Un paseo escolar a una isla prohibida se convierte en una pesadilla mortal. Una empresa secreta oculta experimentos genéticos con dinosaurios modificados, y cuando alguien libera a todas las criaturas, los barcos huyen en pánico… olvidando a cinco estudiantes abandonados a su suerte.
Dan, un chico de 16 años con una inteligencia que nadie imagina, deberá ocultar su verdadero potencial y sus poderes sobrenaturales mientras él y sus compañeros luchan por sobrevivir. Entre la selva llena de depredadores, secretos terribles, peleas, traiciones, miedos y lazos que se rompen o se fortalecen, tendrán que aprender a confiar los unos en los otros… antes de que se conviertan en la próxima presa.
*
NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 1: EL ENCUENTRO Y EL VIAJE SIN RETORNO
Todo empezó esa mañana en el instituto, cuando el profesor anunció la excursión. Iba a ser una visita guiada a la llamada “Isla de los Fósiles”, un lugar del que casi nadie sabía nada, pero que según los papeles era una reserva natural protegida con restos prehistóricos únicos en el mundo. Nos dijeron que sería una oportunidad irrepetible, y que solo irían los cursos superiores.
Yo estaba sentado en el fondo del aula, como siempre, con la mirada perdida en la ventana y la mente calculando cosas que nadie más entendía. Me llamo Dan, tengo 16 años, y aunque parezca el chico más tranquilo y apartado, sé mucho más de lo que digo. He leído todo lo que se ha publicado sobre esa isla, y todo lo que se ha borrado: no es una reserva, es un lugar prohibido. Pero no dije nada. Sabía que nadie me creería.
—¿Vas a ir, Dan? —me preguntó Leo, sentándose a mi lado. Era mi mejor amigo, el único que no me trataba como si fuera raro—. Dicen que veremos huellas gigantes.
—Iré —respondí bajito—. Pero no será lo que creemos.
Poco después, en la puerta del instituto, se reunieron los otros tres que terminarían siendo mis compañeros en esta pesadilla. Mia llegó con su mochila llena de libretas y material de primeros auxilios; siempre era la más preparada, la que se preocupaba por todos. Detrás vino Álex, con su actitud seria y un poco orgullosa, que miraba la lista de inscritos con desconfianza. Y al final, Bruno, que caminaba despacio, mirando el suelo, como si quisiera pasar desapercibido.
—Parece que somos los cinco los que terminamos yendo juntos —dijo Mia, sonriendo un poco—. No elegimos el grupo, pero bueno… al menos nos conocemos.
—O eso dicen —murmuró Álex, mirándome de reojo—. Espero que no empieces con tus historias extrañas en medio de la isla, Dan. Bastante tenemos con no perdernos.
—No diré nada que no sea necesario —le respondí con calma—. Pero mantened los ojos abiertos. Todo lo que nos han contado es demasiado perfecto para ser verdad.
A la mañana siguiente, muy temprano, nos encontramos en el puerto. El cielo estaba gris, el mar se veía oscuro y el aire traía un frío que no correspondía a la época del año. Subimos al ferry, y mientras el resto de los estudiantes hablaban y reían, nosotros cinco nos quedamos juntos en la parte trasera. No éramos amigos inseparables, pero en ese viaje empezamos a darnos cuenta de que teníamos algo en común: la sensación de que algo no iba bien.
Cruzamos el mar durante casi dos horas. A medida que nos acercábamos, una niebla espesa empezó a rodear el barco, y la isla apareció de golpe entre la bruma: llena de árboles altos y oscuros, con muros de hormigón que se veían entre la vegetación, y ninguna señal de casas o caminos. El silencio se apoderó de la cubierta. Ya no había risas.
—¿Están seguros de que aquí hay una reserva? —preguntó Bruno, con voz temblorosa—. No se ve nada… natural.
—Exactamente —dije yo—. Aquí no se ha dejado que la naturaleza siga su curso. Aquí se ha forzado.
Cuando el ferry atracó, nos recibieron personas con uniformes serios, que no sonreían y nos apresuraron a bajar. No nos dejaron caminar libremente, nos guiaron por un camino marcado con cuerdas rojas, como si no pudieramos dar ni un paso fuera de él. Y entonces sucedió todo demasiado rápido.
El suelo tembló con violencia. Una alarma ensordecedora sonó por toda la isla. Se escucharon ruidos metálicos, como si cientos de puertas gigantes se abrieran al mismo tiempo. Y luego gritos, desesperados, que venían de dentro de la selva.
—¡Salid ahora! —gritó uno de los guías, corriendo hacia el barco—. ¡Se han abierto los recintos! No son animales normales… ¡corred!
El caos estalló. Todos empujaban para subir al ferry. Nosotros nos detuvimos un instante para ayudar a una chica que se había caído, y cuando volvimos la vista atrás… el barco ya se alejaba. Se habían ido. Nos habían dejado solos en la isla prohibida.
Miré a mis cuatro compañeros. Leo tenía la mandíbula tensa, pero no se apartó. Mia se mordía el labio, pero sostenía con fuerza su mochila. Álex miraba el mar con rabia, y luego a la selva con miedo. Bruno se acercó más al grupo.
—No es momento de culpas —dije, poniéndome al frente—. Vinimos juntos, nos quedamos juntos. Y ahora tenemos que entender qué es lo que han soltado aquí, y cómo sobrevivir a ello.
En ese momento, desde lo profundo de los árboles, llegó un rugido. No era el sonido de una bestia salvaje: era el grito de algo que había sufrido, que estaba furioso, y que sabía exactamente dónde estábamos.
**FIN DEL CAPÍTULO 1**
saludos.