Cinco años habían transcurrido desde que el Imperio dejó atrás la guerra que amenazó con consumirlo.
Las cicatrices seguían ahí, aunque ocultas bajo el esplendor de una nueva era.
Las ciudades prosperaban, las rutas comerciales se habían extendido hasta reinos que antes eran enemigos y el pueblo vivía una estabilidad que muchos creían imposible.
Pero la paz no eliminaba las ambiciones.
Solo les daba tiempo para crecer.
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La llegada de los soberanos.
Quince días transcurrieron desde que el Gran Templo envió los pergaminos sellados a todos los rincones del continente.
Durante esas dos semanas, la capital imperial cambió por completo.
Las calles fueron adornadas con los estandartes de las naciones invitadas. Los jardines del palacio florecieron bajo el cuidado de cientos de jardineros, mientras los artesanos trabajaban día y noche restaurando fuentes, plazas y salones que recibirían a los gobernantes más poderosos del mundo.
Sin embargo, detrás de aquella imagen de prosperidad, la vigilancia nunca había sido tan estricta.
Dominic reorganizó toda la Guardia Imperial.
Duplicó los centinelas en las murallas, estableció patrullas permanentes en los caminos que conducían a la capital y ordenó que cada carruaje extranjero fuera inspeccionado antes de cruzar las puertas de la ciudad.
Nadie protestó.
Todos comprendían que aquella reunión no era una celebración.
Era una advertencia.
En esos quince días, Sacha apenas encontró tiempo para descansar.
Cada mañana visitaba hospitales, revisaba los informes de abastecimiento y supervisaba la preparación de los alojamientos para las delegaciones extranjeras.
También mantuvo varias reuniones con Simone y la emperatriz.
—Las habitaciones del ala este serán para las familias imperiales —explicó Simone mientras señalaba un plano del palacio—. Los grandes duques ocuparán el ala sur, y los representantes del Templo estarán cerca del salón principal.
Sacha observó el plano con atención.
—Quiero que los sanadores permanezcan de guardia durante toda la reunión.
La emperatriz arqueó una ceja.
—¿Crees que será necesario?
—Espero que no.
Pero prefiero estar preparada.
La emperatriz sonrió con orgullo.
Cinco años atrás, aquella joven reaccionaba al peligro.
Ahora aprendía a anticiparlo.
Serafis tampoco había descansado.
Durante aquellas dos semanas reunió todos los registros sobre los Heraldos.
Mapas.
Manuscritos.
Testimonios de supervivientes.
Restos de magia encontrados en los lugares atacados.
Incluso recuperó documentos que llevaban siglos ocultos en la biblioteca prohibida del Templo.
Sabía que, cuando todos los gobernantes estuvieran reunidos, no bastaría con decirles que existía una amenaza.
Debía demostrarlo.
La mañana del decimosexto día, las enormes puertas de la capital se abrieron de par en par.
La primera delegación apareció antes del amanecer.
Caballeros con armaduras doradas.
Carros cargados de regalos diplomáticos.
Banderas desconocidas ondeando con el viento.
Poco después llegaron los representantes de otros reinos.
Al mediodía, la ciudad ya hablaba en decenas de idiomas distintos.
Los comerciantes sonreían.
Los ciudadanos observaban con curiosidad a los visitantes.
Para el pueblo era un acontecimiento histórico.
Nunca antes tantos soberanos habían pisado la misma capital.
Desde uno de los balcones del palacio, el pequeño hijo de Edward y Simone miraba fascinado el desfile.
—¡Mamá!
¡Mira cuántos caballos!
Simone sonrió.
—Y todavía faltan muchos más.
El niño abrió mucho los ojos.
—¿Vendrán todos los reyes?
Edward, que acababa de llegar, lo levantó en brazos.
—Casi todos.
—¿Y por qué vienen?
Edward intercambió una mirada con Simone antes de responder.
—Porque cuando el peligro amenaza a todos...
Hasta los hombres más poderosos deben sentarse a hablar.
El pequeño pareció pensar en aquellas palabras.
Luego asintió muy serio.
Como si hubiera comprendido mucho más de lo que correspondía a un niño de tres años.
Al caer la tarde, un sonido de trompetas anunció la llegada de una nueva comitiva.
No era la más numerosa.
Pero sí la más elegante.
Los carruajes estaban construidos con una piedra blanca que brillaba bajo la luz del sol.
Los caballos lucían armaduras plateadas.
Y los soldados portaban bastones adornados con cristales mágicos en lugar de lanzas.
Los nobles comenzaron a murmurar.
—¿Quiénes son?
—Nunca había visto ese estandarte...
—Es el Imperio de Asteria.
Dicen que su familia imperial domina una antigua magia.
El carruaje principal se detuvo lentamente frente a la escalinata del palacio.
Un sirviente abrió la puerta.
Primero descendió un joven príncipe de porte elegante.
Después...
Una mujer de presencia imponente apoyó un pie sobre el suelo.
Su cabello rubio estaba recogido con sencillez, y la corona que llevaba era mucho menos ostentosa que la de otros emperadores.
Sin embargo, bastó su presencia para que toda la conversación cesara.
Todos la miraban con asombro, pero nadie se atrevía a decir nada.
Aquella mujer.
Observó el palacio durante unos segundos.
Después levantó la vista hacia el enorme escudo grabado sobre la entrada principal.
El mismo escudo que, muchos años atrás, había visto por última vez cuando se despidió de una adolescente llamada Sarah.
Su corazón latió con fuerza.
Apretó suavemente la vieja carta que llevaba oculta entre sus pertenencias.
—Hemos llegado...
Susurró para sí.
Sin saber que, al cruzar aquellas puertas, descubriría una verdad que cambiaría todo lo que había creído durante los últimos veinte años.
Y, en algún lugar del continente, muy por encima de las nubes, un Heraldo extendió sus alas negras y sonrió.
Los soberanos ya estaban reunidos.
La siguiente pieza del tablero estaba a punto de moverse.