Antonia Valentini es una talentosa actriz de teatro que ha conquistado al público con su impecable interpretación de cada personaje. Su belleza, dulzura y noble corazón la convierten en una mujer admirada por todos los que la conocen. Lejos del brillo de los escenarios, dedica su vida a cuidar de su madre enferma y a apoyar a su hermano menor, Lorenzo Valentini, quien cursa su último año de instituto. El salario que recibe apenas alcanza para cubrir los medicamentos de su madre y los estudios de Lorenzo, pero jamás se ha rendido.
Su tranquila existencia cambia por completo cuando Aaron De Santis, el frío e implacable CEO de una de las corporaciones más poderosas del país, se convierte en el nuevo patrocinador del teatro donde ella trabaja.
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Capitulo 6
La puerta de casa se cerró tras de mí con un sonido sordo, y Antonia se apoyó unos segundos en la madera fría, intentando recobrar el aliento y borrar de su rostro las huellas del llanto. No tuvo tiempo de recomponerse: Lorenzo estaba allí de pie, en el pasillo, con los ojos fijos en ella, llenos de preocupación.
—¿Antonia? —dijo él, dando un paso hacia ella—. ¿Qué pasó? Te fuiste temprano y vuelves así… pálida, con los ojos hinchados. ¿Te hizo algo ese hombre?
Ella forzó una sonrisa que le dolió más que un golpe, y pasó una mano por su cabello desordenado.
—No, hermanito. No me hizo nada. Solo… fue una reunión muy larga y agotadora. Me duele la cabeza, nada más.
Lorenzo negó con la cabeza, sin dejarla pasar.
—No es verdad. Tú no lloras por un dolor de cabeza. ¿Qué te propuso? ¿Por qué estás así? —insistió, tomándola suavemente de los hombros—. Dime la verdad, por favor. Ya soy grande, puedo aguantarlo.
Antonia sintió que el corazón se le partía en dos. Quería contárselo todo, gritar que un monstruo los tenía acorralados, pero sabía que solo le cargaría de un peso que no le correspondía llevar.
—Lorenzo, escúchame —le dijo, tomándole la cara entre sus manos—. Todo va a estar bien. El señor De Santis… me ofreció una ayuda económica para pagar lo de mamá. Nada más. Me quedé pensando en lo afortunados que somos, eso es todo.
—¿Ayuda? ¿Y por qué te ves como si te hubieras roto por dentro? —cuestionó él, sin creerle—. Nadie da nada gratis, hermana. ¿Qué te pidió a cambio?
—No me pidió nada que yo no pueda dar —mintió ella, bajando la mirada—. Solo trabajo extra en el teatro, acompañarlo a algunos eventos… cosas así. Nada malo.
El joven la miró en silencio unos instantes, y aunque no le creyó del todo, vio que no sacaría nada más de ella.
—Espero que sea verdad —susurró finalmente—. Porque si alguien te hace daño, si te obligan a hacer algo que no quieres… yo me encargo. Ya no soy un niño.
Antonia lo abrazó con todas sus fuerzas, escondiendo su rostro en su hombro para que no viera que volvía a llorar.
—Lo sé, mi amor. Lo sé. Pero ahora confía en mí. Yo me encargo de todo. Solo sigue estudiando, sé feliz… eso es lo único que necesito.
Esa noche, cuando la casa quedó en silencio, Antonia se sentó junto a la ventana abierta, mirando la oscuridad sin ver nada. En su mente se repetían una y otra vez las palabras de Aarón: “Tú decides: tu orgullo… o ellos”.
—¿Por qué es tan difícil? —susurró al vacío, apretando los puños sobre sus rodillas—. ¿Por qué tengo que elegir entre ser libre o salvarlos? ¿Por qué el precio de su vida tiene que ser mi alma?
Cada vez que pensaba en decir que sí, sentía que se ahogaba. Pero cada vez que pensaba en decir que no, veía el rostro pálido de su madre sin aire, veía a Lorenzo cargando con una culpa que no era suya. Pasó las horas así, luchando consigo misma, entre la rabia y el amor, hasta que los primeros rayos del sol comenzaron a teñir el cielo de gris. Sabía que cuando saliera el sol, tendría que dar una respuesta. Y sabía también, en lo más profundo de su corazón, que su orgullo ya había perdido la batalla.
