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El capitán que perdió el control por mí

El capitán que perdió el control por mí

Status: Terminada
Genre:Amor de la infancia / Aventura de una noche / Amor-odio / Completas
Popularitas:13.5k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Valentina Mendoza está acostumbrada a mantener todo bajo control. Como controladora aérea, sabe que un solo error puede convertir el cielo en un desastre. Pero su vida se sale de rumbo cuando Sebastián del Fuego reaparece frente a ella.
Él fue su rival en el bachillerato. Ahora es un capitán arrogante, irresistible y heredero de una de las aerolíneas más poderosas del país. Sebastián siempre ha vivido siguiendo reglas estrictas, hasta que una noche con Valentina destruye todos sus límites.
Cuando un embarazo inesperado vuelve a unirlos, Valentina se niega a convertirse en una carga o en una pieza más dentro de los negocios de dos familias enfrentadas. Tiene problemas más urgentes: un padre que solo piensa en sus intereses, una media hermana dispuesta a destruirla y el secreto detrás del accidente que dejó a su madre sin despertar durante diez años.
Valentina quiere justicia. Sebastián solo quiere permanecer a su lado, aunque para hacerlo tenga que enfrentarse a su familia, renunciar a la vida que habían planeado para él y demostrarle que esta vez no piensa abandonarla.
Entre amenazas, secretos y traiciones, ambos descubrirán que incluso el piloto más disciplinado puede perder el control cuando se enamora de la única mujer que nunca pudo olvidar.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20

...Val....

Abuelita no estaba.

La habitación 307 del ala norte de Clínica Santa Lucía estaba vacía. La cama hecha, las flores secas, el crucifijo en la pared. Todo igual. Excepto que mi abuela no estaba.

—Disculpe —le dije a la enfermera del turno con la voz temblándome—. La paciente de la 307. Doña Carmen Aranda. ¿A dónde la movieron?

La enfermera revisó su tableta.

—Fue trasladada hace tres días. Por instrucción familiar.

—¿Instrucción de quién?

—Del señor Fernando Mendoza. Firmó la autorización de traslado.

—¿A dónde?

—No tengo esa información, señorita. Tendría que preguntar en administración.

Caminé a administración. Pregunté. Nadie sabía. O nadie quería decirme. "Información confidencial." "Necesita autorización del responsable legal." "Le sugerimos contactar al familiar que solicitó el traslado."

Mi padre. Mi padre había sacado a Abuelita de la clínica y la había mandado a algún lugar que yo no conocía.

Salí de la clínica con las piernas de gelatina. Me senté en una banca del jardín y marqué el número de mi padre.

No contestó.

Marqué otra vez. Y otra. A la quinta llamada, respondió.

—Valentina.

—¿Dónde está Abuelita?

Silencio.

—Papá. ¿Dónde está Abuelita?

—Está en un lugar mejor. La clínica Santa Lucía estaba siendo deficiente en su atención.

—Mentira. ¿A dónde la llevaste?

—No es asunto tuyo.

—Es mi abuela. Es la mujer que me crió. Es asunto mío.

—Es mi suegra y el responsable legal de su cuidado soy yo. Si quieres verla, ya sabes lo que tienes que hacer.

—¿Ir a tu cena? ¿Con tus socios?

—La cena. El compromiso con Luciano. La familia. Todo, Valentina. Vas a dejar de hacer berrinches y vas a comportarte como la hija que se supone que debes ser.

—Papá—

—No me llames hasta que estés lista para cooperar. Y Valentina: ya comprobaste que las fotos que te mandé no eran una amenaza vacía. Revisa tu correo.

Colgó.

Abrí el correo con los dedos temblando. Tenía un mensaje de un despacho de abogados. Adjunto: una notificación de que Fernando figuraba como único contacto autorizado para recibir información sobre el traslado de Doña Carmen y que la clínica no revelaría su nuevo destino sin su consentimiento. Firmada por Ramiro Castañeda.

El mismo abogado que vi con Luciano.

Cerré el correo. Apagué la pantalla. Me quedé sentada en la banca mirando el jardín sin verlo.

Mi padre había movido sus piezas. Luciano estaba intentando comprar influencia en la clínica. Las fotografías solo habían servido para demostrar que Fernando podía mover a mi abuela cuando quisiera. Y ahora estaba en algún lugar que yo no podía encontrar.

