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Renací y me casé con el bombero que me salvó

Renací y me casé con el bombero que me salvó

Status: Terminada
Genre:Reencarnación(época moderna) / Multi-reencarnación / Mujer despreciada / Venganza / La mimada del jefe / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

En su primera vida, Valentina Solares lo entregó todo por Diego Estrada. A cambio, él la traicionó con Camila, permitió que usaran su cuerpo para gestar el hijo de ambos y la abandonó cuando más lo necesitaba. Valentina murió frente a un hospital creyendo que nunca podría recuperar lo que le habían quitado.
Entonces despierta cinco años en el pasado, en medio del secuestro que marcó el comienzo de su desgracia.
Esta vez no va a suplicar. Romperá su compromiso, recuperará la investigación que le robaron y hará caer, uno por uno, a quienes construyeron su felicidad sobre el sufrimiento de ella. Pero Diego también recuerda la vida anterior y está decidido a volver a controlarla.
Para escapar de su familia adoptiva y cambiar un destino que parece escrito, Valentina toma la decisión más arriesgada de todas: casarse de inmediato con Sebastián Montero, un reservado capitán de bomberos que siempre aparece cuando todo arde.
Valentina cree que ha firmado un matrimonio de conveniencia. Lo que ignora es que Sebastián ya le salvó la vida una vez, que lleva diecisiete años buscándola y que, detrás del uniforme, oculta la identidad del heredero de una de las familias más poderosas del país.
Mientras sus enemigos intentan destruirla y su esposo convierte un contrato en el único hogar que ha conocido, Valentina deberá decidir qué desea más: cobrar cada deuda del pasado o atreverse a vivir el amor que nunca creyó merecer.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18

Capítulo 18 — Fuego lento

El restaurante es ruidoso, cálido y está lleno del humo de una parrilla abierta. Las paredes están decoradas con azulejos de colores y lámparas de vidrio que tiñen todo de un naranja suave. El olor mezcla carne especiada, ajo asado, ají dulce y maíz tostado. Los comensales hablan a gritos para hacerse oír por encima del chisporroteo constante de la parrilla y la música de fondo.

Daniel pidió la mesa más grande del fondo. Somos seis: él, tres investigadores del equipo del doctor Navarro que recuerdo vagamente de mis años de maestría, y una estudiante de posgrado de cabello corto que me mira con curiosidad desde que llegué, como si intentara ubicarme en algún catálogo mental de académicos.

—Valentina Solares —dice finalmente, entornando los ojos—. ¿No eras tú la que publicó aquel artículo sobre biodisponibilidad de alcaloides tropanos en el Journal de Farmacología Clínica? ¿El del modelo de permeabilidad intestinal?

—Hace tres años —respondo.

—Lo usé como referencia central para mi tesis de maestría. Mi directora lo calificó como uno de los estudios más innovadores que ha leído en la última década.

Me sirvo caldo en el tazón y bajo la mirada. Un calor que no tiene nada que ver con la temperatura del restaurante me sube por el pecho. No estoy acostumbrada a que me reconozcan por mi trabajo. En mi vida anterior, todo lo que escribí, investigué y descubrí llevaba el nombre de otra persona.

Daniel está contándome con entusiasmo desbordado sobre los nuevos proyectos del laboratorio, sobre un compuesto prometedor que están estudiando y sobre las posibilidades de un ensayo clínico que podría cambiar el tratamiento de una enfermedad autoinmune, cuando la puerta del restaurante se abre y entra un grupo de hombres que parecen no caber por el marco.

Bomberos.

Los reconozco de inmediato por su complexión, por la forma en que evalúan las salidas del local con un vistazo automático, por las camisetas que apenas contienen los hombros. Rivas, con su sonrisa permanente y su voz que siempre está dos tonos por encima de lo necesario. Los otros tres, con sus cortes de pelo idénticos y su forma de caminar como si el suelo fuera un terreno inestable que pudiera ceder en cualquier momento.

Y detrás de ellos, Sebastián.

Lleva una chamarra oscura con el cierre abierto sobre una camiseta gris que le marca el torso sin ostentación. Su pelo está despeinado de un modo que sugiere que acaba de quitarse el casco de trabajo. Tiene una sombra de barba de fin de turno y los ojos ligeramente enrojecidos de quien ha pasado veinticuatro horas despierto. Aun así, camina con pasos largos y firmes, sin prisa, ocupando el espacio a su alrededor con la naturalidad de alguien que no necesita hacer ruido para que la gente se aparte.

Me ve.

Nuestras miradas se cruzan por encima de las cabezas de los demás comensales, por encima de las parrillas humeantes y las lámparas de vidrio. Sus ojos oscuros se detienen en mí durante un segundo más de lo necesario. No sonríe. No cambia de expresión. Pero su trayectoria se corrige: deja de caminar hacia la mesa de sus compañeros y viene directamente hacia la mía.

—Buenas noches —dice, dirigiéndose al grupo con un asentimiento general—. Soy Sebastián Montero. El esposo de Valentina.

