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Me llamaron inútil, pero soy la dueña de todo

Me llamaron inútil, pero soy la dueña de todo

Status: Terminada
Genre:Venganza / Juego de roles / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:115
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Valentina lo dio todo por su matrimonio. Dejó atrás una vida de lujos, una empresa familiar multimillonaria y un apellido de peso para convertirse en la esposa de Andrés: un hombre bueno, pero incapaz de defender a su propia familia.

Durante años, su suegra la humilló. Su cuñada la despreció. Le dijeron mantenida, inútil, una carga. Le exigieron dinero, sacrificios y silencio. Y Valentina aguantó. Por amor. Por sus hijos. Por la esperanza de que algún día Andrés abriera los ojos.

Hasta que un día dejó de aguantar.

Lo que nadie sabe —ni la suegra que la insulta, ni la cuñada que la menosprecia, ni siquiera el marido que la dejó ir— es que Valentina Montero es la accionista mayoritaria del Grupo Montero, la misma empresa donde Andrés trabaja como simple empleado.

Ahora, desde las sombras, Valentina reconstruye su vida, protege a sus hijos y observa cómo la verdad empieza a salir a la luz. Porque tarde o temprano, todos van a descubrir quién es realmente la mujer a la que llamaron inútil.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

Minutos después se pusieron en camino hacia la escuela de Santiago.

Las calles todavía estaban casi vacías a esa hora. El sol recién asomaba, tímido, detrás de los árboles a la orilla de la carretera. El aire frío del auto se mezclaba con el aroma del pan caliente que Rodrigo había comprado en una tienda cerca del boutique de Camila.

Mateo iba sentado en las piernas de su mamá, jugando con un carrito de plástico. De vez en cuando imitaba el sonido de un motor con la boca y se reía solo, ajeno por completo a que los adultos a su alrededor tenían la cabeza llena de preocupaciones.

Santiago, en cambio, estaba callado junto a la ventana. La mirada perdida en las tiendas, los semáforos y los niños de uniforme que caminaban rumbo a sus escuelas.

Normalmente Santiago era parlanchín. A cada rato contaba algo. A cada rato preguntaba algo. Pero esa mañana apenas abría la boca.

Valentina, que lo observaba desde hacía rato sin decir nada, sintió un pinchazo en el pecho. Le tomó la mano despacio.

—¿Estás triste, hijo?

Santiago agachó la cabeza apenas.

—Un poco, mamá —la voz le salió bajísima.

—¿Porque vas a cambiar de escuela?

El niño asintió sin atreverse a mirarla.

A Valentina se le hizo un nudo en la garganta. El pecho le dolió. Sabía que la decisión de irse la noche anterior era lo mejor para ella. Para su cordura. Para su matrimonio. Pero se le había olvidado algo: los niños también salían heridos.

—Vas a hacer amigos nuevos, mi amor —dijo acariciándole el dorso de la mano.

Pero Santiago se encogió todavía más.

—Pero a mí me gustaba mi otra escuela.

Esa frase tan simple hizo que dentro del auto cayera un silencio pesado. Nadie supo qué responder.

Valentina lo contempló un rato largo. Había una tristeza contenida en esos ojos pequeños. Una tristeza demasiado adulta para un niño de su edad.

—Ya no voy a ver a Sebastián ni a Daniel —continuó Santiago en voz baja—. Ni a la maestra tampoco.

Valentina se mordió el labio con fuerza. Sabía que Sebastián y Daniel eran los mejores amigos de Santiago desde primer grado. Casi todos los días jugaban juntos. Hasta hacían tarea en equipo en la casa. Y ahora todo eso tenía que cambiar de golpe.

Rodrigo, al volante, le echó un vistazo a Valentina por el retrovisor. Podía ver claramente que la mujer estaba aguantándose las ganas de llorar.

Los dedos de Valentina apretaron la mano de su hijo.

—Mami, ¿vamos a la ecuela nueva? —preguntó Mateo con inocencia, levantando la carita.

Valentina esbozó una sonrisa frágil aunque los ojos ya le quemaban.

—Sí, mi amor.

—¿Hay carritos?

Rodrigo se rio bajito.

—Claro que hay. Luego te llevo a un lugar donde hay un montón de carritos —intervino, tratando de aligerar el ambiente.

A Mateo se le iluminó la cara.

—¡Quelo muchos!

—¡A la orden, jefe! —Rodrigo se llevó la mano a la frente en un saludo militar.

—¡A la olden, jefe! —repitió Mateo haciendo lo mismo.

Santiago por fin sonrió un poquito al ver las payasadas de su hermano. Apenas un instante, pero la cara triste se suavizó.

Valentina le acarició el pelo.

—Perdóname, mi amor —le susurró.

Santiago la miró sin entender.

—¿Por qué me pides perdón, mamá?

Valentina sonrió quedito.

