Después de perder a sus padres, Izack Vega cree que lo peor ya pasó… hasta que comienza a vivir bajo el mismo techo que su peor pesadilla.
Traicionado por su propia familia, termina en un orfanato donde conocerá a personas rotas como él… que poco a poco se convertirán en su verdadera familia.
Pero el pasado no lo dejará en paz. Secretos, acoso, mentiras y muertes lo rodean…
Y cuando la verdad salga a la luz, Izack tendrá que decidir:
¿seguir huyendo… o enfrentarse a la oscuridad?
NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 8: EL NÚMERO QUE NUNCA NOS ATREVIMOS A CONTAR
El pequeño dije de plata negra brillaba frío y muerto entre los dedos temblorosos de Izack. El grabado del número 13 rodeado de espinas era idéntico al de las puertas de la fábrica, al sello de las carpetas rojas, a cada marca que habían encontrado en casi dos años de pelear contra las sombras. Levantó la mirada muy despacio, como si cada milímetro le costara una punzada directa en el pecho, y sus ojos rojos y húmedos se clavaron directo en **Tomás**.
El chico que siempre estaba delante de la computadora, el que les enseñó a descifrar códigos que nadie más entendía, el que curó con tanto cuidado los moretones de Benjamín cada noche, el que lloró con ellos cuando supieron la verdad sobre la muerte de los padres de Izack, al que todos llamaban hermano mayor, el más tranquilo, el más sabio, el en quien confiaban hasta para guardar la vida de los demás… tenía el cuello pálido, con la marca roja y delgada donde hasta segundos antes colgaba esa misma cadena. Se quedó rígido como una estatua de hielo, sin respirar, sin mover un dedo, con la mirada clavada en la tierra húmeda bajo sus zapatos y las manos apretadas con tanta fuerza contra los costados que los nudillos se le pusieron blancos. No negó. No gritó que era mentira. No inventó excusas de inmediato. Y ese silencio pesado, frío y culpable fue mil veces peor que cualquier grito o cualquier mentira bien armada.
—Tú… —alcanzó a decir Izack, y la voz se le rompió en mil pedazos diminutos antes de poder terminar siquiera la frase—. Tú fuiste quien nos dijo por dónde mirar primero. Tú fuiste quien nos aseguró que la salida segura estaba en la rejilla del suelo. Tú… tú escuchaste todo. Cada plan, cada miedo, cada nombre que dijimos en voz baja. Todo.
Un sollozo tan fuerte y desgarrador se le atoró en la garganta que le dobló las rodillas casi por completo. Sintió cómo todo lo que había creído firme, seguro y verdadero en su vida se desmoronaba de golpe, sin aviso, sin piedad. Cada risa compartida en las noches de insomnio, cada consejo que le dio para ser más valiente, cada vez que Tomás le puso una mano en el hombro y le dijo “estoy contigo, no estás solo”, cada noche que se quedaron despiertos hasta el amanecer revisando papeles viejos… ¿todo había sido solo una actuación perfecta, ensayada durante años? ¿todo había sido mentira desde el primer día que llegaron al orfanato? Las lágrimas volvieron a brotar solas, gruesas, calientes y sin control, corriendo por las mejillas, bajando por el cuello, mojándole el cuello de la camisa, y esta vez no hubo forma de detenerlas ni de ocultarlas. Se sentía estúpido, ingenuo hasta el ridículo, roto por dentro una vez más, en un lugar que ya creía sanado. Volvía a pasar lo de siempre: cada persona a la que le abría el corazón de par en par, terminaba clavándole algo por la espalda sin dudarlo ni un segundo.
—¿Por qué? —preguntó Lucas con la voz partida a la mitad, entre rabia contenida y un dolor enorme que le cerraba la garganta, dando un paso atrás como si de repente le diera miedo acercarse demasiado al que creyó su amigo de toda la vida—. ¿Qué te dieron? ¿Dinero? ¿Poder? ¿De verdad valía todo eso más que nosotros? ¿Más que los niños del orfanato, más que todo lo que construimos juntos?
Tomás levantó la cara por fin, y lo que vieron no fue la cara de un monstruo, ni de alguien frío y malvado: era la cara de alguien que también llevaba años muriendo por dentro. Tenía los ojos igual de rojos, las ojeras profundas y oscuras, y los labios temblándole sin parar. Abrió la boca para hablar dos o tres veces, pero no salía ningún sonido, hasta que por fin logró sacar la voz, ronca, quebrada y casi sin aire:
—No fue dinero. Nunca fue dinero.
Dio un paso adelante, y todos retrocedieron al mismo tiempo, menos Axel, que se colocó de inmediato delante de Izack como un muro humano, protegiéndolo con su propio cuerpo, con la mirada dura y fría como el acero, aunque por dentro también sentía que algo se le rompía. Tomás vio el movimiento y bajó la mirada de nuevo, con una tristeza tan grande que casi se podía tocar en el aire.