Estaba atrapada.

El teléfono vibró. La torre de control.

—Val, te necesitamos. —Era Paty—. Reunión urgente a las cuatro. El director de operaciones quiere hablar con todos.

—Voy para allá.

Me subí al auto. Manejé una hora y media con la mandíbula apretada y las manos agarrando el volante tan fuerte que los nudillos me quedaron blancos.

Llegué a la torre cinco minutos antes de la reunión. Me lavé la cara en el baño, me puse gotas en los ojos para que no se viera que había llorado, y entré a la sala de juntas como si todo estuviera bien.

El director de operaciones era un tipo calvo y serio llamado Ingeniero Gallardo. Nos miró a todos con la expresión de alguien que tiene que dar una noticia que no le gusta dar.

—Buenas tardes. Los convoqué porque la semana que viene vamos a recibir a un equipo de producción de televisión. El programa "Cielos Abiertos" va a grabar un episodio especial en nuestro aeropuerto, incluyendo segmentos en la torre de control, pistas de aterrizaje y áreas de operaciones.

Murmullos. Quejas. Caras de "esto va a ser un desastre".

—Sé que no es ideal —continuó Gallardo—. Pero es una orden de arriba. El programa tiene patrocinadores importantes y la aerolínea principal cooperó en la gestión. Necesitamos que todo funcione normal mientras ellos graban. No quiero incidentes.

—¿Y los invitados? —preguntó alguien—. ¿Quiénes son?

Gallardo pasó una hoja.

—Son tres "invitados especiales" que van a experimentar distintas áreas del aeropuerto. Un creador de contenido de viajes, un chef que tiene un programa de cocina, y... —leyó el nombre y algo se me retorció en el estómago antes de que lo dijera—. Camila Mendoza. Empresaria y creadora de contenido de estilo de vida.

Me quedé inmóvil.

Camila. En mi aeropuerto. En mi torre. Con cámaras.

Paty me miró. Yo no la miré.

—¿Mendoza? —dijo Gallardo—. ¿Alguna relación?

—Es mi media hermana —dije, con la voz plana.

Silencio en la sala. Todo el mundo sabía que mi apellido era Mendoza. Nadie sabía que había otra Mendoza y que esa otra Mendoza era la última persona que yo quería ver dentro de un radio de cien kilómetros.

—Bien —dijo Gallardo, incómodo—. Tratamos de mantener todo profesional. La grabación será el jueves y viernes. Los horarios los mando por correo.

La reunión terminó. Salí al pasillo. Paty me alcanzó.

—Val. ¿Estás bien?

—Sí.

—Mientes fatal.

—Lo sé.

Me encerré en el baño. Me senté en la tapa del excusado y saqué el teléfono.

Mensaje de Camila, recibido hacía veinte minutos:

«Hermanita, ¡sorpresa! ¡Voy a ir a tu aeropuerto! Siempre quise ver dónde trabajas. ¿No te da gusto? 😘😘😘»

Debajo, otro mensaje:

«Ah, y no te preocupes por Abuelita. Está bien cuidada. Yo la veo todos los días. ¿Tú no? Ay, qué pena.»

Apreté el teléfono hasta que me dolieron los dedos.

Camila sabía dónde estaba Abuelita. Camila lo sabía y yo no.

Salí del baño. Caminé a mi estación. Me puse los audífonos.

—Torre, Vuelo Cielo 3576, solicita autorización de descenso.

La voz de Seb me llenó los oídos como algo caliente y familiar.

—Vuelo Cielo 3576, torre. Autorizado descenso a nivel de vuelo uno-ocho-cero. Espere instrucciones de aproximación.

—Copiado, torre. Descendiendo a uno-ocho-cero. —Pausa—. ¿Todo bien ahí arriba?

No estaba en el protocolo. No estaba en ningún manual. Un piloto preguntándole a la controladora si estaba bien era una violación de procedimientos que podía costarle una sanción.

Pero la forma en que lo dijo — baja, casi privada, como si la frecuencia fuera sólo nuestra— me aflojó algo en el pecho que llevaba apretado todo el día.

—Todo bien, 3576. Continúe descenso.

—Copiado.

Solté el botón. Respiré.

Falta una.

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Isabel Cristina Sinza
Me gusta como inicio, te deja intrigada! vamos a continuar y lo mejor ya está terminada, muchas gracias a la escritora!🥰
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