La historia sigue a Anna, una joven cuya vida ha sido planificada como una transacción comercial por su madre, una mujer ambiciosa que ve en el matrimonio de su hija la salvación de su estatus. Anna, buscando un último respiro de rebeldía, se entrega a una noche de pasión con Sebastián, un extraño de mirada peligrosa y reputación cuestionable.
El conflicto estalla cuando Anna descubre que el "desconocido" de esa noche no solo es el hermano de su futuro marido, sino el hombre que habitará bajo su mismo techo.
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El odió
Esa noche, Sebastián abandonó su hogar con un profundo sentimiento de miseria y desprecio por sí mismo. Su mente estaba llena de pensamientos oscuros, ya que creía firmemente que tanto Anna como Lucrecia no eran más que dos caras de la misma moneda; ambas estaban principalmente interesadas en el dinero que pertenecía a su familia. La situación se tornaba aún más desesperante con la aparición de Fernando, cuya presencia complicaba aún más las cosas en su vida.
Sebastián no podía evitar pensar que había algo más entre Fernando y Anna, una conexión que iba más allá de lo superficial. Estaba convencido de que ambos habían urdido un plan juntos, diseñado meticulosamente para que, después de que él pagara a Lucrecia, lograran escaparse juntos, dejándolo a él en la ruina, despojado de su dignidad y convertido en tema de conversación para toda la gente. La angustia y la traición lo envolvían, sumiéndolo en un estado de desesperación y desilusión.
Sebastián manejó sin rumbo, apretando el volante hasta que sus nudillos perdieron el color. Cada vez que cerraba los ojos, veía la imagen de ellos dos: Anna y Fernando, riendo a sus espaldas
"¿Creen que soy un idiota?", rugió para sí mismo, deteniendo el auto en seco a mitad de la carretera oscura. "¿Creen que voy a financiar su escape?"
...A la mañana siguiente....
Al amanecer, Sebastián regresó. No entró a la habitación con gritos, sino con una calma aterradora. Se detuvo frente al espejo del pasillo, se ajustó el saco y respiró hondo. Si Anna quería jugar a la traición, él le enseñaría quién era el verdadero dueño de las reglas.
Entró en la habitación donde Anna aún intentaba recuperarse del cansancio y las lágrimas. La miró desde los pies de la cama, con una sonrisa gélida que no llegaba a sus ojos.
—Espero que hayas descansado, Anna —dijo con voz plana—. Porque acabo de tomar una decisión. No voy a esperar a que tú y tu "amigo" terminen de trazar su mapa de huida.
Se acercó lentamente, sacando un fajo de documentos de su saco y arrojándolos sobre las sábanas.
—He pagado la última deuda de tu madre esta madrugada. Ya no le debes nada a nadie... excepto a mí. Y como ahora eres de mi propiedad absoluta, nos vamos de aquí hoy mismo. Ni Fernando, ni Lucrecia, ni nadie volverá a saber de ti hasta que yo decida que has aprendido lo que significa la lealtad
— No me iré de aquí, te as vuelto loco.— dijo Anna llena de lágrimas mirándolo con miedo mientras que el la miraba con desprecio.
— No te estoy preguntando, así que levántate ahora mismo que ya todo está preparado.— dijo Sebastián molesto.
—¡NO!, no lo haré no me iré de aqui, antes muerta que irme contigo.— dijo Anna con voz alta.
Sebastián en un impulso cegado por el enojo se acercó a Anna y la cargó sobre su hombro, para sacarla de la habitación asta el auto.
—¡Suéltame! ¡Sebastián, bájame ahora mismo! —grito Anna, golpeando su espalda con tus puños, pero era como golpear una pared de mármol.
Él no dijo una sola palabra. Bajó las escaleras con paso firme, ignorando los gritos de Anna y la mirada horrorizada de los empleados que se pegaban a las paredes para no estorbar. El eco de sus súplicas rebotaba en el mármol del vestíbulo, aumentando su desesperación.
Al cruzar el umbral de la mansión, el aire frío de la mañana le golpeó la cara a Anna. Sebastián caminó directo hacia la camioneta negra que esperaba con el motor en marcha y la puerta abierta.
—¡Sebastián! ¡Espera! —la voz chillona de Lucrecia cortó el aire. su madre apareció corriendo desde el jardín, pero no para salvarla—. ¡No puedes llevártela así! ¡Todavía no hemos terminado de hablar sobre los gastos de mantenimiento de la casa.!
Anna miró a su madre, no podía creer lo que ella estaba pidiendo, no le bastaba con venderla y que Sebastián allá pagado todas sus deudas.
Sebastián se detuvo en seco, pero no la bajó. Giró la cabeza lo suficiente para que Lucrecia viera el fuego de odio que ardía en sus ojos.
—Ya tienes tu dinero, Lucrecia —gruñó él con una voz que parecía venir desde el infierno—. Si das un paso más, haré que cada centavo que te di regrese a mi cuenta por vías legales antes de que anochezca. Lárgate.
Su madre se quedó petrificada, abriendo y cerrando la boca como un pez fuera del agua. La avaricia pudo más que su instinto materno; dio un paso atrás, dejándola a merced de Sebastián que la cargaba.
Sebastián la lanzó prácticamente dentro del asiento trasero y, antes de que pudiera reaccionar para salir por la otra puerta, se metió él, bloqueando cualquier salida.
—Arranca —le ordenó al chofer.