NovelToon NovelToon
Casada con el capitán que odiaba

Casada con el capitán que odiaba

Status: En proceso
Popularitas:73
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

Durante diez años, Nina Salcedo creyó estar enamorada del hombre equivocado.
Cuando su socia desaparece y la deja con una deuda de nueve millones de pesos, la única salida llega de la persona que menos esperaba: Santiago Reverte, un capitán de aerolínea frío, arrogante y experto en hacerla perder la paciencia.
El trato parece sencillo: un matrimonio por contrato. Él resolverá sus problemas económicos y ella le dará la esposa que necesita para cumplir con las exigencias de su familia. Sin amor. Sin preguntas. Sin sentimientos de por medio.
Pero Santiago conoce su café favorito, cuida de su abuela a escondidas y siempre aparece cuando ella corre peligro. Mientras tanto, Julián, el amor de toda su juventud, regresa dispuesto a recuperarla y obliga a Nina a cuestionar cada recuerdo que creía verdadero.
Las notas anónimas, los regalos, la bufanda azul y aquel misterioso chico que la protegía en silencio quizá nunca tuvieron nada que ver con Julián.
Porque Santiago no empezó a amarla después de la boda.
Lleva diez años haciéndolo en secreto.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4

...Nina....

Julián, tú—

La frase se me murió en la boca. Porque los ojos que me miraban no eran los de Julián.

Santiago tenía la mano suspendida a centímetros de mi cara, el gotero de las gotas todavía entre sus dedos, y algo en su expresión acababa de romperse. Fue rápido —como una grieta en un vidrio que aparece y se expande antes de que puedas tocarla. Me di cuenta de lo que había dicho y el aire se me trabó en la garganta.

—Yo... no quise...

No terminé. Él bajó la mano despacio, cerró el frasco de gotas y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta con una precisión quirúrgica. Cada movimiento medido, controlado, como si estuviera ejecutando una lista de procedimientos prevuelo en la cabina.

—Tienes el lente principal en la cornisa —dijo. Voz plana. Sin inflexión.

—¿Qué?

—Tu equipo. Lo dejaste esparcido cuando empezó la lluvia.

Se bajó de la camioneta. Cerró la puerta sin azotarla —Santiago nunca azotaba puertas, nunca levantaba la voz, nunca hacía nada que delatara lo que pasaba adentro— y caminó hacia la cornisa donde yo había abandonado todo cuando Lorena me empujó.

Lo vi desde el parabrisas empañado. La lluvia seguía cayendo fuerte y él recogía mis cosas pieza por pieza: el trípode, la GoPro, las baterías sueltas, el estuche del dron. Se agachó a juntar la bolsa de filtros que se había volado con el viento. Se tomó el tiempo de sacudir el lodo del arnés antes de enrollarlo. Todo metódico. Todo en silencio. La camisa empapada pegada a la espalda.

Quise bajarme. Quise decirle que yo podía, que no tenía que hacer eso. Pero mis piernas no respondían y en algún lugar muy hondo de mi pecho algo pesaba demasiado.

Volvió con los brazos cargados, abrió la cajuela y acomodó cada cosa con cuidado. Escuché el cierre de la mochila. El click del maletero al cerrarse.

Cuando regresó al asiento del conductor, traía el pelo pegado a la frente y gotas resbalándole por el cuello. No me miró. Encendió el motor.

—Nina.

La voz venía de afuera de la camioneta, del lado de mi ventana. Julián. Tenía una chamarra oscura sobre los hombros y el pelo mojado, la guitarra guardada quién sabe dónde, y esa sonrisa suya que siempre me desarmaba.

Toqué el botón para bajar el cristal.

—Toma, ponte esto. Estás temblando.

Me extendió la chamarra por la ventana. Olía a lluvia y a ese perfume dulce que siempre usaba. Antes de que pudiera tomarla, Santiago habló sin girar la cabeza.

—Ella es mi esposa. ¿Quieres llevarla tú?

Las mismas palabras que en el mirador, pero ahora sonaban distintas. Más filosas. Más gastadas, como si repetirlas le costara algo.

Julián sostuvo la chamarra en el aire un segundo más. Me miró a mí, esperando.

—Estoy bien —dije—. Gracias, Juli, pero estoy bien.

