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Entre Dimensiones Y Destino.

Entre Dimensiones Y Destino.

Status: En proceso
Genre:Viaje a un mundo de fantasía / Mundo de fantasía / Aventura
Popularitas:128
Nilai: 5
nombre de autor: Rosearia

En un mundo donde la magia determina el valor de una persona, Eryan ha aprendido desde pequeño que sobrevivir es más importante que vivir.
Abandonado cuando apenas era un bebé, terminó en el Orfanato Santa Lucía, un lugar que aparentaba proteger a niños sin familia. Pero detrás de sus enormes puertas se escondía una realidad mucho más cruel: los niños eran vendidos como esclavos a nobles, mercenarios y organizaciones clandestinas.
Eryan creció entre golpes, hambre, miedo y trabajos que ningún niño debería conocer.
Sin embargo, desde que tiene memoria, hay algo extraño en él.
Cuando siente miedo, las sombras se mueven.
Cuando se enfada, el espacio parece romperse.
Y algunas noches escucha una voz que le susurra:
«Este mundo no es tu hogar.»
A los diez años, Eryan descubre accidentalmente un secreto que cambiará su vida para siempre.
Existen otras dimensiones.
Durante años creyó que el mundo en el que vivía era el único que existía. Ahora sabe que hay incontables mundos....

NovelToon tiene autorización de Rosearia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1 — Bajo un cielo desconocido

La lluvia había comenzado durante la madrugada.

Golpeaba suavemente los cristales de las ventanas del dormitorio, formando pequeñas gotas que descendían lentamente por el vidrio hasta desaparecer en el marco de madera.

Eryan abrió los ojos.

Durante unos segundos permaneció completamente quieto, mirando el techo oscuro sobre su cabeza.

No recordaba haber soñado.

Eso era bueno.

Los sueños eran algo extraño para él. Algunas noches soñaba con lugares que no conocía, ciudades iluminadas por luces de colores, enormes montañas suspendidas en el cielo o extensos campos cubiertos de flores azules. En otras ocasiones soñaba con alguien llamándolo por su nombre desde muy lejos.

Nunca conseguía ver el rostro de aquella persona.

Solo escuchaba su voz.

Y siempre despertaba antes de descubrir quién era.

Aquella mañana, sin embargo, no había soñado con nada.

Solo estaba la lluvia.

Eryan giró lentamente la cabeza.

A su alrededor había nueve camas más.

El dormitorio era amplio, aunque las paredes de piedra y el techo bajo hacían que pareciera mucho más pequeño. Las camas estaban colocadas en dos filas, cinco a cada lado, dejando un estrecho espacio en el centro.

Las mantas eran viejas.

Los colchones, demasiado finos.

Y durante el invierno, el frío se filtraba por las ventanas incluso cuando estaban cerradas.

Eryan tenía diez años y ya estaba acostumbrado.

Se incorporó.

Su cabello negro, que había crecido demasiado durante los últimos meses, cayó sobre sus ojos. Intentó apartarlo con una mano, pero algunos mechones volvieron a caer inmediatamente.

—Qué fastidio...

Murmuró tan bajo que nadie pudo escucharlo.

Se sentó en el borde de la cama.

Era un niño delgado, quizá demasiado delgado para su edad. Sus brazos no tenían mucha fuerza y sus hombros eran estrechos. La alimentación del orfanato nunca era suficiente, especialmente para los niños que realizaban trabajos pesados.

Su piel estaba ligeramente pálida por pasar gran parte del tiempo dentro del edificio.

Pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos.

Eran de un tono violeta oscuro.

No eran completamente morados, como algunas piedras preciosas que había visto en libros. Parecían más bien negros a primera vista, pero cuando la luz los alcanzaba podían verse pequeños reflejos violetas.

Eryan nunca había sabido por qué los tenía así.

Nadie se lo había explicado.

Cuando era pequeño había preguntado una vez.

La respuesta de la cuidadora había sido sencilla.

—Naciste así.

Y eso había sido todo.

Eryan no tenía muchos recuerdos de su nacimiento.

En realidad, no tenía ninguno.

Según los registros del orfanato, había llegado allí siendo apenas un bebé.

No había información sobre sus padres.

No había familia que lo reclamara.

No había una casa a la que regresar.

Santa Lucía era todo lo que conocía.

Y aunque a veces se preguntaba qué había existido antes de aquel lugar, había aprendido a no pensar demasiado en ello.

Pensar en cosas que no podía cambiar no servía de nada.

Se levantó.

El suelo estaba frío.

Buscó sus zapatos debajo de la cama y se los puso.

Uno tenía una pequeña grieta en la suela.

