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La Novia que Él Humilló

La Novia que Él Humilló

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Traiciones y engaños / Mujer despreciada / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:8.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Eva Belmont

Isadora Valença creía estar viviendo el sueño de toda mujer: comprometida, viviendo con Henrique Lacerda, con la boda planeada y un futuro perfectamente organizado. Estaba segura de que estaba a punto de comenzar la mejor etapa de su vida.

Todo se derrumba cuando Catarina Prado, la exnovia que abandonó a Henrique en uno de los momentos más difíciles de su vida, reaparece diciendo que está gravemente enferma. Frágil, llorosa y rodeada de suplicas de lástima, Catarina ocupa demasiado espacio nuevamente. Y Henrique, usando la cruel excusa de que ella “está muriendo”, empieza a cruzar límites que nunca deberían tocarse.

Isadora comienza a ser humillada, ignorada y relegada a un segundo plano. Hasta que llega el golpe final: Henrique utiliza todo lo que habían preparado para su boda —la ceremonia, los invitados, los símbolos— para montar un falso matrimonio con su ex, todo en nombre de la compasión.

Con el corazón destrozado y la dignidad herida, Isadora acepta una propuesta inesperada: un matrimonio arreglado con Miguel Montenegro, un hombre frío, poderoso y rodeado de misterios. Un acuerdo sin promesas de amor, solo respeto.

Lo que comenzó como una huida se transforma en un nuevo comienzo. Lejos de quien la menospreció, Isadora descubre su fuerza, reconstruye su autoestima y aprende que el amor no puede nacer de la humillación.

Y cuando el pasado intenta regresar, ella ya no es la novia que aceptaba todo en silencio.

Ahora, es ella quien decide.

NovelToon tiene autorización de Eva Belmont para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15

Isadora notó que algo era diferente esa noche incluso antes de que Miguel llegara.

No era el silencio. Ya formaba parte de la rutina. No era el cansancio. También era común. Era una expectativa extraña, casi incómoda, que se instaló en ella al final de la tarde sin motivo claro.

Ella intentó ignorarlo.

Se bañó despacio, se puso ropa cómoda, se recogió el pelo de cualquier manera. Se dijo a sí misma que era solo un fin de día más. Que no necesitaba significar nada más de lo que siempre había significado.

Pero el cuerpo no creía completamente en eso.

Miguel llegó poco después de las ocho.

No traía trabajo. Ni el celular en la mano. Solo el saco doblado en el brazo y una mirada diferente. Más atenta. Más silenciosa.

—¿Todo bien? —preguntó Isadora.

—Sí —respondió él—. ¿Y tú?

Ella dudó un segundo antes de responder.

—También.

Cenaron juntos, algo sencillo. Conversaron poco. No por falta de tema, sino por una especie de cuidado excesivo con las palabras. Como si ambos sintieran que cualquier frase equivocada podría atravesar un límite invisible.

Cuando terminaron, Isadora recogió los platos. Miguel se quedó apoyado en la encimera, observándola.

—Estás más callada hoy —dijo él.

—Tal vez —respondió ella—. Creo que me estoy acostumbrando a estar en paz.

Él asintió.

—La paz puede ser desconcertante cuando no estamos acostumbrados a ella.

Isadora rió bajo.

—Sí. Casi echamos de menos el caos.

Miguel la observó con atención, como si quisiera decir algo, pero desistiera en el medio del camino.

—¿Quieres vino? —preguntó él.

—Quiero.

Se sentaron en el sofá, cada uno con una copa. La luz de la sala estaba baja. La ciudad brillaba desde afuera, distante, indiferente.

Isadora apoyó los pies en el sofá, doblando las piernas de lado. Miguel se recostó, pero no lo suficiente para parecer relajado. Había tensión allí. No incómoda. Solo… presente.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo Isadora, después de un tiempo.

—Puedes.

—¿Echas de menos algo?

Miguel tardó en responder.

—A veces —dijo—. Pero no sé exactamente qué.

Ella giró levemente la copa entre los dedos.

—Yo echo de menos no tener miedo de sentir —confesó—. Pasé tanto tiempo protegiéndome que olvidé cómo es dejar que algo suceda.

Miguel se giró hacia ella.

—¿Y ahora?

Isadora sostuvo la mirada de él.

—Ahora sé que sentir no es el problema —dijo—. El problema es aceptar menos de lo que uno se merece.

El silencio entre ellos se hizo más denso.

Miguel apoyó el codo en el respaldo del sofá, inclinándose levemente en dirección a ella. No lo suficiente para tocarla. Lo suficiente para ser notado.

—Nuestro acuerdo —dijo él, con la voz más baja—. Existe para protegernos. No para impedirnos ser humanos.

El corazón de Isadora se aceleró.

—Los humanos cometen errores —respondió ella.

—Cometen —concordó él—. Pero también toman decisiones conscientes.

Ella respiró hondo.

—¿Y si…? —empezó, pero se detuvo.

Miguel esperó.

—¿Y si una de esas decisiones empieza a salirse de control? —preguntó ella.

Él mantuvo la mirada firme.

—Entonces paramos —respondió—. Antes de que se convierta en algo que lastime.

Isadora asintió lentamente.

—No quiero perderme de nuevo.

—No va a pasar —dijo él—. Porque ahora te reconoces.

El silencio volvió. Pero no era el mismo de antes. Era cargado. Vivo.

Isadora notó lo consciente que estaba de Miguel. Del tono de su voz. Del espacio entre ellos. De la proximidad que no existía antes.

Cuando él se movió, fue casi imperceptible. Solo lo suficiente para que la rodilla de él rozara la de ella.

No fue un accidente.

Isadora sintió el choque subir por el cuerpo entero. No se alejó. Miguel tampoco.

Las respiraciones se volvieron más lentas. Más profundas.

—Esto… —empezó ella.

—Lo sé —dijo él, interrumpiendo, con la voz demasiado baja para ser casual.

Se miraron por largos segundos. El tiempo pareció suspendido.

Miguel llevó la mano hasta el respaldo del sofá, muy cerca del hombro de ella. No la tocó. Se detuvo allí.

—Si paso de esto —dijo él—, no será por impulso.

Isadora tragó saliva.

—Ni yo —respondió.

El silencio se rompió cuando ella se levantó de repente, como si necesitara aire.

—Yo voy… —empezó—. Voy al cuarto.

Miguel asintió inmediatamente.

—Claro.

Ella caminó hasta el pasillo con el corazón disparado. No miró hacia atrás. No necesitaba.

En el cuarto, cerró la puerta y se apoyó en ella por un instante. La mano temblaba levemente. El cuerpo entero estaba en alerta.

No había arrepentimiento.

Había conciencia.

Del otro lado de la puerta, Miguel permaneció sentado por algunos minutos, mirando la nada. Respiraba hondo, controlado, como alguien que sabe exactamente lo que acaba de evitar.

No fue debilidad.

Fue respeto.

Aquella noche, ninguno de los dos durmió inmediatamente.

Y ambos sabían, con claridad inquietante, que algo había cambiado.

No era más solo un acuerdo.

Era un casi.

Y casi, a veces, es más peligroso que atravesar la línea.

1
Norma Bachi
la verdad no me atrapo para nada,
Norma Bachi
no entiendo cuál es el juego de Caterina
Margarita Jaime
Catarina manipula todo a su antojo
Martha Teresa Torres Castañeda
no inventes que hombre tan tonto. lo dejaron y horita esta.como tonto cuidando al a ex seria bueno que lo deje su pareja actual
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