Valeria solo quería encajar. Por eso aceptó ir a esa fiesta con sus compañeras de universidad, sin sospechar que su presencia molestaba más de lo que creía. Su brillante expediente académico y la atención involuntaria del chico más codiciado del campus la habían convertido en el blanco de una envidia silenciosa. Esa noche, una trampa meticulosamente diseñada destruyó su reputación en cuestión de horas y alteró el curso de su vida para siempre.
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Capítulo XXIV El compromiso (parte I)
La luz dorada del atardecer comenzó a extinguirse tras los enormes rascacielos de la ciudad, dando paso a los matices azulados del anochecer. Dante abrió los ojos despacio, tomando conciencia del peso cálido y suave que descansaba sobre su pecho. Al mirar hacia abajo, descubrió a Valeria durmiendo plácidamente, con la respiración tranquila y una expresión de absoluta paz que jamás le había visto.
Un sentimiento desconocido, hondo y protector, le oprimió el pecho. Con la yema de los dedos, apartó con extrema delicadeza un mechón de cabello que le cubría la mejilla. No pudo evitar sonreír al ver la transformación: la tensión que ella siempre cargaba sobre los hombros se había disipado por completo.
Se inclinó ligeramente y depositó un beso tierno sobre sus labios entornados. Valeria se removió con un leve murmullo, ajustando el edredón sobre sus hombros desnudos mientras buscaba instintivamente más de su calor.
—Nada me gustaría más que quedarme en esta cama contigo toda la noche… pero tenemos un compromiso que cumplir —susurró Dante muy cerca de su oído, rozando su barbilla contra la piel tibia de su hombro.
Valeria abrió los ojos de manera perezosa. La luz tenue de la habitación se reflejó en sus pupilas claras, que tardaron apenas un segundo en enfocar el rostro de su esposo. Al recordar todo lo vivido horas antes, un sonrojo cálido le tiñó las mejillas, pero no apartó la mirada.
—Sí, lo sé. Es hora de ir a defender tu legado —dijo ella, girándose sobre el colchón para quedar frente a frente, apoyando una mano sobre el tórax desnudo de Dante.
Dante la observó con una mezcla de fascinación y sutil inquietud. Pasó los nudillos con delicadeza por su mejilla.
—¿Estás bien para asistir? ¿Sientes alguna molestia? —preguntó con genuina preocupación, bajando la voz.
—Estoy bien… se podría decir que mucho más que bien —respondió Valeria, dejando escapar una sonrisa radiante que terminó de disipar cualquier duda en él.
Dante sonrió de lado y se inclinó para besarla de nuevo, un beso profundo y firme que selló una promesa silenciosa: a partir de ese instante, nadie volvería a lastimarla.
La dinámica entre los dos cambió drásticamente a partir de esa tarde. La distancia helada y el trato distante que habían mantenido como escudo desaparecieron por completo. Mientras se preparaban en el vestidor principal, el ambiente estaba impregnado de una complicidad electrizante. Ya no eran dos desconocidos unidos por un contrato de conveniencia, sino una pareja conectada por un lazo indestructible.
Dante no podía mantener las manos quietas. Mientras Valeria terminaba de peinarse frente al tocador, él se acercaba por detrás para abrazarla por la cintura, besarle el cuello o simplemente mirarla a través del espejo con un orgullo indisimulado. Valeria, por su parte, le acomodó el nudo de la corbata con manos temblorosas pero decididas, disfrutando de la firmeza con la que él la sostenía de la cadera para no perder el contacto.
Dos horas más tarde, ambos estaban listos para encarar la prueba de fuego. El evento no se realizaría en un hotel ni en un salón convencional, sino en la histórica residencia patriarcal de la familia Salazar, el lugar donde Don Franco reinaba y donde cada rincón respiraba poder, secretos y dinero antiguo.
Dante lucía sencillamente imponente. Vestía un traje de etiqueta hecho a medida en tono azul noche, confeccionado en lana super fina con solapas de raso negro que resaltaban la firmeza de sus hombros y su porte atlético. La camisa blanca de hilo impecable contrastaba con una corbata de seda oscura y unos gemelos de platino pulido. Cada detalle en su aspecto proyectaba la autoridad indiscutible del hombre que llevaba las riendas del imperio familiar.
A su lado, Valeria era la definición misma de la elegancia sobria y deslumbrante. Dante se había encargado personalmente de que tuviera lo mejor para esa noche. Llevaba un vestido largo de corte sirena en terciopelo verde esmeralda, un tono que hacía resaltar de forma espectacular la palidez cálida de su piel y el brillo de sus ojos. El diseño, de manga larga y escote barco, caía con una caída fluida hasta el suelo, abrazando sus curvas con sutileza sin perder un ápice de sofisticación. Llevaba el cabello recogido en un moño bajo pulido, dejando al descubierto su cuello estilizado, donde una delicada gargantilla de diamantes que Dante le había colocado minutos antes de salir.
No parecía la mujer amedrentada que alguna vez sirvió en una casa ajena; lucía, en toda la extensión de la palabra, como una verdadera Salazar.
El trayecto en el automóvil blindado transcurrió en un silencio cargado de expectativa. Dante mantuvo la mano de Valeria fuertemente entrelazada con la suya sobre su regazo durante todo el camino. Sentir el pulso firme de su esposo le daba a Valeria la entereza que necesitaba para no flaquear.
El vehículo se detuvo finalmente ante las monumentales puertas de hierro forgado de la mansión Salazar. A través de los cristales tintados, se podía ver la gran entrada iluminada con luces cálidas, docenas de automóviles de lujo aparcados a lo largo del sendero de gravilla y camareros en la escalinata recibiendo a lo más selecto de la alta sociedad.
El chófer apresuró el paso para abrir la puerta del vehículo. Dante salió primero, abotonándose el saco con un movimiento fluido. Se giró de inmediato y le ofreció la mano a su esposa con una inclinación respetuosa.
Valeria apoyó los dedos sobre la palma de Dante y descendió del auto con la cabeza en alto, sintiendo el aire fresco de la noche rozarle el rostro. Al posar los pies sobre la escalinata de mármol, el murmullo de la música de cámara y las risas apagadas de los invitados dentro de la propiedad llegaron a sus oídos.
Dante la atrajo hacia su costado, haciendo que ella pasara el brazo por el suyo. Su agarre sobre la mano de Valeria era como una armadura invisible.
—Recuerda quién eres y de quién estás tomada del brazo —le murmuró Dante al oído, con una voz grave llena de advertencia para los buitres que los esperaban adentro —. Esta noche, el juego lo dominamos nosotros.
Valeria ajustó su agarre, respiró hondo y le dedicó una mirada llena de absoluta confianza.
—Estoy lista, Dante.
Juntos, con paso firme y sincronizado, cruzaron el majestuoso umbral de la residencia de Don Franco Salazar, listos para desatar la tormenta.
se me hizo tan corta y muy buena 👍😍