Sinopsis
Hay dolores que sanan con el tiempo.
Y hay otros que abren puertas.
En el Japón actual, una serie de desapariciones y muertes inexplicables tiene un inquietante punto en común: todas las víctimas atravesaban un profundo sufrimiento antes de que el horror comenzara.
Cuando una joven, devastada por una ruptura amorosa, empieza a experimentar sucesos imposibles, el investigador Gabriel Salazar descubre que una antigua entidad demoníaca intenta apoderarse de su cuerpo. Pero salvarla no será suficiente. Detrás de esa posesión se oculta un plan mucho más oscuro, capaz de cambiar para siempre el mundo de los vivos.
Porque los demonios no derriban puertas...
Esperan a que alguien las abra.
NovelToon tiene autorización de Gil Carcamo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 18
El rostro borrado
Nadie habló.
La vieja fotografía permanecía extendida sobre la mesa de madera.
El anciano seguía observándola como si acabara de encontrarse con un fantasma.
Gabriel rompió el silencio.
—¿Está completamente seguro de lo que acaba de decir?
El librero levantó lentamente la vista.
No había duda en sus ojos.
Solo miedo.
—Esa fotografía estuvo aquí hace treinta y dos años.
Hayato Mori me la mostró.
El rostro de ese hombre podía verse con claridad.
Gabriel sintió un vacío en el estómago.
Volvió a mirar la imagen.
El corte era demasiado limpio.
Como si una hoja afilada hubiera pasado exactamente sobre la cara del cuarto hombre.
Pero el papel no presentaba fibras levantadas ni señales recientes.
Parecía una herida tan antigua como la propia fotografía.
—Eso es imposible... —murmuró Valeria.
—En Minakami —respondió el anciano— hace mucho tiempo aprendimos que hay cosas imposibles...
...hasta que suceden por segunda vez.
El anciano guardó silencio durante unos instantes.
Después cerró con llave la puerta de la librería.
Bajó las cortinas.
Solo entonces volvió a hablar.
—Si el rostro desapareció, significa que alguien ya empezó a olvidarlo.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Olvidarlo quién?
El anciano negó con lentitud.
—No una persona.
El Umbral.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
—El Umbral no solo abre puertas —continuó—. También devora nombres, recuerdos... e historias. Cuando termina con una persona, es como si nunca hubiera existido.
Valeria sintió un escalofrío.
Pensó en la estación que no aparecía en ningún mapa.
En el pueblo del que nadie hablaba.
En Yomizaka.
Todo parecía seguir el mismo patrón.
No era destrucción.
Era olvido.
El anciano tomó el mapa de las montañas y señaló el círculo central.
—Hayato vino porque buscaba este lugar.
Yomizaka.
El pueblo que fue borrado de la memoria.
—¿Llegó hasta allí? —preguntó Gabriel.
El hombre asintió.
—Sí.
Pero regresó solo.
Gabriel sintió que el corazón se aceleraba.
—¿Solo?
—No era así cuando se marchó.
El silencio volvió a llenar la habitación.
—Hayato llegó acompañado de una joven.
Nunca volvió con ella.
Valeria notó cómo Gabriel apretaba los puños.
Jamás había mencionado ese detalle.
Porque nunca lo supo.
—¿Quién era ella?
El anciano cerró los ojos.
—No puedo recordarlo.
Y eso es lo que más me aterra.
Sé que la conocí.
Sé que hablamos durante horas.
Pero su rostro...
...ha desaparecido de mi memoria.
Un golpe seco resonó en el piso superior de la librería.
Los tres levantaron la cabeza al mismo tiempo.
Otro golpe.
Más fuerte.
Como si alguien caminara lentamente sobre las viejas tablas de madera.
El anciano palideció.
—No puede ser...
Gabriel apagó la linterna por instinto.
—¿Vive alguien arriba?
El hombre respondió sin apartar la vista del techo.
—Hace quince años que no.
Los pasos continuaron.
Lentos.
Arrastrados.
Uno.
Dos.
Tres.
Hasta detenerse exactamente sobre ellos.
El edificio entero crujió.
Después...
Silencio.
Gabriel desenfundó la pequeña linterna de luz cálida que siempre llevaba como respaldo.
No quería inundar el lugar con demasiada luz.
Había aprendido que algunas entidades reaccionaban a ella.
—Quédense aquí.
Subió despacio la vieja escalera.
Cada peldaño se quejaba bajo su peso.
Al llegar al segundo piso encontró una única puerta entreabierta.
Empujó con cuidado.
La habitación estaba cubierta de polvo.
Había estanterías vacías.
Un escritorio.
Una ventana abierta.
Nadie.
Pero algo llamó su atención.
Sobre el escritorio descansaba un cuaderno.
No tenía polvo.
Como si hubiera sido colocado allí hacía apenas unos minutos.
Gabriel lo abrió.
Las primeras páginas estaban completamente en blanco.
Hasta que llegó a la última.
Solo había una frase escrita con una caligrafía elegante.
"Él ya sabe que ustedes recuerdan."
Gabriel sintió un escalofrío.
Pasó la página.
No había otra.
Cuando volvió a mirar la frase...
Había cambiado.
Ahora decía:
"No vuelvan a pronunciar el nombre de Yomizaka."
La tinta comenzó a deslizarse sobre el papel.
Las letras se deformaron.
Como si estuvieran vivas.
Una tercera frase apareció lentamente.
Gabriel sintió que el aire se congelaba.
"Demasiado tarde."
En ese mismo instante, un estruendo sacudió toda la librería.
Desde la planta baja se escuchó el grito desesperado de Valeria.
—¡Gabriel!
Él bajó la escalera de un salto.
Encontró a Valeria inmóvil, señalando hacia la ventana.
El anciano había desaparecido.
La puerta seguía cerrada con llave.
Ningún cristal estaba roto.
No había señales de lucha.
Solo quedaba su bastón apoyado contra el mostrador.
Y sobre el mapa de las montañas, escrito con una tinta tan negra que parecía absorber la luz, había aparecido un nuevo mensaje.
"Ya encontré el nombre que buscaban."
Gabriel comprendió al instante lo que significaba.
No eran ellos quienes perseguían a la Segunda Llave.
Alguien...
...acababa de encontrarla primero.