Subí el cristal. Julián se quedó afuera con la chamarra colgando de la mano y una expresión que no le había visto antes —algo entre confusión y algo más que no quise analizar. Santiago puso primera y la camioneta avanzó.

Caminé tres pasos hacia la camioneta para buscar mi botella de agua en el asiento trasero y mi pie izquierdo resbaló sobre una piedra cubierta de musgo. Todo se fue. El tobillo, el equilibrio, el suelo.

Un brazo me agarró por la cintura antes de que cayera. Firme, rápido, sin dudar. Santiago me sostuvo contra su costado y sentí su cuerpo entero mojado y frío a través de la ropa, pero su agarre era sólido, inamovible.

—¿Por qué no contestaste mi mensaje? —dijo cerca de mi oído. Bajo. Sin alterarse.

—¿Cuál mensaje?

—El de WhatsApp. Te escribí dos veces cuando vi que el clima iba a empeorar. No contestaste ninguna.

Tragué saliva. Había visto las notificaciones cuando empezó a llover, justo antes de que Lorena apareciera. Santiago Reverte. Dos mensajes. Los ignoré porque estaba ocupada, porque siempre los ignoraba, porque contestarle a Santiago no estaba en mi lista de prioridades.

—Estaba filmando —murmuré.

No dijo nada más. Me levantó. Así, sin pedir permiso, sin avisarme, un brazo bajo mis rodillas y otro en mi espalda, y caminó conmigo hacia la camioneta como si pesara lo mismo que la mochila del equipo. Quise protestar pero algo en su mandíbula apretada me dijo que no era el momento.

Me dejó en el asiento del copiloto. Me abrochó el cinturón. Cerró la puerta.

La lluvia golpeaba el techo de la camioneta con un ritmo constante y casi hipnótico. El interior olía a café —Santiago siempre tenía un vaso térmico en el portavasos— mezclado con algo más frío, más oscuro. Cedro. Abeto. Su colonia, la que nunca cambiaba.

No hablamos durante veinte minutos.

Yo miraba las gotas resbalar por mi ventana, tratando de armar una frase que no sonara estúpida. "Perdón por decir el nombre de otro." "No quise decir lo que dije." "Es que en la prepa alguien me ponía gotas en los ojos cuando me quedaba dormida estudiando y siempre pensé que era Julián." Todas sonaban peor en mi cabeza.

Santiago condujo hasta una tienda de ropa deportiva en la carretera. Estacionó, se bajó, entró. Volvió cinco minutos después con una bolsa. Pantalón de algodón, sudadera gris, un par de calcetines.

—Cámbiate —dijo, y me pasó la bolsa sin mirarme.

Me cambié en el asiento de atrás con la camioneta estacionada y los vidrios polarizados como único vestidor. La ropa era de mi talla. No pregunté cómo sabía mi talla.

Después me llevó a cenar a un restaurante pequeño cerca de la autopista. Pidió por los dos —sopa, algo caliente, agua mineral. Comimos en silencio. Le vi la cara bajo la luz cálida del local: inexpresiva, ausente, como si estuviera calculando la ruta de un vuelo transatlántico en su cabeza. Solo que yo sabía que no estaba pensando en vuelos.

Quise tocarle la mano sobre la mesa. No lo hice.

Llegamos a la casa pasadas las diez. Me dolía todo el cuerpo —la pelea con Lorena, la lluvia, el resbalón. Cuando Santiago se quitó la chaqueta en la entrada, un papel se le cayó del bolsillo interior. Lo recogí por instinto antes de que lo pisara.

Era un recibo médico. Del Hospital Ángeles. Fecha de hoy. Y el nombre del paciente decía: Dolores Medina de Salcedo.

Abuelita.

—¿Qué es esto? —pregunté, sosteniendo el papel.

Santiago se volteó. Vio el recibo en mi mano. Por primera vez en toda la noche algo se movió en su cara —algo fugaz, como si lo hubieran descubierto haciendo algo que no debía.

—Se le cayó a Doña Marta —dijo—. Lo iba a poner en la cocina.

Mentira. Yo conocía a Doña Marta. Doña Marta no iba al Hospital Ángeles. Doña Marta no tenía nada que ver con mi abuelita.

Iba a insistir pero Santiago dio un paso hacia mí y me quitó el papel de los dedos con suavidad.

—Estás helada —dijo. Su voz cambió. Solo un grado. Solo lo suficiente para que algo dentro de mi pecho se apretara—. Ven.

