Tras la muerte de su esposa en un accidente automovilístico, Tomás Rojas, un padre trabajador de clase media, intenta sacar adelante a su única hija, Emma, de once años.
Su hogar nunca está en silencio.
Está lleno de perros, gatos, gallinas y, sobre todo, un gallo tan inteligente como problemático llamado Pelé, el verdadero cómplice de Emma.
Ninguna niñera soporta más de unos días.
Las travesuras de Emma y sus animales convierten la casa en un desastre constante.
Mientras Tomás trabaja durante largas jornadas para mantener el hogar, Emma esconde una enorme tristeza detrás de cada broma.
Todo cambia cuando llega Lucía, una joven huérfana que acepta ser su nueva niñera.
Lejos de regañarla, comprende el dolor que Emma lleva dentro y le enseña que sanar no significa olvidar.
Mientras tanto, Tomás conoce a Valeria, una mujer viuda con un hijo llamado Mateo, de nueve años.
Mateo y Emma conectan desde el primer instante como si siempre hubieran sido hermanos.
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Capítulo 1: La casa donde dejó de sonar la risa
La casa de los Rojas nunca había sido una casa silenciosa.
Antes de que la tristeza llegara, aquel pequeño hogar ubicado en una tranquila calle del barrio San Miguel parecía tener vida propia. Desde muy temprano por la mañana se escuchaban ladridos, maullidos, pasos corriendo por los pasillos y una voz infantil que llenaba cada rincón con historias imposibles.
—¡Max, deja la zapatilla de papá! —gritaba Emma mientras corría detrás del enorme perro mestizo que escapaba por el jardín.
Max, un perro de pelaje marrón y blanco, no parecía entender que las zapatillas no eran juguetes. Para él, cualquier objeto encontrado en el suelo era un tesoro que debía proteger.
Cerca de la cocina, Luna, la pequeña perrita de la familia, ladraba emocionada intentando participar en la persecución, aunque sus pequeñas patas no le permitían seguir el ritmo.
Sobre una silla, Misha observaba todo con la tranquilidad de quien sabía que aquel caos no era su problema. El gato gris solo abría un ojo de vez en cuando, como si juzgara silenciosamente las acciones de los demás.
Copito, el gato blanco, era diferente. Él sí disfrutaba del desastre. Saltaba de un lugar a otro, tiraba objetos de los muebles y luego desaparecía como si nunca hubiera estado ahí.
Y en medio de todo aquello estaba Pelé.
El gallo.
Un gallo diferente a cualquier otro.
Pelé tenía plumas brillantes, una mirada orgullosa y una actitud que hacía pensar que él era el verdadero dueño de la casa. Caminaba por el patio con el pecho levantado, perseguía a cualquiera que considerara sospechoso y parecía comprender perfectamente las conversaciones de Emma.
Al menos eso pensaba ella.
—Pelé, algún día serás famoso —le decía Emma mientras lo cargaba entre sus brazos—. Todos conocerán al gallo más inteligente del mundo.
Pelé respondía con un fuerte:
—¡Quiquiriquí!
Emma sonreía.
Su padre, Tomás, siempre decía que aquel sonido significaba:
"Estoy de acuerdo".
Aunque en realidad nadie sabía qué pensaba Pelé.
Pero Emma estaba segura de que el gallo la entendía.
Porque Pelé había estado con ella en los momentos más importantes de su vida.
Incluso en los más difíciles.
Especialmente en los más difíciles.
Un año antes, aquella casa había cambiado para siempre.
El día que todo ocurrió, Emma tenía solamente diez años.
Era una mañana fría. El cielo estaba cubierto de nubes grises y su madre, Mariana, había salido temprano para comprar algunas cosas para la cena.
Antes de irse, había entrado al cuarto de Emma.
La niña todavía estaba medio dormida, abrazada a su almohada.
—Mi pequeña dormilona —susurró Mariana mientras acomodaba su cabello.
Emma abrió lentamente los ojos.
—¿Ya te vas?
—Solo por un momento. Regreso antes de que despiertes completamente.
—Prométemelo.
Mariana sonrió.
—Te lo prometo.
Aquella fue la última promesa que no pudo cumplir.
Porque algunas despedidas llegan sin avisar.
Un accidente automovilístico en una carretera cercana terminó con la vida de Mariana Rojas.
Y con ella se llevó una parte de la alegría de aquella familia.
Tomás todavía recordaba perfectamente la llamada que recibió.
El teléfono sonando.
Su corazón acelerándose.
La voz desconocida al otro lado.
Las palabras que nunca quiso escuchar.
"Señor Rojas, lamentamos informarle..."
Después de ese día, el tiempo parecía haberse detenido.
Los vecinos llevaron comida.
Los familiares llegaron con abrazos.
Todos intentaban decir algo para aliviar el dolor.
Pero nadie sabía qué decirle a una niña que acababa de perder a su madre.
Emma no lloró durante el funeral.
Eso preocupó a todos.
Algunas personas pensaron que quizás todavía no entendía lo ocurrido.
Pero Tomás sabía la verdad.
Su hija entendía demasiado.
Una noche, semanas después de la muerte de Mariana, Tomás encontró a Emma sentada en el suelo de su habitación.
Tenía una fotografía de su madre entre las manos.
No lloraba.
Solo la miraba.
—Emma...
La niña levantó la mirada.
—Papá.
Tomás se acercó y se sentó junto a ella.
—¿Por qué estás despierta?
Emma abrazó la fotografía.