Lorenzo se separó lentamente de su abrazo, y la miró a los ojos con una seriedad que parecía la de un hombre mucho mayor que sus diecisiete años.
—Hermana, mírame bien —le pidió, tomándola suavemente por los brazos—. Tú me has enseñado siempre que las cosas que valen la pena se consiguen con esfuerzo y dignidad. ¿Por qué ahora quieres aceptar una ayuda que te cambia la cara? Te conozco mejor que nadie. Tú no estás contenta. Estás aterrorizada.
Antonia sintió que se le desgarraba el pecho. Quería gritar, quería arroparse a su cuello y decirle que sí, que tenía miedo, que un hombre poderoso los tenía contra la pared y que no sabía cómo salir de allí. Pero al recordar la mirada amenazante de Aarón, se tragó las lágrimas y endureció el corazón.
—Es solo que me preocupa —insistió ella, apartando la mirada—. Me preocupa no estar a la altura de lo que pide. Me preocupa fallar. Pero no tienes de qué temer, Lorenzo. Yo sé lo que hago.
—¿Lo sabes de verdad? —insistió él, sin soltarla—. Ese hombre… todo el mundo dice que es cruel, que no le importa destruir a quien se le ponga por delante. ¿Estás segura de que no te está pidiendo algo de lo que luego te arrepentirás? Dime, por favor… ¿te ha hecho alguna propuesta vergonzosa?
La pregunta cayó como un martillazo. Antonia palideció y dio un paso atrás, llevándose una mano a la boca.
—¡No digas eso! —exclamó, con voz entrecortada—. ¡Jamás! Él solo… él solo quiere asegurarse de que su inversión vale la pena. Nada más. Ahora déjalo ya, por favor. No quiero hablar más de él. Tengo que ver cómo le va a mamá.
Se dio la vuelta rápidamente y entró en la habitación de su madre, cerrando la puerta tras de sí para no ver la mirada dolida de su hermano. Allí, junto a la cama, vio a Elisa durmiendo tranquila, y el dolor se le hizo insoportable. Se dejó caer de rodillas al borde del colchón, tomando la mano delgada y tibia de la mujer.
—Perdóname, mamá —susurró entre sollozos ahogados—. Perdóname si tengo que entregarme a la oscuridad para que tú puedas ver el sol un día más. Perdóname por tener que mentirle a Lorenzo, por tener que callar, por tener que traicionarme a mí misma. No quiero hacerlo… ¡Dios sabe que no quiero! Pero no puedo perderlos. No puedo.
Pasó horas allí, despierta, mientras la noche avanzaba pesada y lenta. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro frío de Aarón diciéndole: “¿Tu orgullo… o ellos?”. Y cada vez que abría los ojos, veía la respiración débil de su madre y la promesa que le había hecho a su padre antes de morir: “Cúidalos a todos, Antonia. Sé fuerte”.
—¿Cómo se hace para ser fuerte cuando te rompen en pedazos? —se preguntó en voz baja, mirando la oscuridad de la habitación—. ¿Cómo se sigue adelante cuando sabes que vas a dejar de ser tú misma?
A la madrugada, escuchó un suave roce en la puerta. Se giró y vio a Lorenzo allí parado, con los ojos rojos, sosteniendo una manta en la mano. Se acercó en silencio y se la puso sobre los hombros.
—No he podido dormir —le dijo en un susurro—. Sé que me mientes, Antonia. Sé que te estás llevando todo el peso tú sola. Pero si decides hacerlo… si decides aceptar esa ayuda… prométeme que te cuidarás. Prométeme que no te dejarás vencer por dentro.
Antonia lo miró, y esta vez no pudo mentirle más. Asintió con la cabeza, mientras una lágrima caía sobre su mano.
—Te lo prometo, hermanito. Pase lo que pase… intentaré no perderme del todo.