—Porque te estoy cambiando la vida.

El niño se quedó callado unos segundos. Luego se acercó despacio y le abrazó el brazo.

—No importa —contestó bajito—. Lo que importa es que tú ya no estés triste.

El corazón de Valentina recibió un golpe brutal. Las lágrimas casi se le escaparon ahí mismo. Un niño tan chiquito y ya se había dado cuenta de que su mamá estaba sufriendo.

Valentina volteó rápido hacia la ventana para que Santiago no viera que los ojos se le estaban llenando de agua.

Rodrigo guardó silencio al volante y soltó un suspiro largo. Empezaba a entender lo pesada que había sido la vida de su prima durante todo ese tiempo.

Mientras tanto, en otro lugar, Andrés acababa de salir del cuarto arrastrando los pies. La camiseta arrugada. El pelo revuelto. Los ojos rojos e hinchados de casi no haber dormido.

Desde que Valentina se fue con los niños la noche anterior, la casa le parecía de otro mundo. Silenciosa y fría. Como si le hubieran sacado la vida.

Normalmente a esa hora ya se oía a Valentina trajinando en la cocina. A veces el golpeteo suave de la sartén. A veces la voz de ella regañándolo porque no se levantaba. A veces a Santiago corriendo de un lado a otro buscando los calcetines de la escuela. O el llanto de Mateo pidiendo leche.

Pero esa mañana lo único que se oía era la televisión encendida en volumen bajo y el zumbido del aire acondicionado.

Andrés caminó hacia la cocina restregándose la cara. Pero al llegar se frenó en seco. El ceño se le arrugó. Los platos sucios amontonados en el fregadero.

Los restos de la cena de anoche desparramados en la mesa. Una bolsa de frituras abierta de Sofía en el sofá. Una mamila de Mateo tirada en el piso de la sala. El arroz en la olla ya seco de haberse quedado toda la noche sin que nadie lo tocara.

La casa estaba hecha un caos. Y por alguna razón, algo tan simple le hizo sentir el vacío todavía más hondo. Valentina era quien le daba vida a esa casa. Quien la mantenía limpia y en orden.

Valentina, que recogía todo en silencio sin quejarse. La esposa que siempre se levantaba primero. La mujer que se aseguraba de que todo estuviera impecable antes de que los demás abrieran los ojos.

Andrés abrió el refrigerador despacio. Vacío. No había desayuno. No había guisado que recalentar. No estaba la notita de Valentina pegada en la puerta como siempre.

Cerró los ojos un momento y jaló aire largo. No llevaba ni un día solo y la casa ya era un desastre. Andrés odiaba el desorden. La mandíbula se le endureció conteniendo las emociones y el dolor de cabeza que no paraba de latirle desde hacía horas.

Con paso decidido fue hasta el cuarto de Mateo, que ahora ocupaban Luciana y Sofía.

Toc. Toc. Toc.

—¡Luciana!

Nadie contestó. Tocó de nuevo, más fuerte.

—¡Luciana!

Silencio. De adentro solo llegaba el ruido del aire acondicionado y unos ronquidos suaves.

Se le acabó la paciencia. ¡Pam! ¡Pam! ¡Pam!

—¡Luciana, levántate! —la voz de Andrés retumbó por el pasillo—. ¿Hasta cuándo piensas dormir?

Dentro del cuarto empezó el alboroto. Algo cayó al piso. Luego la voz de Luciana quejándose entre dientes.

Segundos después la puerta se abrió de un tirón. Luciana apareció con la cara descompuesta, el pelo enredado y los ojos a medio abrir.

—¿Qué te pasa? —ladró, irritada—. ¡Apenas amanece y ya estás gritando!

Andrés señaló hacia la cocina sin rodeos.

—¿Ya viste cómo está la casa?

Luciana entrecerró los ojos y echó un vistazo flojo hacia el comedor.

—¿Qué tiene?

—¡Está hecha un asco!

—¿Y?

Andrés se quedó boquiabierto unos segundos. No podía creer lo que acababa de escuchar.

—¿Cómo que "y"? —repitió, subiendo el tono.

—¡Pues sí! —Luciana le sostuvo la mirada, retadora—. ¡Yo no fui la que dejó todo tirado!

Andrés soltó una risa corta, de pura frustración.

—¡Estás viviendo aquí! ¡Lo mínimo es que ayudes a limpiar!

Luciana chasqueó la lengua, fastidiada.

—Estoy muerta de cansancio. No pude dormir en toda la noche. Sofía no paraba de llorar.

Andrés se apretó la frente con los dedos. La cabeza le palpitaba otra vez. Todavía no salía el sol del todo y la casa ya estaba llena de gritos.

Empezaba a sentir en carne propia lo duro que era vivir bajo el mismo techo con su propia familia sin que Valentina estuviera ahí.

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