—Porque si duermo, cuando despierte ella tampoco estará.
Aquella frase rompió algo dentro de Tomás.
Él había intentado ser fuerte.
Había intentado esconder su propio dolor para protegerla.
Pero en ese momento comprendió que su hija estaba sufriendo mucho más de lo que mostraba.
La abrazó.
Y por primera vez desde el accidente, ambos lloraron juntos.
Con el paso de los meses, Tomás intentó reconstruir sus vidas.
Pero no era sencillo.
Ser padre siempre había sido importante para él.
Sin embargo, ser padre y madre al mismo tiempo parecía una tarea imposible.
Trabajaba como mecánico en un pequeño taller del barrio.
Salía temprano en la mañana y regresaba cuando el sol ya se había escondido.
Sus manos siempre estaban llenas de grasa.
Sus ojos siempre estaban cansados.
Pero nunca faltaba una cosa:
El abrazo para Emma al llegar a casa.
—¿Cómo estuvo tu día, princesa?
Al principio Emma respondía.
Contaba sobre la escuela.
Sobre sus amigos.
Sobre sus dibujos.
Pero poco a poco empezó a cambiar.
Dejó de hablar tanto.
Dejó de jugar con otros niños.
Ya no quería celebrar cumpleaños.
No quería escuchar canciones que le recordaran a su madre.
Y cuando alguien mencionaba la palabra "familia", su rostro cambiaba.
Porque para Emma una familia significaba tres personas.
Papá.
Mamá.
Ella.
Y ahora faltaba alguien.
La llegada de los animales había sido una decisión de Tomás.
Un día encontró a Emma sentada en el jardín mirando las plantas sin decir nada.
Pensó que quizás una mascota podría ayudarla - en eso
Primero llegó Max.
Luego Luna.
Después los gatos.
Más tarde las gallinas.
Y finalmente Pelé.
Pelé había sido encontrado cuando apenas era un pollito pequeño.
Emma lo cuidó desde el primer día.
Le daba comida.
Lo protegía del frío.
Dormía cerca de él cuando estaba enfermo.
Por eso, cuando Pelé creció, decidió que la casa era su territorio.
Y cualquiera que entrara debía recibir su aprobación.
Incluyendo las visitas.
Incluyendo los repartidores.
Incluyendo las futuras niñeras.
Especialmente las futuras niñeras.
Porque desde la muerte de Mariana, Tomás había descubierto un enorme problema.
No podía dejar sola a Emma.
Su trabajo requería muchas horas.
Así que necesitaba alguien que pudiera cuidarla.
Y ahí comenzaron los problemas.
La primera niñera duró tres días.
Se llamaba Patricia, una mujer de edad con cabello recogido, vestida de pantalón color plomo con blusa blanca, abrigo negro de corte largo y zapatos negros.
Parecía perfecta.
Tenía experiencia.
Era amable.
Y aseguraba saber manejar niños difíciles.
Pero no conocía a Emma Rojas y a su gran amigo llamado:
Pelé.
El primer día todo parecía normal.
Hasta que Patricia intentó preparar el almuerzo.
Cuando abrió la puerta de la cocina, encontró a Pelé sentado sobre una silla.
Mirándola.
—¿Qué haces aquí? —preguntó sorprendida.
El gallo inclinó la cabeza.
Patricia pensó que estaba imaginando cosas.
Hasta que Pelé agitó sus lindas alas emplumadas y dió un saltó sobre la mesa y robó un pedazo de pan.
—¡Baja de ahí! - Exclamó Patricia.
Emma apareció en la puerta intentando contener la risa.
—Él solo tiene hambre.
—Los gallos no deberían estar dentro de una casa.
Emma cruzó los brazos.
—Pelé no es cualquier gallo.
Patricia suspiró.
Ese fue el inicio.
Durante los siguientes días ocurrieron cosas extrañas.
Los perros aparecían en la sala y las habitaciones haciendo desorden con las almohadas.
Los gatos aparecían en su bolso o mordían los cables de los electrodomésticos.
Las gallinas caminaban por los pasillos con sus patitas llenas de tierra y lodo que se marcaban sobre ese piso limpio que la niñera había dejado por la mañana.
Y Pelé parecía tener una misión personal en contra de Patricia, ya que a la primera oportunidad que había, llamaba insistente a las gallinas, para que fueran dónde estuviste él
Tanto que al oírlo ellas corrían agitando las alas, llenando el lugar con sus pequeñas plumas que se le caían al momento de agitarlas.
Todo ello para hacer que Patricia abandonara la casa.
El tercer día, Patricia encontró sus zapatos dentro del gallinero.
Nadie supo cómo llegaron allí.
Pero Emma tenía una pequeña sonrisa, porque sabía que era la obra del travieso Rex.
Y Pelé parecía orgulloso de tal hecho.
Esa misma tarde Patricia habló con Tomás.
—Señor Rojas, creo que no soy la persona adecuada para este trabajo.
Tomás miró la casa.
Miró a Pelé.
Miró a Emma.
Y suspiró.
—Lo entiendo.
Pero por dentro sintió miedo.
Porque sabía que no podía seguir así.
Necesitaba encontrar a alguien que pudiera quedarse.
Alguien que entendiera a su hija.
Alguien que no huyera ante el caos.
Lo que Tomás todavía no sabía era que encontraría a esa persona.
Pero antes de eso tendría que enfrentar muchos más problemas.
Porque la casa de los Rojas todavía guardaba demasiadas historias.
Y Pelé apenas estaba comenzando.