Dedicó cada día de su vida en esa cocina a cumplir la promesa que le hizo a su hermana, la persona que más amaba y que el cáncer se llevó. Pero sin aviso, sin motivos claros, le dieron la despedida: ya no tenía lugar allí. Su mundo se vino abajo… hasta que le dijeron que tenía que preparar un último platillo.
El cliente era él: un hombre que llevaba tiempo desapareciendo poco a poco, porque su cuerpo se negaba a aceptar comida de nadie, a rechazar cualquier sabor que no viniera de esas manos. Al probar ese último bocado que ella cocinó con el corazón roto, todo cambió: fue la primera vez en meses que su cuerpo lo aceptó, que supo saborear de nuevo.
Ese día perdió su trabajo… pero encontró la única razón para volver a cocinar. Y él encontró a la única persona que podía devolverle la vida.
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CAPITULO 10 ENTRE FLORES
Los días siguientes se convirtieron en una ráfaga de momentos que guardaré para siempre. La primera salida fue al antro del centro: luces de neón que se reflejaban en el piso pulido, música que hacía vibrar el pecho y gente que bailaba sin preocuparse por nada más que el ritmo. Fuimos los cinco juntos, y al principio nos quedamos cerca de la entrada, hasta que Enrique soltó una carcajada y jaló a Tim del brazo:
—¡Vamos a probar suerte allá atrás! No pierden nada con intentarlo.
Agustín los siguió de inmediato, guiñándonos un ojo:
—Nos vemos luego, chicos. Disfruten la pista.
Los vi alejarse hacia el estacionamiento y los baños del local con chicas: siempre habían sido así, entregados y apasionados, sin miedo a dejarse llevar por lo que sentían, y respetábamos su forma de ser tanto como ellos respetaban la nuestra. Mientras tanto, Adrián se giró hacia mí y extendió la mano:
—¿Bailamos? No dejes que se te escapen estas canciones.
Pasamos horas en la pista: él me hacía girar al ritmo de la música, nos reíamos cuando tropezábamos con alguien, y yo sacaba el teléfono para guardar cada instante: fotos con Adrián abrazándome por los hombros, selfies con Enrique cuando volvieron a buscar agua, historias donde se veían las luces moviéndose y nuestras caras iluminadas de alegría. En las redes escribí: “Mi gente favorita, en cualquier lugar”.
Los días alternábamos planes: una mañana nos levantamos temprano para caminar por los senderos de las montañas cercanas, donde el aire era fresco y olía a pino y tierra húmeda; otra tarde fuimos al centro histórico, recorrimos las calles empedradas y probamos dulces típicos; visitamos cascadas, plazas y miradores, y siempre subía fotos: mis pies sobre la hierba, el grupo completo frente al lago, cada risa que lograba capturar.
Pero cuando caía la tarde, Adrián desaparecía con una sonrisa tranquila. Papá le prestaba la camioneta sin dudarlo, y antes de cerrar la puerta del conductor él siempre le decía:
—Vuelvo luego, suegro. No se preocupe.
Y papá solo soltaba una risa y le hacía una señal con la mano:
—Vete con cuidado, muchacho. Cuídala mucho.
Esos momentos eran solo para ellos: iban a parques con bancos cómodos, cafeterías con mesas cerca de las ventanas, miradores accesibles donde no había que subir escaleras ni caminar mucho. Rosa se sentía segura a su lado, y él siempre se adaptaba a su ritmo, sin pedirle nunca más de lo que su cuerpo podía dar.
La charla que cambió todo
El domingo por la noche, cuando ya todo estaba en silencio en la casa, Adrián buscó a papá en el porche, donde estaba tomando el aire antes de dormir.
—Suegro… ¿puedo hablarle un momento en privado? —preguntó, con la voz seria pero sin inseguridad.
Papá se giró y le hizo espacio en el banco.
—Claro que sí, hijo. Dime lo que tengas que decir.
