Su primer destino fue servir a la corona. murió por ello. Ahora, con su segunda oportunidad, Auren cumplirá su sueño y conocerá lo que es el amor
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Capitulo 8
Cuando llegó el día acordado, ambos llevaron las prendas al distrito comercial.
Ernest los esperaba en la entrada de su tienda.
Al ver a Auren, sonrió con curiosidad.
—Así que tú eres la famosa modista.
Auren hizo una pequeña inclinación de cabeza.
—Buenos días.
Ernest abrió una de las bolsas.
Sacó el primer vestido.
Después otro.
Y otro más.
Cuanto más revisaba las prendas, más seria se volvía su expresión.
Finalmente levantó la vista.
—Martin...
—¿Sí?
—Te quedaste corto.
El padre de Auren frunció el ceño.
—¿Cómo?
Ernest volvió a mirar a la niña.
—Dijiste que era buena. No dijiste que era un prodigio.
Auren permaneció completamente quieta.
Nunca había recibido un elogio semejante.
En su vida anterior cualquier mérito terminaba atribuido al entrenamiento de la familia real.
Jamás a ella.
Ernest dejó cuidadosamente el último vestido sobre el mostrador.
—Ven conmigo.
Los condujo hasta la parte trasera del edificio.
Allí funcionaba un pequeño taller donde cuatro costureras trabajaban sin detener las manos.
Las mujeres levantaron la vista al notar la presencia de visitantes.
—¿Qué ocurre, jefe?
Ernest colocó uno de los vestidos sobre una mesa.
—Quiero que lo revisen.
Una de las costureras, una mujer de unos cincuenta años llamada Greta, tomó la prenda con naturalidad.
Cinco minutos después seguía examinándola.
Otra mujer terminó acercándose.
Luego una tercera.
Auren permanecía en silencio.
Greta dejó escapar un largo suspiro.
—¿Quién hizo esto?
Ernest señaló discretamente a la niña.
Las cuatro mujeres giraron la cabeza al mismo tiempo.
—¿Ella?
—Tiene doce años.
Greta volvió a observar el vestido.
—Imposible.
Auren habló con tranquilidad.
—Si encuentra algún defecto, puedo corregirlo.
La mujer soltó una pequeña risa.
—Niña, llevo treinta años cosiendo. Si encuentro un defecto, será porque lo busqué demasiado.
Otra costurera levantó una manga.
—Las puntadas son iguales de principio a fin.
—Y este cuello...
—Está muy bien resuelto.
Greta volvió a mirar a Ernest.
—No dejes que otra tienda la encuentre antes.
Él sonrió.
—Pensaba hacer exactamente eso.
Las costureras regresaron a su trabajo.
Ernest condujo nuevamente a Martin y Auren hasta su oficina.
Una vez dentro, tomó asiento frente a ellos.
—Quiero proponerte algo.
Miró directamente a Auren.
—No solo compraré tus vestidos.
Quiero contratarte.
Ella parpadeó.
—¿Contratarme?
—Sí. Trabajarás para este taller. Tendrás un sueldo fijo todas las semanas y, además, recibirás un pago adicional por las prendas que superen cierta cantidad.
Martin abrió los ojos con sorpresa.
Aquella oferta era mucho mejor de la que esperaba.
Auren guardó silencio.
Ernest continuó.
—Pero hay condiciones.
La niña lo observó atentamente.
—Aquí todos trabajan. No aceptaré retrasos. Tampoco excusas. Si prometes entregar cinco vestidos, espero cinco vestidos. Si un diseño tiene errores, volverás a hacerlo. Y no bajaré mis estándares porque seas una niña.
Martin intervino inmediatamente.
—Ernest...
Pero Auren levantó una mano para detenerlo.
—¿Puedo hacer una pregunta?
—Claro.
—Si un vestido necesita más tiempo para quedar realmente bien, ¿preferirá esperar antes que vender algo mediocre?
Ernest sonrió.
—Exactamente.
Ella asintió sin dudar.
—Acepto.
Martin la miró sorprendido.
—¿Estás segura?
Auren volvió la cabeza hacia él.
—Sí.
Ernest apoyó ambos brazos sobre el escritorio.
—Pensé que intentarías negociar.
Ella negó.
—Solo quiero coser. Mientras pueda hacerlo, las demás condiciones no me preocupan.
El comerciante soltó una carcajada.
—Tienes un carácter curioso. Gruñona, pero directa.
Greta apareció justo en ese momento por la puerta entreabierta.
—No la asustes el primer día.
—Solo hablábamos.
La mujer observó a Auren.
—Ven mañana temprano.
Te enseñaré dónde guardamos las telas.
Auren hizo una pequeña reverencia.
—Muchas gracias.
Durante las semanas siguientes comenzó a dividir su tiempo entre la panadería y el taller.
Se levantaba antes del amanecer para ayudar a preparar el pan.
Después caminaba hasta el distrito comercial.