El otro pertenecía originalmente a otro niño.

No le quedaban perfectamente, pero funcionaban.

Mientras terminaba de atarse los cordones, alguien se movió en la cama de enfrente.

—¿Ya estás despierto?

Eryan levantó la mirada.

Una niña lo observaba medio escondida bajo la manta.

Tenía el cabello castaño y dos pequeñas trenzas.

—Sí.

—¿Qué hora es?

—Todavía no ha sonado la campana.

La niña suspiró aliviada.

—Entonces puedo dormir cinco minutos más.

Eryan sonrió ligeramente.

—Dijiste eso ayer.

—Y funcionó.

—Casi te castigan.

—Pero no lo hicieron.

La niña se llamaba Lina.

Tenía nueve años y era probablemente la única persona en el orfanato a la que Eryan consideraba una verdadera amiga.

No sabía cuánto tiempo llevaban conociéndose.

Quizá desde siempre.

En Santa Lucía, las amistades eran extrañas.

Los niños llegaban.

Los niños se iban.

Algunos permanecían durante años.

Otros desaparecían después de unas pocas semanas.

Eryan había aprendido a no preguntar demasiado cuando alguien dejaba de aparecer.

Aunque no siempre lo conseguía.

Se acercó a la ventana.

La abrió ligeramente.

Un aire frío entró inmediatamente.

La lluvia había disminuido.

Afuera, el cielo comenzaba a aclararse.

La ciudad de Arven se extendía más allá de los muros del orfanato.

Era una ciudad pequeña, aunque para Eryan siempre había parecido enorme.

Las casas de piedra se agrupaban alrededor de las calles principales. Algunas tenían tejados rojos, otras oscuros, cubiertos de musgo. Las chimeneas comenzaban a expulsar humo mientras las primeras personas salían de sus hogares.

Más lejos se alzaban las montañas.

Durante los días despejados podían verse perfectamente.

Aquella mañana solo eran siluetas grises detrás de la niebla.

Sobre ellas, casi ocultas por las nubes, podían verse dos pequeñas lunas.

Una era plateada.

La otra tenía un tono azulado.

Todavía permanecían en el cielo aunque el amanecer ya comenzaba a iluminar el horizonte.

Eryan las observó durante unos segundos.

Desde que tenía memoria había visto aquellas dos lunas.

Para él eran tan normales como el sol.

—¿Qué miras?

Lina ya estaba de pie.

—Las lunas.

—Siempre haces eso.

—¿Qué cosa?

—Mirarlas.

Eryan se encogió de hombros.

—Son bonitas.

Lina se acercó a la ventana.

—Mi madre decía que la luna azul protege a los niños.

Eryan la miró.

—¿Tu madre?

Lina guardó silencio.

Por un instante pareció arrepentirse de haberlo mencionado.

—Antes de venir aquí —dijo finalmente—. Ella me lo decía.

Eryan no preguntó más.

Había aprendido que algunos recuerdos dolían.

Y que no siempre era necesario conocerlos.

La campana sonó.

Dong.

Los dos se sobresaltaron.

Después llegó una segunda campanada.

Dong.

Los demás niños comenzaron a levantarse.

—Cinco minutos —murmuró Lina.

—Ya no.

—Solo uno.

—Lina.

—Está bien.

La niña hizo una mueca.

Ambos salieron de la habitación.

El pasillo estaba lleno de niños.

Algunos corrían.

Otros caminaban lentamente.

Los cuidadores vigilaban desde las esquinas.

El Orfanato Santa Lucía tenía tres pisos.

Los dormitorios ocupaban principalmente el segundo y tercer nivel.

En la planta baja estaban el comedor, la cocina, las oficinas y algunas salas utilizadas para las clases.

El edificio tenía más de cien años.

Eryan lo sabía porque había encontrado aquella información en uno de los libros de la pequeña biblioteca.

Había pertenecido originalmente a una familia noble.

Después de una guerra, el edificio fue abandonado.

Décadas más tarde se convirtió en un orfanato.

Al menos eso decía la historia oficial.

Eryan nunca había entendido por qué un edificio tan grande era necesario para cuidar a unos cincuenta niños.

Tampoco entendía por qué había tantas habitaciones cerradas.

Pero esas eran preguntas que prefería guardar para sí mismo.

Llegaron al comedor.

El olor a pan caliente llenaba el lugar.

Eryan sintió hambre inmediatamente.

Sobre las mesas había cuencos con una sopa espesa de verduras y un pequeño trozo de pan para cada niño.

No era un desayuno abundante.

Pero era comida.

Y eso era suficiente.

Eryan se sentó junto a Lina.

Antes de tocar su pan, miró alrededor.