No sé cómo describir lo que pasó después sin que suene a excusa.

Estábamos casados. Teníamos un acuerdo, un contrato, una conveniencia, pero también teníamos eso —lo que pasaba a veces cuando la casa estaba oscura y el silencio pesaba demasiado y su mano encontraba mi cintura con esa autoridad callada que me quitaba la capacidad de pensar.

Santiago en la oscuridad era distinto al Santiago del día. Sus manos perdían la contención. Su boca encontraba los rincones de mi cuello como si los tuviera memorizados. Me tocaba como si tuviera miedo de que me fuera a desvanecer, con una intensidad desesperada que no le cabía en el cuerpo —y yo cerraba los ojos y me dejaba llevar porque cuando él me tocaba así, todo lo demás desaparecía.

Pero mis ojos estaban cerrados. Y en la oscuridad, detrás de mis párpados, había otro rostro.

—Juli...

Lo dije sin pensar. Un susurro que apenas tuvo volumen. Pero en ese silencio un susurro es una bomba.

Santiago se detuvo. Un segundo. Medio segundo. Sentí cada uno de sus músculos tensarse contra los míos —una rigidez absoluta, como metal enfriándose.

Después siguió. Como si no hubiera escuchado nada. Pero la diferencia estaba en sus manos, que ya no me acariciaban sino que me sostenían, como si en vez de amarme estuviera aferrándose a algo que se hundía.

Cuando terminó, se quedó quieto. Su respiración contra mi cuello, pesada, irregular. Yo abrí los ojos y lo vi de perfil en la penumbra —la mandíbula apretada, los ojos fijos en la pared detrás de mí.

—Santiago...

Se levantó. Se puso los pantalones sin prisa, sin torpeza, con esa eficiencia suya que a veces me daba escalofríos. Recogió su camisa del piso.

—Duerme —dijo desde la puerta—. Mañana tienes que editar el material.

Escuché sus pasos subir la escalera hacia su cuarto. Cada escalón un golpe seco contra la madera. Después el click de su puerta al cerrarse.

Me quedé acostada en la cama mirando el techo. El cuerpo todavía tibio, el pecho todavía agitado, y una vergüenza que me subió por la garganta como bilis.

Había dicho su nombre. El nombre de Julián. En la cama con mi esposo.

Me cubrí la cara con las dos manos y me quedé así, odiándome, hasta que sonó el teléfono.

Abuelita.

—Mija, ¿estás dormida?

—No, Abu. ¿Cómo estás? ¿Cómo sigue tu cadera?

—Ay, la cadera. Ya ni me acuerdo. Oye, quería decirte —ese muchacho tuyo vino hoy al hospital.

Me senté en la cama.

—¿Qué muchacho?

—Tu esposo, mija. El alto. ¿Cómo se llama? Santiago. Vino en la mañana, estuvo toda la tarde. Me llevó esos mangos que me gustan, los que vienen en la caja bonita. Y habló con el doctor —le cambió las enfermeras, ¿sabías? Ahora tengo dos. Dos enfermeras, Nina. Como si fuera presidenta.

—Abu, ¿Santiago estuvo ahí todo el día?

—Todo el santo día. Le dije que se fuera, que tenía cosas que hacer, pero se sentó en esa silla horrible de plástico y se quedó viendo su teléfono callado como una tumba. Igualito que tu abuelo, que en paz descanse —presente pero sin hacer ruido. Me caía bien tu abuelo, mija. Este muchacho se le parece.

Se me cerró la garganta.

Santiago había cambiado turno. Yo pensé que fue para vigilarme en Cerro Sur, para controlarme, para asegurarse de que no estuviera con Julián. Pero había ido a ver a mi abuelita al hospital. Había pasado el día entero ahí. Después condujo hasta Cerro Sur bajo la lluvia, me recogió, me secó los ojos, me compró ropa, me dio de cenar.

Y yo le dije el nombre de otro en la cama.

—Mija, ¿sigues ahí?

—Sí, Abu. Sigo aquí.

—Cuídamelo, ¿eh? Ese es de los buenos. Que no se te vaya.

Colgué y me quedé sentada en el borde de la cama. La casa estaba en silencio. Arriba, detrás de la puerta cerrada, Santiago no hacía ningún ruido.