Allí las costureras terminaron encariñándose con ella mucho más rápido de lo que cualquiera habría imaginado.
—Niña.
Greta levantó una tela color verde.
—¿Qué harías con esto?
Auren apenas la observó.
—La convertiría en una falda.
—¿Y por qué no en un vestido?
—Es demasiado pesada para eso.
La mujer sonrió satisfecha.
—Correcto.
Otra costurera se acercó con una cinta torcida.
—¿Y esto?
Auren la acomodó en pocos segundos.
—Ahora sí.
—Qué envidia me das.
Ella levantó una ceja.
—¿Por qué?
—Porque todavía tienes buena vista.
Todas terminaron riendo.
Incluso Auren comenzó a relajarse poco a poco.
Aunque seguía teniendo un carácter serio, ya no permanecía completamente callada.
Respondía.
Bromeaba de vez en cuando.
Y trabajaba con una dedicación que impresionaba incluso a las costureras más experimentadas.
Una noche llegó a casa mucho más tarde de lo habitual.
Apenas cruzó la puerta, percibió un aroma delicioso.
Su madre había preparado su sopa favorita.
—Llegaste.
—Perdón por la demora.
—Primero siéntate.
Auren notó algo extraño.
Sus padres parecían nerviosos.
Los tres comenzaron a cenar en silencio.
Finalmente Martin carraspeó.
—Auren.
Ella levantó la cabeza.
—¿Sí?
Su madre tomó aire lentamente.
—Queremos preguntarte algo.
—¿Ocurrió algo?
Los dos intercambiaron una mirada.
Era evidente que ninguno sabía cómo empezar.
Al final fue Martin quien habló.
—¿De verdad estás bien?
Ella parpadeó.
—Sí.
—No nos respondas tan rápido.
Su madre apoyó una mano sobre la mesa.
—Sales de casa cuando todavía está oscuro. Trabajas toda la mañana. Después vuelves para ayudar aquí. Y aun así sigues cosiendo hasta la noche.
Auren comprendió inmediatamente hacia dónde iba aquella conversación.
Martin bajó la mirada.
—A veces pienso que te estamos quitando tu infancia.
La niña quedó completamente inmóvil.
Su madre continuó con la voz ligeramente temblorosa.
—No queremos convertirnos en padres que dependen del esfuerzo de su hija. Si algún día sientes que es demasiado...
—Lo dejaremos todo —añadió Martin sin dudar—. No importa el dinero.
Auren observó a ambos durante largos segundos.
Aquellas personas estaban preocupadas por ella.
No por lo que producía.
No por el sueldo.
Por ella.
Sintió que algo cálido llenaba lentamente su pecho.
Después sonrió.
Era una sonrisa sencilla.
Natural.
Muy distinta a las sonrisas vacías que aprendió durante su vida anterior.
—¿Puedo decirles algo?
Los dos asintieron.
—Cuando era más pequeña...
Se detuvo unos segundos.
No podía contar toda la verdad.
—Creía que nunca tendría la oportunidad de decidir qué quería hacer con mi vida.
Bajó la vista hacia sus manos.
—Ahora me despierto todos los días con ganas de ir al taller. Me gusta aprender. Me gusta coser. Me gusta ver la cara de las personas cuando terminan un vestido.
Volvió a levantar la cabeza.
—No estoy trabajando porque me obliguen. Lo hago porque este es mi sueño.
Sus padres permanecieron completamente en silencio.
Auren sonrió un poco más.
—Y ustedes nunca me pidieron nada. Todo esto lo elegí yo.
Su madre sintió los ojos llenarse de lágrimas.
Martin respiró profundamente antes de hablar.
—Entonces nosotros también vamos a elegir.
Auren inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Elegir qué?
Él tomó una de sus manos.
—Apoyarte en todo. Hasta donde quieras llegar. Si algún día quieres abrir tu propio taller, trabajaremos para ayudarte. Si deseas aprender con los mejores modistas del reino, encontraremos la manera. Y si alguien intenta detenerte...
Sonrió con orgullo.
—Primero tendrá que pasar por nosotros.
Auren sintió un nudo en la garganta.
Después de cenar subió a su habitación.
Pocos minutos más tarde volvió a bajar llevando una pequeña bolsa de tela.
La colocó frente a sus padres.
Martin la abrió con curiosidad.
Dentro estaba todo el sueldo que había recibido desde que comenzó a trabajar.
Los dos quedaron completamente sorprendidos.
—Auren...
Ella negó suavemente.
—Quiero que lo acepten.
—Pero este dinero es tuyo.
—También es de ustedes.
Su madre intentó devolverle la bolsa.
Auren la empujó otra vez hacia ellos.
—Gracias a ustedes puedo hacer lo que amo. Déjenme ayudarlos ahora.
Martin tragó saliva.
No encontraba palabras.
Su esposa terminó abrazando a la niña con fuerza.
Él se unió al abrazo un instante después.