Por amor, la Princesa Vivianne lo entregó todo. Se casó con Alexander, el hijo de un barón, creyendo en sus falsas promesas. ¿Su recompensa? Ser humillada, traicionada por su mejor amiga, desterrada por su propio padre y, finalmente, asesinada en un callejón oscuro.
Pero la sangre del Emperador esconde un secreto. En su último aliento, la magia de Vivianne despierta, haciéndola retroceder en el tiempo hasta la noche en que todo comenzó.
De regreso en el palacio, Vivianne ya no es la joven ingenua de antes. Ha jurado proteger a su padre, salvar su imperio y destruir a quienes la pisotearon. Aunque deba ensuciarse las manos y volverse despiadada, esta vez ella ganará la guerra. Pero lo que no sospecha es que un par de intensos ojos rojos vigilan cada uno de sus movimientos desde las sombras... ¿Un nuevo enemigo o el aliado que necesita para su venganza?
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Capítulo 16: La rata acorralada
El silencio en la mansión de la familia de la frontera era espeso, casi fúnebre. Alexander caminaba de un lado a otro en su habitación, con las cortinas completamente cerradas para bloquear la luz del día. Su aspecto era desastroso: la camisa arrugada, las ojeras marcadas y una paranoia que le hacía saltar ante el más mínimo crujido de la madera.
La caída de Lucía había sido un mensaje directo, una advertencia escrita con la frialdad de una ejecución. Su padre, el viejo barón, no había tardado en reaccionar para salvar su propio pellejo; esa misma mañana le había retirado a Alexander la guardia personal, confiscado sus caballos de raza y prohibido de manera estricta salir de la propiedad. En la corte, el aislamiento era absoluto. Los mismos nobles que antes le palmeaban el hombro buscando favores, ahora cambiaban de acera al verlo pasar, como si cargara con la peste negra. Alexander sabía que el tiempo se le agotaba. Vivianne no se detendría con Lucía; era cuestión de días para que la princesa fabricara la excusa perfecta ante el Emperador para enviarlo al patíbulo o desterrarlo a las minas de carbón del sur.
—No voy a quedarme a esperar que me corten la cabeza —siseó Alexander entre dientes, pateando una silla de madera fina—. Si esa maldita perra quiere una guerra, le daré una.
Desesperado, el joven barón abrió el doble fondo de su escritorio y extrajo un pesado saco de lona que contenía sus últimos ahorros ilegales: monedas de oro extranjero obtenidas mediante el contrabando de armas en la frontera. Era una fortuna pequeña, pero suficiente para lo que planeaba.
Esa misma noche, burlando la vigilancia de su padre, Alexander se deslizó por los callejones del mercado bajo, el distrito más peligroso y podrido de la capital, donde la ley del Emperador no se atrevía a entrar. En una taberna subterránea que apestaba a alcohol barato y sangre seca, se reunió con el líder de los "Perros de la Noche", un grupo de mercenarios y delincuentes comunes que vendían sus dagas al mejor postor.
Su plan ya no era casarse con Vivianne; esa fantasía de grandeza se había evaporado. Ahora se trataba de pura supervivencia y venganza. Sabía, por la rutina pública de la corte, que la princesa realizaría su visita anual al Templo del Sol al final de la semana para entregar las ofrendas del solsticio. El plan era simple y brutal: los mercenarios bloquearían las salidas del templo, emboscarían a su guardia mínima y secuestrarían a la heredera. Exigiría un rescate multimillonario y un salvoconducto firmado por el Emperador para huir del imperio hacia los reinos del este, dejando a Vivianne marcada por la humillación para siempre.
Mientras el traidor sellaba su pacto con el bajo mundo entre risas vulgares, el palacio imperial mantenía su propia vigilia.
En sus aposentos, Vivianne contemplaba el fuego de la chimenea, sosteniendo entre sus dedos la ficha de obsidiana del lobo. Marie entró a la habitación a paso rápido, asegurando el cerrojo de la puerta antes de acercarse al tocador. De entre las capas de su enagua, extrajo un trozo de pergamino tosco y quemado en los bordes.
—Llegó a través del carnicero del mercado bajo, Su Alteza —susurró Marie, con el pulso acelerado—. Es del Gran Duque.
Vivianne desplegó el papel. La caligrafía era firme, elegante pero angulosa, una escritura que denotaba la personalidad implacable de Stefan.
> *«La rata acorralada ha mordido el fango del distrito bajo. Alexander ha comprado las dagas de los Perros de la Noche. Su objetivo es el Templo del Sol durante su próxima ofrenda. El Norte tiene listos a sus hombres para eliminarlo antes de que ponga un pie fuera de su madriguera. Quédese en el palacio, Vivianne. No se arriesgue de manera innecesaria».*
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Vivianne releyó las palabras de Stefan, sintiendo un sutil calor recorrerle la espalda ante la insistencia protectora del duque. Sin embargo, una sonrisa gélida y decidida se dibujó en sus labios carmesí. Acercó el pergamino a la llama de la vela, observando cómo el fuego consumía la advertencia del Lobo del Norte hasta convertirla en cenizas.
—No voy a quedarme encerrada, Marie —sentenció Vivianne, enderezando la postura con una majestuosidad peligrosa—. Si Alexander quiere una emboscada, le daré el escenario perfecto. Esta es la oportunidad que estaba esperando. No quiero que el Norte lo mate en un callejón oscuro donde pueda pasar por un asalto común; quiero que cometa el delito de alta traición frente a los ojos del templo. Usaré mi propia presencia como carnada. Dejemos que la rata crea que ha ganado, solo para que la trampa se cierre sobre su cuello de manera definitiva.
La princesa de la primera vida, aquella que temblaba ante las amenazas, había muerto. La Vivianne actual estaba lista para caminar directo hacia las espadas de sus enemigos, sabiendo que detrás de ella, agazapada en las sombras, la fuerza del norte aguardaba su señal.
felicidades por tus novelas.