Me levanté y caminé descalza hasta el ventanal de la sala. Desde ahí se veía su balcón en el segundo piso. La luz estaba apagada pero la punta de un cigarro brillaba en la oscuridad —un punto naranja, pequeño, intermitente.

Estaba despierto.

Estaba ahí arriba, solo, fumando en silencio después de lo que le hice.

Me quedé mirando ese punto naranja hasta que se me nublaron los ojos. Después volví a la cama y enterré la cara en la almohada que todavía olía a cedro.

...Santi....

El cigarro me quemó los dedos y lo apagué contra el barandal.

Abajo, la luz de la sala se apagó. Nina debía haber vuelto a la cama. Desde el balcón alcanzaba a ver la ventana de su cuarto —la cortina entreabierta, la silueta de las sábanas revueltas, su brazo pálido sobre la almohada.

Juli.

Una sílaba. Dos letras. Suficientes para vaciarme por dentro.

Saqué otro cigarro y lo prendí con manos que no me temblaban. Las manos nunca me temblaban. Podía aterrizar un A330 con viento cruzado de cuarenta nudos y las manos firmes en los controles. Podía recibir una alerta de motor en pleno Atlántico y ejecutar cada procedimiento con la calma que exigía el manual. Pero escuchar ese nombre en su boca, en ese momento, mientras la sentía contra mí —eso sí me partió algo que no sé reparar.

El celular vibró. Marcos.

"¿Cómo va la vida de casado, capitán?"

Miré el mensaje. Miré la ventana de Nina. Miré el cielo negro sin estrellas.

"Tengo días libres. Vamos a entrenar."

La respuesta tardó diez segundos.

"¿Otra vez el tal Julián?"

Marcos me conocía demasiado bien. Marcos, que fue el único en mi despedida de soltero que no me felicitó sino que me agarró del hombro y me dijo: "Hermano, ¿estás seguro de que esto no te va a destruir?"

Estaba seguro. Seguro de que sí.

"Mañana a las seis. Ring de Polanco."

"Voy. Pero un día vas a tener que dejar de romperte la cara cada vez que esa mujer te rompe otra cosa."

Guardé el teléfono. Me recargué en el barandal y miré hacia abajo. La cortina de Nina se movió con el viento y la vi —acostada de lado, el pelo oscuro sobre la almohada blanca, las piernas recogidas, dormida o fingiendo dormir.

Todas las noches hacía lo mismo. Me paraba en este balcón y la miraba. A veces cinco minutos, a veces una hora. Sabía cada posición en que dormía —de lado cuando estaba tranquila, boca arriba cuando algo le preocupaba, hecha un ovillo cuando extrañaba a su abuelita. Sabía que a veces hablaba dormida y que las palabras nunca eran para mí.

Era patético. Lo sabía. Un hombre de treinta años parado en la oscuridad mirando a su propia esposa como si fuera algo que no le pertenecía, algo que solo podía ver de lejos, a escondidas, robándose pedazos de una intimidad que ella nunca le daría por voluntad propia.

Y aun así no podía dejar de hacerlo. Cada noche volvía al balcón. Cada noche me fumaba los mismos cigarros mirándola dormir. Cada noche me decía que mañana dejaría de sentir esto y cada mañana despertaba y lo primero que buscaba era el sonido de sus pasos en la cocina, el olor de su shampoo cítrico flotando por la escalera, cualquier migaja de su presencia que pudiera guardarme.

La adicción más silenciosa del mundo. Sin sustancia, sin aguja, sin botella. Solo ella. Solo esa mujer que llevaba mi apellido y el corazón de otro.

Apagué el segundo cigarro. Me metí al cuarto y cerré la puerta del balcón.

Puse la alarma a las cinco. A las seis tenía que estar en el ring dejando que Marcos me reventara la cara para sentir un dolor que sí tuviera sentido. Después me daría una ducha, me pondría el uniforme, y bajaría a preparar café como si nada. Y cuando Nina apareciera despeinada en la cocina, le diría buenos días con la voz de siempre, y ella contestaría sin mirarme, y todo seguiría exactamente igual.

Porque así funcionaba esto. Así funcionaba amarla.

Me acosté en la cama y me quedé viendo el techo. Arriba no había goteras. Arriba todo estaba seco, ordenado, perfecto. El cuarto de un piloto que mantenía cada cosa en su lugar.

Lo único fuera de lugar era yo.

—————————————————————————————————

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play