La palabra «esposo» cae sobre la mesa como una piedra en un estanque quieto. Las ondas se expanden. Los investigadores levantan las cejas al unísono. Daniel, que estaba cortando una tira de carne, se detiene con el tenedor a medio camino y me mira con una expresión que mezcla la sorpresa con algo que podría ser reproche amistoso. La estudiante de posgrado abre los ojos tanto que se le ven los blancos completos.

—¿Esposo? —repite, mirándome a mí y luego a él.

—Correcto —dice Sebastián. Y no agrega nada más. No da explicaciones. No pide disculpas por la sorpresa. No sonríe para suavizar el impacto. Solo dice «correcto» con la misma entonación con la que confirmaría la presión de una manguera o la dirección del viento.

Y sin más ceremonia, acerca una silla de la mesa contigua, la coloca a mi lado y se sienta. Su muslo roza el mío bajo la mesa. El calor de su cuerpo me llega a través de la tela de mi pantalón como una corriente eléctrica de bajo voltaje que no duele pero que tampoco puedo ignorar.

—Los muchachos se sientan en la mesa de al lado —dice, señalando a los bomberos con un movimiento de cabeza—. Estamos saliendo de turno. Pasamos por aquí a comer algo.

Rivas pasa junto a nosotros y me guiña un ojo con la sutileza de un semáforo.

—Buenas noches, cuñada. Usted siga cenando tranquila, nosotros ya nos acomodamos. Capitán, le pido su famosa salsa picante si le sobra.

Me concentro en el caldo que hierve frente a mí, intentando ignorar la presencia del hombre sentado a mi izquierda. El hombre que me rescató de una bomba. El que me limpió la sangre del rostro. El que me cuidó tres días. El que publicó nuestra acta de matrimonio sin que nadie se lo pidiera. El que dijo «correcto» como si ser mi esposo fuera lo más natural del mundo.

No funciona. No puedo ignorarlo. Su presencia ocupa el espacio como el sonido grave de un contrabajo: no lo puedes ver, pero lo sientes en el pecho.

Sebastián toma un plato limpio y empieza a servirme comida. Deposita trozos de carne asada en mi plato con las pinzas comunes, aparta los ingredientes picantes hacia el borde con el tenedor y me llena el vaso de agua cuando baja del nivel medio. Antes de añadir nada más, me pregunta con la mirada; asiento.

Todo con gestos mínimos, precisos, naturales, como si llevara años haciéndolo. Como si conociera mis preferencias alimenticias de memoria. Como si me hubiera estudiado en silencio durante los días que pasamos juntos en su apartamento y hubiera archivado cada dato.

Daniel lo observa con una mezcla de fascinación y alarma que no intenta disimular.

—¿Siempre es así? —le pregunta a Sebastián, señalando el plato lleno que acaba de armar para mí.

—¿Así cómo?

—Tan... atento.

Sebastián lo mira. Su expresión no cambia. Sus ojos oscuros se posan sobre Daniel con la misma calma con la que se posarían sobre un muro de fuego que necesita evaluar antes de atravesar.

—Es mi esposa.

Daniel no hace más preguntas. Nadie hace más preguntas. Los investigadores vuelven a sus conversaciones y a sus ollas de caldo con una deferencia silenciosa que parece dictada por un instinto de supervivencia más que por cortesía.

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Salimos del restaurante a las diez de la noche. El aire es fresco y huele a sal de mar, a jazmín nocturno y a la brasa de un puesto de elotes que está cerrando al final de la cuadra. Los bomberos se despiden con apretones de mano, palmadas en la espalda y promesas de repetir. Suben a su camioneta entre risas y el sonido del motor se pierde calle abajo.

Daniel y los investigadores se van en dirección contraria, hacia el campus, despidiéndose con la mano y con un «hasta la próxima semana, doctora Solares» que todavía me suena extraño y hermoso al mismo tiempo.

Nos quedamos solos. Sebastián y yo. En una acera iluminada por farolas de luz naranja que dibujan sombras largas sobre el asfalto.

Caminamos en silencio por las calles que llevan al apartamento. Nuestros pasos resuenan a un ritmo casi sincronizado, los suyos largos y firmes, los míos más cortos pero constantes, y el sonido crea una cadencia que se mezcla con el rumor lejano del mar.

Algo me cae sobre los hombros. Peso. Calor. Olor a jabón neutro y madera de cedro. La textura rugosa de una tela que ha sido lavada cien veces.

Su chamarra.

—No la necesito —digo, mirando al frente.

—Estás temblando.

Es cierto. No me había dado cuenta. El aire de la noche me ha enfriado los brazos desnudos y mis hombros tiemblan con un estremecimiento involuntario que ya no puedo disimular.

Me ajusto la chamarra sin responder. Las mangas me llegan hasta las puntas de los dedos. La tela conserva el calor de su cuerpo, un calor que me envuelve como un abrazo que nadie me ha dado.

Caminamos tres cuadras más en silencio.

Pienso: «El amor de los hombres es lo más barato que existe.»

