momento a comprar un regalo de cumpleaños para el hijo de mi amiga?
Ignacio sonrió con dulzura; los nervios se fueron disolviendo, sustituidos por la ternura que le provocaban los gestos mimosos de Fabiana. —Claro que sí, princesa. A donde quieras ir, te llevo sana y salva.
—¡Ay, gracias, mi amor! —exclamó Fabiana, radiante.
De manera espontánea, Fabiana se puso de puntillas y le plantó un beso en la mejilla izquierda a Ignacio. Ante semejante gesto de atrevimiento en plena vía pública, el rostro de Ignacio se encendió como un tomate. El agente de inteligencia, normalmente rudo e imperturbable, quedó paralizado, balbuciente, rascándose la nuca sin que le picara, mientras le abría la puerta del auto a su amada con una sonrisa tiesa.
Continuará...