Valeria solo quería encajar. Por eso aceptó ir a esa fiesta con sus compañeras de universidad, sin sospechar que su presencia molestaba más de lo que creía. Su brillante expediente académico y la atención involuntaria del chico más codiciado del campus la habían convertido en el blanco de una envidia silenciosa. Esa noche, una trampa meticulosamente diseñada destruyó su reputación en cuestión de horas y alteró el curso de su vida para siempre.
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Capítulo IV Plan fallido
Valeria estaba completamente aterrada ante el hombre que tenía enfrente. Su sola presencia llenaba toda la habitación, congelándole la sangre.
—Lo… lo siento, señor. No sabía que había alguien aquí —logró articular con la voz entrecortada por las lágrimas.
Desesperada por escapar de esa atmósfera asfixiante, dio media vuelta para sujetar la perilla de la puerta. Sin embargo, Dante fue ridículamente más rápido. Con un movimiento ágil, avanzó dos pasos y apoyó la palma de su mano con fuerza contra la madera, bloqueándole la salida y atrapando a Valeria a escasos centímetros de su cuerpo.
El aire entre los dos se volvió denso. Valeria contuvo la respiración, paralizada por la repentina invasión a su espacio personal. Podía sentir el calor que emanaba del pecho de Dante a su espalda y la sombra helada de su mirada clavada en ella.
Dante la observó desde arriba. A pesar de que Valeria no llevaba perfume, un aroma dulce, fresco y natural a jazmín emanaba de su piel y de las ondas de su cabello negro. Fue un golpe directo a sus sentidos. En medio de la frialdad de su mundo de negocios, aquel aroma puro y la fragilidad genuina de la joven despertaron en el distante magnate una atracción intensa, algo que llevaba años sin experimentar.
—Nadie entra a mi reservado por error, niña —murmuró Dante cerca de su oído, con una voz rasposa que le erizó la piel.
—¿Qué… qué está haciendo? Por favor, no me haga daño —suplicó Valeria en un hilo de voz, sin atreverse a girarse, manteniéndose rígida como una estatua.
Dante inclinó levemente la cabeza, rozando apenas un mechón de su cabello sedoso mientras una sonrisa fría se dibujaba en sus labios.
—Si entras a la habitación de un hombre como yo sin ser invitada, tienes que atenerte a las consecuencias, pequeña.
Al sentirla temblar, Dante pensó que se trataba de una estrategia calculada para llamarlo la atención.
—Deja de llorar —ordenó con brusquedad—. Si tuviste el valor de entrar a mi privado, ten ahora el valor de asumir las consecuencias.
La rudeza de Dante mantuvo a Valeria petrificada, pegada a la puerta con la respiración contenida.
—Yo solo quiero irme, nunca debí venir a este lugar —sollozó la joven.
Dante la tomó por los hombros y, con lentitud, la hizo girarse para quedar cara a cara. La tenue luz del reservado iluminó el rostro de Valeria, dejando ver a una joven asustada en cuyos ojos no se reflejaba malicia alguna.
—Así no puedes salir de aquí. Ya que interrumpiste mi privacidad, ahora debes pagar las consecuencias —dijo él, sujetándola de la mano.
Un leve escalofrío recorrió su imponente figura; la realidad era que no quería dejarla ir tan fácilmente sin entender por qué esa desconocida le provocaba sensaciones tan extrañas.
—Mire, le prometo que no me vuelvo a cruzar en su camino, pero por favor déjeme ir —suplicó una vez más Valeria, dejando que las lágrimas corrieran por sus mejillas.
Al ver el estado tan lamentable e indefenso de la joven, Dante decidió retirar la mano de la puerta. No quería seguir aterrándola más de lo que ya estaba.
—Vete. Y no vuelvas a entrar donde no eres invitada.
Valeria no lo pensó dos veces. Giró el pomo de la puerta y salió corriendo de aquel reservado, dejando atrás al misterioso desconocido.
En su huida tropezó con Elena, quien al verla esbozó una sonrisa llena de pura maldad.
—Te estaba buscando, querida —dijo Elena con voz sarcástica. En su estado de alteración, Valeria no notó el veneno en sus palabras.
—Nunca debí haber venido a este lugar. Tanto tú como Diana solo buscaron burlarse de mí —dijo Valeria, furiosa y dolida.
—Sé lo que hizo Diana. Ella siempre quiere salirse con la suya y, bueno, Mateo es su debilidad. Pero yo no soy igual que ella; por eso me preocupé cuando no te encontré.
Valeria bajó la guardia ante las palabras manipuladoras de Elena, quien, en supuesta señal de paz, le entregó una botella de agua. Elena había cambiado su plan original: ahora no solo quería arruinar su reputación, sino destruirla por completo.
—Ten, toma un poco de agua.
—Gracias, Elena. Te había juzgado mal.
La joven tomó la botella y bebió apresuradamente. El estrés y el haber estado corriendo la habían dejado exhausta, por lo que no midió el peligro que la rodeaba.
Minutos después, Dante salió de su reservado tras dejar en orden los asuntos de sus empresas. Sin embargo, algo a lo lejos llamó de inmediato su atención: una joven se tambaleaba por el pasillo de manera errante. Lo que realmente lo hizo detener el paso fue el color del vestido. Era el mismo rojo intenso que llevaba la chica que, poco antes, había irrumpido en su privado.
Lleno de intriga y sospecha, se acercó a observar. Vio cómo tres tipos de aspecto sospechoso caminaban decididos en dirección a la chica. Su instinto de protección se encendió y apresuró el paso.
—Cariño, creo que te pasaste de copas… —dijo Dante con firmeza, sujetándola del brazo con audacia para marcar su territorio.
Los hombres que se acercaban a Valeria retrocedieron de inmediato al verse descubiertos por una figura tan imponente. Dante los observó alejarse con la mirada helada antes de volver la atención hacia la joven, quien se veía realmente mal.
—¿Qué tomaste, niña? Hace unos minutos estabas asustada, pero lúcida —susurró Dante, desconcertado al verla tambalearse.
Enrique, su chofer de confianza, se acercó presuroso al ver a su jefe acompañado de una mujer. Aquello era algo totalmente inusual; desde que la esposa de Dante lo había abandonado por otro hombre, él jamás había vuelto a entablar una relación afectiva. Para él, las mujeres solo ocupaban un lugar de una sola noche en su cama antes de ser desechadas.
—Tenemos que llevarla a un hospital, jefe. Esta muchacha está muy mal —advirtió Enrique, sosteniendo el maletín de su patrón.
—Llévanos a mi penthouse. Si la llevamos a una clínica nos harán preguntas y no estoy para escándalos mediáticos… Llama a Alberto y dile que venga de inmediato a revisarla.
Sin dudarlo, Dante alzó a Valeria en brazos. Su cuerpo se sentía ligero, frágil y ardiente por el efecto de la droga. Enrique los siguió de cerca, cuidando el perímetro de las miradas curiosas. En cuestión de segundos llegaron a la camioneta blindada; Dante acomodó con delicadeza a la joven en el asiento trasero, subió a su lado y salieron a toda velocidad de aquel lugar nocturno.
se me hizo tan corta y muy buena 👍😍