Es una frase que me repetí durante toda mi vida anterior. Una verdad que aprendí con sangre, con engaños, con cinco años de un matrimonio falso y una muerte en una calle mojada. Los hombres prometen, mienten, toman lo que quieren y desaparecen cuando el precio es demasiado alto. Diego me lo enseñó. Rodrigo me lo confirmó. En mi primera vida, esa frase era tan cierta como la ley de gravedad.

Pero esta noche, con la chamarra de Sebastián sobre los hombros y el eco de sus pasos junto a los míos, por primera vez, dudo de mi propia máxima.

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De vuelta en el apartamento, me siento en el sofá con un vaso de agua y los apuntes que el doctor Navarro me envió por correo. Ecuaciones, protocolos, revisiones de literatura. Mis ojos recorren las líneas sin procesarlas. Sebastián entra a su habitación. Escucho que se cambia de ropa, el ruido de un cajón que se abre y se cierra, y luego la puerta que da al corredor exterior.

Media hora después, vuelve. El sonido de sus pasos es más pesado, más rápido. Corrió.

Sale a la sala.

Está sin camiseta.

El sudor le brilla sobre la piel bronceada. Los abdominales marcados se contraen con cada respiración. La cicatriz de quemadura en su antebrazo derecho serpentea bajo la luz. La espalda ancha se estrecha hasta una cintura angosta que contradice la envergadura de sus hombros. Los músculos de los brazos están inflamados por el ejercicio, con las venas marcadas bajo la piel como ríos en un mapa topográfico.

Se detiene frente al refrigerador, saca una botella de agua y bebe. Echa la cabeza hacia atrás. Las gotas de sudor le bajan por el cuello, por la clavícula, y desaparecen en la cintura del pantalón deportivo que le cuelga de las caderas.

Aparto la mirada. La regreso. La aparto otra vez. La regreso.

Mi boca se ha secado y no es por la falta de agua.

—Salí a correr —dice, como si necesitara explicar por qué está medio desnudo y empapado de sudor en su propia cocina a las once de la noche.

—Bien —respondo. Mi voz sale una octava más aguda de lo normal.

—Voy a ducharme.

—Bien.

Se mete al baño. Escucho el agua correr. El sonido debería ser relajante. No lo es. Miro mis apuntes sin leer una sola palabra. Las ecuaciones se convierten en formas abstractas que flotan ante mis ojos como jeroglíficos.

Diez minutos después, el agua se detiene. Escucho pasos húmedos en el pasillo. Luego, dos golpes en la puerta de mi habitación.

Abro.

Sebastián está parado en el umbral. Sin camisa. Con el pelo mojado, oscuro y pegado a la frente. Una toalla blanca sobre los hombros anchos. Gotas de agua le recorren el torso como caminos transparentes sobre un mapa de músculos.

—La regadera de mi baño está descompuesta —dice, con la misma expresión con la que reportaría un desperfecto en el cuartel—. ¿Puedo usar la tuya?

—Sí. Claro. Adelante. —Las palabras salen atropelladas, como si mi lengua hubiera olvidado el español.

Pasa junto a mí. Su brazo roza el mío. La piel está caliente, húmeda. Dejo de respirar durante un segundo completo.

Se mete al baño de mi habitación. No cierra la puerta del todo. El vapor se filtra por la rendija y trae consigo el olor a jabón neutro que ya he aprendido a asociar con su presencia, con su cercanía, con esa sensación que no tiene nombre pero que me aprieta el pecho y me seca la garganta.

Me cubro la cara con la almohada y me quedo así hasta que escucho la puerta del baño abrirse y sus pasos alejarse por el pasillo.

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Esa noche, tengo un sueño.

No voy a describirlo con detalle porque mi dignidad como investigadora farmacéutica me lo impide. Solo diré que involucra manos grandes, una espalda ancha, vapor de ducha, la cicatriz de quemadura en un antebrazo y una voz grave que dice cosas que ningún contrato matrimonial de tres años con cláusula de no obligaciones conyugales contempla ni remotamente.

Me despierto de golpe a las cuatro de la mañana.

La habitación está oscura. Mi pijama está en su lugar. La almohada está húmeda de sudor. Mi corazón late como si hubiera corrido los diez kilómetros que Sebastián amenazó con imponerle a León como castigo.

Recuerdo cada detalle del sueño con una nitidez obscena que me hace cerrar los ojos con fuerza, como si pudiera borrar las imágenes apretando los párpados.

No funciona. Detrás de mis párpados, los abdominales de Sebastián brillan bajo la luz del baño con una claridad cinematográfica.

Hundo la cara en la almohada. Gimo. Es un gemido de frustración pura, de incredulidad, de vergüenza anticipada por tener que desayunar mañana frente al protagonista involuntario de mi subconsciente.

—Esto no estaba en el contrato —murmuro contra la tela.

Al otro lado de la pared no se oye nada. Mejor. No soportaría descubrir que está despierto y ha escuchado mi gemido de frustración.

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