—Tengo una hermana menor —empezó a decir muy bajito, lento, como si cada palabra le costara sangre—. Se llama Camila, tiene siete años. Nació muy enferma del corazón. Cuando yo tenía doce, justo después de que mis papás murieran en ese “accidente” de coche que nunca nadie quiso investigar bien, vinieron por mí. Me mostraron sus papeles médicos, me dijeron que si no hacía exactamente lo que me ordenaban, le cancelaban todos los tratamientos de un día para otro. Que la dejarían morir despacio, en una cama de hospital, sola, sin que yo pudiera ni siquiera entrar a verla. Me dijeron que si hablaba con alguien, si se lo contaba a una sola alma, la mataban antes del amanecer. Y desde entonces… desde hace seis años, no he dejado de obedecer. No he dormido bien ni una sola noche. He tenido que mirarlos a los ojos a todos ustedes, reír con ustedes, llorar con ustedes, y saber que por detrás yo era quien les entregaba cada paso, cada lugar, cada secreto. He odiado cada segundo de mi vida desde ese día. He deseado morir mil veces para no tener que seguir haciéndolo. Pero ella es todo lo que me queda. Es mi sangre. Es lo único que me ató a la vida cuando me quedé solo en el mundo. Y ellos lo sabían. Lo usaron hasta el cansancio.
Hizo una pausa y se llevó ambas manos a la cara, rompiendo a llorar por fin, fuerte, temblando de pies a cabeza, igual que Izack.
—Cuando ustedes empezaron a acercarse demasiado a la verdad, cuando sacaron la carpeta roja, me ordenaron que los encerrara en la sala 13, que los dejara ahí hasta que vinieran por ustedes. Me dijeron que si no lo hacía, esa misma noche entraban al orfanato y se llevaban a Benjamín, a Valentina, a todos… y también a ella. Yo les dije que sí. Pero al mismo tiempo… yo mismo aflojé los tornillos de la rejilla del suelo tres días antes. Yo dejé la puerta del pasadizo entreabierta. Yo escribí la nota en la pared con la sangre de mi propia herida, para que supieran que no eran trece del todo. Porque por más que me obligaran… por más miedo que tuviera… nunca quise hacerles daño de verdad. Ustedes son la única familia que tuve además de ella. Y yo mismo fui quien los traicionó una y otra vez. No hay perdón para lo que hice. Lo sé. Y no lo pido. Solo querían saber la verdad. Ahí está. Toda.
Un silencio enorme, pesado y doloroso cayó sobre todo el claro del bosque. Nadie habló. Nadie se movió. Era demasiado, demasiado horrible, demasiado humano, demasiado difícil de odiar del todo y demasiado difícil de perdonar de inmediato. Izack, que seguía detrás de Axel, sintió que el pecho le estallaba en dos mitades que peleaban entre sí: una llena de rabia y de dolor profundo por haber sido usado y mentido durante tanto tiempo, y la otra llena de una tristeza infinita al entender que Tomás también había sido solo otra pieza rota en el tablero del Consejo, otro niño al que le destrozaron la vida desde muy pequeño.
No aguantó más. Dio media vuelta y salió corriendo entre los árboles, sin rumbo fijo, solo queriendo alejarse de todo, de las voces, de las miradas, de la verdad que dolía demasiado, hasta que llegó a un pequeño claro apartado, al lado de un arroyo de agua helada y cristalina, y se dejó caer de rodillas sobre la hierba húmeda. Se abrazó fuerte a sí mismo, encorvándose hacia adelante, y soltó todo el llanto que llevaba guardado no solo de ese día, sino de toda su vida: lloró por sus papás, por el orfanato, por Héctor que se volvió monstruo por miedo, por Tomás atrapado sin salida, por él mismo que siempre terminaba lastimado, por el cansancio inmenso de pelear contra sombras que parecían no tener fin. Lloró hasta que le dolió la cabeza, hasta que le ardieron los ojos, hasta que casi le faltó el aire, sintiéndose pequeño, solo y roto en mil pedacitos diminutos que creía imposible volver a unir jamás.
No escuchó los pasos suaves sobre las hojas secas, ni el crujido de las ramas. Solo sintió de repente el calor inmenso y conocido de dos brazos fuertes que lo rodearon por completo desde atrás, pegando todo su cuerpo contra el pecho de Axel, sin prisa, sin fuerza bruta, solo con una ternura infinita que lo envolvió entero como una manta caliente en pleno invierno. Axel se sentó en el suelo detrás de él, acomodó a Izack entre sus piernas, lo rodeó con ambas extremidades, le cruzó los brazos por encima del pecho y lo apretó suavemente pero con firmeza, como si quisiera meterlo dentro de su propio cuerpo para protegerlo de absolutamente todo lo malo que existiera en el mundo. Le apoyó la barbilla en la parte alta de su cabeza, le besó el cabello una y otra vez, y no dijo ni una sola palabra al principio. Solo lo dejó llorar. Solo sostuvo todo su dolor por él, tal como siempre prometió hacer.