Adrián se pasó una mano por el pelo, tomó aire y lo miró a los ojos:
—Quiero pedirle permiso para llevar a Rosa a la cabaña. Sé que planeamos ir todos una semana, pero yo solo quiero llevarla dos días, nada más. Y… hay algo más. Voy a preguntarle si quiere ser mi novia. Y quería saber si usted está de acuerdo.
Papá se quedó callado unos segundos, mirando el jardín oscuro, luego asintió y entró a buscar a mamá. Hablaron bajito en la cocina unos minutos: ella le contó cómo Rosa brillaba cada vez que recibía un mensaje, cómo recuperaba fuerzas cuando él la llamaba, y papá terminó sonriendo. Volvieron al porche juntos.
—Está bien —dijo papá, y mamá asintió a su lado—. Confiamos en ti, Adrián. Cuídala como lo has hecho hasta ahora.
—¡Gracias! Gracias, suegros —exclamó él, con los ojos brillantes—. No se van a arrepentir.
Cuando fue a contárselo a Rosa, ella se tapó la boca con las manos y se le llenaron los ojos de lágrimas de felicidad. Yo los miraba desde la puerta, y me sorprendía de nuevo: nadie nunca se había tomado su tiempo, su salud y su corazón con tanta seriedad como él.
La propuesta junto al lago
(Narrado por Adrián)
La llevé hasta el pequeño lago que había a diez minutos de la cabaña. Había llegado una hora antes para preparar todo: esparcí pétalos de margaritas y rosas silvestres por la orilla, colgué farolitos pequeños entre las ramas de los árboles y puse velas seguras sobre las piedras planas, para que el viento no las apagara. En el centro, una manta suave y un ramo de las flores que más le gustan.
Cuando la ayudé a bajar del coche y vio todo, se detuvo y me miró como si no pudiera creerlo. Me arrodillé frente a ella, igual que aquella vez en su habitación, y tomé sus manos entre las mías.
—Rosa —le dije, con la voz temblando un poco de emoción—. Desde la primera vez que te vi en esa videollamada, supe que eras diferente. He aprendido a caminar a tu ritmo, a esperar tus fuerzas, a quererte exactamente como eres. ¿Quieres ser mi novia?
Ella asintió sin dudarlo, y las lágrimas le rodaron por las mejillas.
—Sí —susurró—. Sí, quiero.
Nos sentamos juntos y hablamos hasta que salieron las estrellas: de lo que soñábamos, de los miedos que teníamos, de todo lo que queríamos vivir. Yo les tomé miles de fotos: las velas brillando en la oscuridad, sus manos entrelazadas, la sonrisa que no se le borró en toda la noche, la forma en que él la miraba como si ella fuera lo más precioso del mundo.
El regreso y la petición final
(Narrado por Adrián y Rosa)
A la mañana siguiente, sobre las diez, nos preparamos para volver a la ciudad. Los demás se quedarían en la cabaña unos días más. Me despedí de todos, subí a Rosa a la camioneta con mucho cuidado y arranqué el viaje.
—Ya le avisé a tu papá que vamos bien —le dije, señalando el teléfono—. Todo va según lo planeado.
—Gracias —me dijo ella, apretando mi mano—. Gracias por todo.
Llegamos a casa dos horas después. Bajé primero y luego la cargué entre mis brazos hasta la puerta.
—Hola, suegro —saludé, mientras papá salía a recibirnos.
—Hola, niño —respondió él, acariciando la cabeza de Rosa—. ¿Cómo les fue?
—Muy bien —dije, sonriendo—. Y oficialmente… ya puede decirme así, porque soy su yerno.
Papá me dio una palmada fuerte y cariñosa en la espalda, y luego se giró hacia su hija:
—Qué bueno que ya estás aquí, mi vida. Te extrañé desde que te fuiste.
—Papá, si apenas pasaron dos días —se rió ella.
—Para mí fue como un mes —respondió él, y le dio un beso en la frente—. Vete a bañar y descansa, ¿sí?
—Sí, papá.