Elisa Ramos, una brillante graduada en literatura, ve sus sueños destrozados una fatídica noche tras sufrir una brutal agresión en los suburbios que la deja atrapada en un mutismo selectivo severo. Justo cuando su humilde familia se enfrenta a la ruina y a una tragedia irreparable, en su vida irrumpe Liam Vance, un implacable y hermético CEO de la construcción. Lo que comienza como un frío acuerdo corporativo se transforma en un refugio inquebrantable cuando Liam la traslada a su mansión y se convierte en su "sombra pacífica". Mientras Elisa intenta recuperar su voz a través de las páginas de una libreta, Liam utiliza su inmenso poder para tejer una red de ingeniería legal y atrapar al culpable: Hugo Santoro, un heredero arrogante e intocable de la zona alta. Una historia magistral donde la sed de justicia y el amor más puro se unen para demostrar que los cimientos del corazón son indestructibles.
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CAPITULO 10. EL PESO DE LA SOSPECHA
La doctora Adler llegó a la mañana siguiente con el semblante serio. No hizo falta que Liam abriera la boca; ella conocía demasiado bien los gestos de tensión del joven empresario. Se sentaron en la biblioteca, donde el aroma a café recién hecho apenas lograba disipar la frialdad del ambiente.
—Estás investigando por tu cuenta, ¿verdad, Liam? —soltó la psiquiatra sin rodeos, mirándolo por encima de sus gafas—. Te conozco. Tienes esa mirada de querer demoler un muro con tus propias manos.
Liam desvió la vista hacia el ventanal, guardando silencio un segundo antes de apoyar los puños sobre la mesa.
—He conocido al hijo de Santoro, el nuevo socio del puerto deportivo —confesó con la voz ronca—. Se llama Hugo. Estuvo merodeando por el callejón de la calle Mayor el fin de semana del asalto. Su coche coincide. Su actitud, su forma de hablar de la gente humilde... Sarah, mi instinto no falla. Es él. Estoy seguro de que es él.
—Aunque tengas la certeza absoluta, no puedes cruzar esa línea —le advirtió la doctora Adler, inclinándose hacia adelante con firmeza profesional—. Si intentas que Elisa vea una foto de ese hombre o si la presionas para que recuerde el coche, vas a destruir todo el progreso que ha hecho con su libreta. Su mente está usando el mutismo como un escudo protector si quitas ese escudo a la fuerza, el trauma la devorará. Tienes que dejar que la policía haga su trabajo o encontrar pruebas que no la involucren a ella.
Liam apretó los dientes, asintiendo a regañadientes. Sabía que la doctora tenía razón, pero la idea de compartir mesa de negocios con el monstruo que había destrozado a Elisa le revolvía las entrañas.
Mientras tanto, en las oficinas centrales de Santoro Investments, la tensión también empezaba a crecer. Hugo Santoro estaba sentado en el despacho de su padre, girando un bolígrafo de oro entre sus dedos de forma nerviosa.
—Papá, ese tal Vance me da mala espina —soltó Hugo, intentando mantener su habitual tono de suficiencia, aunque sus ojos reflejaban una sutil inquietud—. Ayer, durante el almuerzo, no paraba de hacer preguntas raras sobre los terrenos de la calle Mayor y los incidentes que ocurrieron allí. Parece más un inspector de policía que el director de una constructora. ¿Estás seguro de que es de fiar para el negocio del puerto?
Ernesto Santoro levantó la vista de sus informes y soltó una carcajada despectiva.
—Liam Vance es un genio de los números, Hugo, pero es un puritano. Se toma la responsabilidad social demasiado en serio porque su familia empezó desde abajo. No te preocupes por sus preguntas; solo quiere asegurarse de que el historial de la zona esté limpio antes de meter las excavadoras. Céntrate en lo tuyo y no metas la pata con los informes de viabilidad.
Hugo forzó una sonrisa y asintió, pero en cuanto su padre volvió a concentrarse en los papeles, la sonrisa del joven heredero desapareció por completo. Recordaba perfectamente la noche del sábado en la cafetería El Candil. Recordaba los ojos claros de la camarera llenos de terror y las súplicas que había ahogado contra el muro de ladrillo. Sabía que la policía no tenía nada porque la lluvia había borrado el callejón, pero que Liam Vance anduviera husmeando en la zona era un cabo suelto que no podía ignorar.
Al final de la tarde, Liam regresó a la habitación de invitados para su rutina silenciosa. Encontró a Elisa sentada en el suelo de madera, con la espalda apoyada en la base de la ventana y el cuaderno abierto sobre las rodillas. Al verlo entrar, ella no esperó a que él se sentara en el sillón; giró la libreta de inmediato con un mensaje que ya tenía preparado:
«La doctora Adler me ha dicho hoy que la justicia a veces es como un libro con las páginas pegadas. Cuesta mucho abrirlas, pero la verdad siempre está escrita dentro. ¿Tú crees que las personas malas siempre pagan por lo que hacen?»
Liam se agachó lentamente, acortando por primera vez un poco más la distancia física, aunque manteniendo una postura respetuosa. Miró las letras temblorosas pero firmes de Elisa, y luego clavó sus ojos oscuros en los de ella.
—No sé cómo funciona el mundo de los libros, Elisa —dijo Liam con una determinación absoluta que hizo que a la joven le diera un vuelco el corazón—. Pero en mi mundo, te prometo que ningún muro se queda en pie si tiene las bases podridas. Quien te hizo daño va a pagar por ello. Te lo juro por mi vida.
Elisa sostuvo la mirada del imponente CEO. Por primera vez en meses, no vio en el hombre una amenaza ni una sombra de peligro; vio un escudo humano, un caballero real que no vestía armadura brillante ni montaba un caballo blanco, sino que llevaba un traje de sastre y una promesa inquebrantable en los ojos. La dulzura y el amor empezaban a abrirse paso de forma invisible en mitad de la tormenta, uniendo sus caminos de manera irreversible frente al enemigo común que acechaba en las sombras.