—Me duele tanto, Axel —logró decir Izack entre sollozos, dándose la vuelta despacio hasta quedar de frente, escondiendo el rostro con fuerza en el hueco del cuello de su chico, aferrándose a la tela de su camisa con los puños cerrados con todas sus fuerzas—. Duele en el alma. Quería creer que al menos entre nosotros todo era real. Que al menos eso nadie me lo podía quitar. Y ahora… ahora ya no sé en quién confiar. Ya no sé qué es verdad y qué es actuación. Me siento tan tonto… tan ingenuo… tan roto por dentro que creo que esta vez ya no se puede arreglar nada.
Axel lo apretó aún más contra sí, le pasó una mano larga y cálida por todo el largo del cabello, acariciando desde la frente hasta la nuca una y otra vez con una suavidad que dolía de lo bonito que era, y con la otra le recorría toda la espalda despacio, de los hombros hasta la cintura, subiendo y bajando en un ritmo lento y calmado, como si le cantara una canción sin sonido. Levantó el rostro de Izack entre sus dos manos con muchísimo cuidado, limpió cada lágrima con los pulgares, despacio, una por una, mirándolo fijamente a los ojos con una intensidad y un amor tan grandes que casi se podían tocar.
—Mira bien —le susurró muy bajito, rozando sin cesar la piel de sus mejillas con la yema de los dedos—. Esto es real. Yo soy real. Cada beso, cada abrazo, cada vez que te he cuidado, cada noche que me he quedado despierto solo para vigilar que duermas tranquilo… TODO eso es verdad. Y nada ni nadie en este mundo lo puede cambiar, ni mentirlo, ni quitarlo. Tú no eres tonto. Tú eres bueno. Eres demasiado bueno para este mundo podrido y cruel que nos ha tocado vivir. Y eso no es un defecto. Eso es lo más hermoso que tienes. Y es exactamente por eso que te quiero con cada pedazo de mi alma.
Se inclinó entonces y lo besó. No fue un beso rápido, ni urgente, ni desesperado solo por ganas. Fue **lento, profundo, íntimo hasta los huesos, ardiente y suave al mismo tiempo**, un beso que sabía a lágrimas saladas, a dolor antiguo, a consuelo, a hogar. Sus labios se movieron con calma infinita, tomándose todo el tiempo del mundo, aprendiendo de nuevo cada rincón, cada respiración, cada pequeño temblor que recorría el cuerpo de Izack. Axel lo apretó contra sí pegando cada centímetro posible de sus cuerpos, para que Izack sintiera todo su calor, todo su latido, todo lo que era suyo y de nadie más. Le rozó la espalda baja con las palmas abiertas, subió muy despacio por toda la columna vertebral con las yemas de los dedos, le acarició la nuca, le tomó el rostro entre ambas manos sin separar los labios ni un instante, besándolo una y otra vez, mezclando el aliento, mezclando el corazón, diciendo sin palabras: estoy aquí, no te suelto, te quiero roto o entero, te quiero siempre. Cuando por fin se separaron fue solo por la necesidad estricta de respirar, las frentes pegadas con fuerza, las respiraciones calientes y entrecortadas mezcladas por completo, los ojos cerrados con fuerza.
—Te amo —le dijo Axel en el silencio, con la voz temblando un poquito, porque nunca se lo había dicho tan claro y tan fuerte al mismo tiempo—. Te amo con todo. Y aunque todo el resto sea mentira, aunque todo el mundo mienta y traicione… esto entre nosotros siempre va a ser la verdad más grande que exista. Lo prometo.
Izack volvió a abrazarlo con todas sus fuerzas, escondiéndose otra vez en su cuello, y por primera vez en toda esa tarde horrible, sintió que una pequeña parte del frío se iba de su pecho. No estaba curado. El dolor seguía ahí, enorme y vivo. Pero ya no lo sentía tan solo cargándolo.
Volvieron poco a poco con los demás, tomados de la mano, sin soltarse ni un segundo. Cuando llegaron, encontraron a Tomás todavía de pie en el mismo sitio, sin moverse, y a Héctor, que había recuperado el conocimiento por unos instantes, pálido, débil y con la respiración muy corta, alzando su única mano con la última fuerza que le quedaba, mirando directo a todos con los ojos muy abiertos de puro terror.
—Tomás… no es el catorce —logró balbucear con la garganta llena de sangre seca, casi sin sonido—. Él es… solo el número 6. El catorce… el verdadero jefe… es alguien que… que ustedes creen muerto desde hace años. Está más cerca… mucho más cerca de lo que nunca imaginaron.
Y antes de que pudieran preguntarle absolutamente nada más, los ojos se le voltearon hacia atrás y volvió a desplomarse en el suelo, perdiendo el sentido otra vez, más pálido y frío que antes.
Todos se miraron entre sí, helados la sangre de golpe. Si ni siquiera Tomás era el jefe, si el número 14 era alguien que daban por muerto hacía años… entonces nada de lo que creían saber era real. Nada. Y la peor pesadilla de todas apenas estaba empezando a mostrar su verdadera cara.
**FIN DEL CAPÍTULO 18**