Los niños hablaban en voz baja.

Un grupo de pequeños discutía sobre quién había recibido el trozo más grande.

Dos hermanos compartían una cuchara porque una de ellas se había roto.

En una esquina, un niño llamado Tomas tenía la cabeza apoyada sobre la mesa.

Parecía enfermo.

Eryan lo observó.

—¿Estás bien?

Tomas levantó la cabeza.

—Sí.

—Estás pálido.

—No tengo nada.

Eryan quería insistir, pero una voz interrumpió la conversación.

—Silencio.

Todos callaron.

La directora había entrado.

Madame Elira era una mujer de unos cincuenta años.

Siempre vestía de negro.

Su cabello oscuro estaba recogido en un moño perfecto y jamás parecía tener un solo mechón fuera de lugar.

Llevaba un pequeño manojo de llaves en la cintura.

Eryan había contado las llaves muchas veces.

Doce.

Aunque sospechaba que algunas puertas tenían cerraduras que no utilizaban esas llaves.

Elira caminó lentamente entre las mesas.

—Hoy recibiremos una visita.

Los niños comenzaron a murmurar.

La directora golpeó la mesa con una mano.

—Silencio.

Todos obedecieron.

—Una familia importante de la ciudad vendrá esta tarde. Quiero que todos se comporten correctamente.

Eryan bajó la mirada.

Aquello era normal.

A veces familias adineradas visitaban el orfanato.

Elegían niños.

Eryan nunca había entendido por qué algunos niños estaban tan emocionados cuando eso ocurría.

Quizá porque él nunca había sido elegido.

Algunos niños pensaban que era extraño.

Otros decían que tenía mala suerte.

Eryan no sabía qué pensar.

La directora se detuvo junto a él.

—Eryan.

Él levantó la cabeza.

—Sí, señora.

—Después del desayuno llevarás las cajas del almacén a la cocina.

—Sí, señora.

—Después ayudarás a limpiar el patio.

Eryan asintió.

—Sí, señora.

La directora continuó caminando.

Lina esperó hasta que se alejara.

—Otra vez te dio trabajo extra.

—No importa.

—Siempre dices eso.

Eryan comenzó a comer.

—Porque discutir no cambia nada.

Lina lo miró.

—Algún día te irás de aquí.

Eryan se detuvo.

—¿A dónde?

—A cualquier lugar.

—No conozco ningún lugar.

—Entonces conocerás uno.

Eryan sonrió.

—¿Y tú?

—Yo iré contigo.

Él la miró durante unos segundos.

—Está bien.

No sabía si algún día ocurriría.

Pero aquella promesa le gustaba.

---

Después del desayuno comenzó el trabajo.

La mañana transcurrió lentamente.

Eryan cargó cajas, limpió mesas y llevó cubos de agua.

La lluvia había dejado el patio cubierto de barro.

Cuando terminó, sus zapatos estaban completamente mojados.

Aun así, nadie le permitió cambiarse.

El invierno todavía estaba lejos, pero las mañanas en Arven eran frías.

Eryan regresó al edificio.

Al pasar por el pasillo que conducía hacia la parte trasera, escuchó una conversación.

Dos hombres hablaban en voz baja.

Eryan se detuvo.

No podía verlos.

Solo escuchaba sus voces.

—¿Esta noche?

—No. Mañana.

—¿Y los seis?

—Estarán preparados.

Eryan frunció el ceño.

Los hombres continuaron hablando.

—El comprador quiere verlos antes de llevárselos.

—Entonces que los vea.

Eryan sintió un extraño nudo en el estómago.

No entendía de qué hablaban.

Retrocedió antes de que pudieran descubrirlo.

Siguió caminando.

Pero aquella conversación quedó grabada en su cabeza.

Los seis.

¿Seis qué?

No lo sabía.

Y no pensaba preguntar.

---

Al mediodía volvió a llover.

Eryan estaba sentado junto a una de las ventanas del segundo piso.

Tenía una pequeña herida en la palma de la mano.

Se la había hecho cargando una caja.

Lina estaba sentada a su lado.

—Déjame verla.

—No es nada.

—Eryan.

—Estoy bien.

—Siempre dices eso.

Ella tomó un pequeño trozo de tela y envolvió su mano.

—Gracias.

—De nada.

Los dos observaron la lluvia.

Durante unos minutos no hablaron.

Entonces Eryan preguntó:

—¿Alguna vez has pensado en salir de aquí?

Lina lo miró.

—Todos los días.

—No me refiero a que te adopten.

—Entonces, ¿a qué?

—A irnos.

Lina abrió los ojos.

—¿Escapar?

Eryan asintió.

