"No todas las segundas oportunidades llegan para recuperar el pasado. Algunas llegan para construir un futuro."
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Donde descansa el corazón
La primavera aún tardaría en llegar al norte.
Pero el invierno había dejado de sentirse tan frío.
Los caminos comenzaban a abrirse poco a poco y las aldeas volvían a comunicarse entre sí. La vida recuperaba lentamente su ritmo, y con ella, también regresaban las pequeñas costumbres que la tormenta había arrebatado.
Azel permanecía en el Ducado Bennett.
Su estancia había terminado hacía varias semanas.
Sin embargo, el Emperador no había enviado ninguna orden exigiendo su regreso.
Cedric Bennett tampoco hizo preguntas.
Parecía comprender que aún quedaban cosas que el heredero debía aprender.
Y quizá...
Que no todas podían enseñarse con libros.
—Va demasiado rápido.
Olaya soltó una pequeña risa.
—¿Tiene miedo?
Azel sostuvo con ambas manos las riendas mientras intentaba mantener el equilibrio sobre el trineo que descendía por una suave pendiente nevada.
—No temo al trineo.
—¿Entonces?
—Temo que usted siga conduciéndolo.
Olaya no pudo contener la risa.
Era una risa limpia.
Libre.
Muy distinta a la joven seria que había conocido meses atrás.
El trineo terminó su recorrido levantando una nube de nieve.
Ambos descendieron entre carcajadas.
Un grupo de niños del pueblo corrió hacia ellos.
—¡Lady Olaya!
—¡Otra vez!
Ella los miró sonriendo.
—Solo una más.
Los pequeños celebraron como si hubieran recibido el mejor regalo del invierno.
Azel observó la escena.
Aquellos niños no veían a la hija del duque.
Veían a alguien que siempre encontraba tiempo para jugar con ellos.
Y comprendió que esa era precisamente la razón por la que todo el norte la quería.
Los días comenzaron a llenarse de momentos sencillos.
Paseos entre los bosques cubiertos de nieve.
Tardes ayudando a reconstruir un puente.
Comidas compartidas con soldados y aldeanos.
Conversaciones que ya no necesitaban un motivo.
Un día hablaban sobre libros.
Otro, sobre las leyendas del norte.
Al siguiente...
Simplemente caminaban.
Y el silencio ya no resultaba incómodo.
Aquella tarde llegaron hasta un acantilado.
Desde allí podían contemplarse kilómetros de montañas cubiertas por un inmenso manto blanco.
Olaya apoyó los brazos sobre la barandilla de madera.
—Cuando era niña...
Pensaba que las montañas eran el final del mundo.
Azel sonrió.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que detrás de ellas hay lugares que jamás he visto.
Guardó unos segundos de silencio.
—Eso da un poco de miedo.
—¿Y también ilusión?
Ella asintió.
—Sí.
Muchísima.
El viento agitó su cabello dorado.
Azel la observó unos segundos antes de hablar.
—Cuando era niño...
Creía que un emperador nunca tenía miedo.
Olaya giró hacia él.
—¿Y ahora?
Azel sonrió con cierta melancolía.
—Ahora sé que todos lo tienen.
La diferencia es quién decide seguir adelante a pesar de él.
Olaya permaneció mirándolo.
No veía al heredero.
Veía a un joven que había cargado un reino entero sobre los hombros desde que aprendió a caminar.
—¿Puedo hacerle una pregunta?
—Claro.
—Si por un día dejara de ser el príncipe heredero...
¿Qué haría?
Azel tardó mucho en responder.
Miró el horizonte.
Después el cielo.
Finalmente...
La miró a ella.
—Viajaría.
—¿Solo?
Él negó con una pequeña sonrisa.
—No.
Hubo un breve silencio.
Olaya sintió cómo su corazón latía un poco más deprisa.
—¿A dónde iría?
Azel respondió casi en un susurro.
—Primero al mar.
Después...
A cualquier lugar donde pudiera decidir mi siguiente destino sin consultar a nadie.
Olaya bajó la mirada.
—Eso suena maravilloso.
—¿Y usted?
Ella respiró profundamente.
—Abriría una escuela.
Azel la observó sorprendido.
Olaya sonrió con timidez.
—Para los niños de las aldeas más lejanas.
Muchos no saben leer.
Siempre pensé que eso era injusto.
El príncipe permaneció en silencio.
No esperaba aquella respuesta.
Era exactamente el tipo de sueño que solo podía nacer de alguien que conocía de cerca las necesidades de su pueblo.
—Sería una buena escuela.
Olaya sonrió.
—¿Cómo puede saberlo?
—Porque usted enseñaría con el mismo cariño con el que cuida de este ducado.
Ella bajó la mirada, ligeramente sonrojada.
No supo qué responder.
El sol comenzaba a ocultarse.
La nieve adquiría tonos dorados bajo la luz del atardecer.
Durante unos instantes permanecieron contemplando el paisaje.
Sin prisas.
Sin obligaciones.
Sin títulos.
Solo dos jóvenes imaginando una vida que, por un momento, parecía posible.
Y Azel comprendió algo que jamás le habían enseñado en el Palacio Imperial.
El poder podía conquistar reinos.
Pero era la tranquilidad de aquel instante...
La que hacía que un corazón deseara quedarse para siempre.