Ella miró alrededor antes de responder.

—No podemos.

—¿Por qué?

—Hay guardias.

—Podemos esperar a que duerman.

—Las puertas tienen cerraduras.

—Podemos conseguir llaves.

—¿Y después?

Eryan no respondió.

Lina tenía razón.

Incluso si lograban salir del edificio, no sabían dónde ir.

No tenían dinero.

No tenían familia.

No tenían un lugar al que acudir.

La ciudad podía ser tan peligrosa como el orfanato.

Eryan apoyó la frente contra el cristal.

Estaba frío.

—Entonces algún día seré fuerte.

Lina soltó una pequeña risa.

—¿Fuerte?

—Sí.

—¿Para qué?

Eryan observó las montañas.

—Para que nadie pueda obligarme a quedarme.

Lina dejó de reír.

—Entonces yo también seré fuerte.

Eryan la miró.

—Tú no sabes pelear.

—Aprenderé.

—No sabes correr.

—Eso es mentira.

—Ayer te caíste.

—Porque tú me empujaste.

—Fue accidental.

—Mentiroso.

Los dos rieron.

Durante unos segundos olvidaron dónde estaban.

Olvidaron el hambre.

El frío.

El trabajo.

Las puertas cerradas.

Fue uno de esos momentos pequeños que Eryan guardaría para siempre sin saberlo.

---

Aquella tarde, la familia que la directora había mencionado llegó.

Tres carruajes negros se detuvieron frente al orfanato.

Eryan los observó desde una ventana.

Los carruajes llevaban un símbolo dorado en las puertas.

No reconocía el escudo.

Varios adultos entraron al edificio.

Los cuidadores comenzaron a arreglar a los niños.

Los pequeños recibieron ropa limpia.

Las habitaciones fueron ordenadas.

Incluso sirvieron una comida ligeramente mejor de lo habitual.

Eryan encontró aquello extraño.

Si realmente querían que una familia viera cómo vivían, ¿por qué cambiarlo todo?

No tuvo tiempo de pensarlo.

La directora apareció.

—Eryan.

—Sí.

—Ve al almacén y trae seis mantas.

—Ahora mismo.

Eryan obedeció.

El almacén se encontraba al final de un pasillo poco utilizado.

Era un lugar oscuro y húmedo.

Entró.

Encontró las mantas.

Pero mientras las recogía escuchó un ruido.

No venía del pasillo.

Venía del suelo.

Eryan se quedó quieto.

Toc.

Un golpe.

Esperó.

Toc. Toc.

Tres golpes.

Eryan miró hacia abajo.

El suelo era de piedra.

No había nada extraño.

Entonces escuchó una voz.

Muy débil.

—¿Hay alguien ahí?

Eryan sintió que el corazón se le detenía.

Era la voz de un niño.

No sabía quién era.

Pero estaba debajo de él.

Eryan dejó lentamente las mantas.

Se arrodilló.

Apoyó una mano sobre la piedra.

—¿Me escuchas?

Silencio.

Después:

—Sí.

Eryan tragó saliva.

—¿Dónde estás?

—Abajo.

—¿En el sótano?

No hubo respuesta inmediata.

Finalmente el niño susurró:

—No dejes que me lleven.

Eryan sintió miedo.

Un miedo diferente al habitual.

—¿Quién eres?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Me dijeron que mi nombre no importa.

Eryan se quedó mirando el suelo.

No comprendía.

Antes de poder hacer otra pregunta, escuchó pasos.

Alguien se acercaba.

Eryan recogió rápidamente las mantas.

La puerta del almacén se abrió.

Era una cuidadora.

—¿Qué haces aquí?

—Buscando las mantas.

La mujer miró el suelo.

Después lo miró a él.

—Vete.

Eryan obedeció.

Pero mientras caminaba por el pasillo, no pudo dejar de pensar en aquella voz.

No sabía quién era.

No sabía por qué estaba encerrado.

Y todavía no sabía que aquel pequeño encuentro sería la primera grieta en todo lo que creía conocer.

Porque esa noche, cuando Eryan regresara a su dormitorio, algo extraño ocurriría.

Algo tan pequeño que cualquier otra persona habría pensado que era una coincidencia.

La llama de la lámpara junto a su cama se apagaría.

No por el viento.

No por falta de aceite.

Simplemente se apagaría cuando Eryan la mirara.

Y durante un instante, en el reflejo oscuro de la ventana, sus ojos violetas parecerían brillar.

Eryan no lo notaría.

Todavía no.

Pero alguien, en algún lugar que él no conocía, sí lo haría.

Y esa persona llevaba diez años esperando que aquel brillo apareciera.

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