A solo tres semanas de pronunciar el «sí, quiero» ante el altar, la vida de Valery Lezcano vuela en pedazos. Su prometido, Adrián, se ha esfumado la noche anterior, escapando con quien solía ser su mejor amiga. Expuesta al escarnio público y con el orgullo roto frente a cientos de invitados, Valery se prepara para el peor colapso de su vida. Pero el desastre toma un giro inesperado cuando Marcos Sánchez da un paso al frente.
Marcos, el implacable, gélido y peligrosamente atractivo hermano mayor de Adrián, no está dispuesto a permitir que el apellido familiar se hunda en el fango. Con una mirada calculadora y una propuesta audaz, le ofrece un trato salvaje: casarse con él en ese mismo instante, unir sus fuerzas y orquestar una fría e implacable venganza contra los traidores.
El plan roza la perfección absoluta. Adrián se verá obligado a ver a su ex prometida del brazo del único hombre al que siempre ha temido y envidiado.
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Capitulo 20
La luz blanca de la sala de juntas de la Constructora Sánchez parecía más fría que nunca aquella mañana. El ambiente estaba cargado de una tensión tan espesa que casi se podía cortar con un bisturí. Sentados a lo largo de la inmensa mesa de caoba, los miembros de la junta directiva mantenían la mirada baja, alternando entre los documentos que tenían al frente y las tres figuras que dominaban la cabecera: Marcos, impecable en un traje hecho a medida color gris Oxford que acentuaba la anchura de sus hombros; Thiago Méndez, el abogado estrella, que lucía una sonrisa de suficiencia grabada en el rostro; y Valery, radiante y arrolladora, vistiendo un traje sastre blanco con un sutil escote que dejaba ver el dije de corazón de oro blanco en su cuello.
En el extremo opuesto de la mesa, la farsa de Adrián y Sienna se desmoronaba de forma definitiva.
Adrián, luciendo aún las secuelas de la golpiza de Marcos —con el pómulo morado y una postura encorvada que denotaba su derrota—, miraba con pánico la carpeta de cuero oscuro que Thiago acababa de abrir. A su lado, Sienna se retorcía los dedos, intentando mantener una fachada de dignidad que sus ojos desorbitados por el miedo desmentían por completo.
—Señores miembros de la junta —comenzó Thiago, su voz juvenil pero cargada de una autoridad legal implacable resonando en los altavoces de la sala—. Tras una auditoría exhaustiva de las cuentas de las filiales internacionales, hemos hallado desfalcos financieros sistemáticos que ascienden a millones de dólares. Fondos de la constructora que fueron desviados de forma fraudulenta a cuentas en paraísos fiscales.
Adrián tragó saliva, abriendo la boca para defenderse, pero Thiago levantó una mano, interrumpiéndolo sin miramientos.
—Y lo más interesante no es solo el desfalco, sino quién ayudó a ocultarlo —añadió el abogado, deslizando una serie de pantallas impresas hacia el centro de la mesa—. Aquí están los registros de acceso digital firmados por la señorita Sienna, quien utilizó sus credenciales cuando trabajaba en el departamento de contabilidad para alterar los balances y encubrir las transferencias ilícitas de su prometido. Esto no es solo una falta administrativa; es un delito penal federal de fraude y asociación ilícita.
La humillación para la pareja traidora fue total, pública y definitiva. Los murmullos de asco y desprecio de los directivos llenaron la sala. Estela, sentada a un costado, observaba a su hijo menor con una frialdad gélida, retirándole la mirada de manera fulminante. La matriarca ya no tenía piedad para el consentido que casi destruye el imperio familiar.
Marcos se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos sobre la mesa. Su mirada oscura, gélida y dominante se clavó en su hermano menor con una fijeza que hizo que Adrián se encogiera en su silla.
—Bajo las cláusulas de moralidad y protección de activos de la constructora, y con el respaldo unánime de los asesores legales, Adrián Sánchez queda despojado legalmente de la totalidad de sus acciones y derechos dentro de esta empresa de forma inmediata —sentenció Marcos, su voz de barítono vibrando con un poder aplastante—. Estás fuera de la constructora, Adrián. No tienes voz, no tienes voto y no tienes un solo centavo de la herencia que intentaste robar. Seguridad los acompañará a ti y a tu cómplice a la salida. No vuelvan a poner un pie en este edificio.
Sienna estalló en lágrimas de rabia y vergüenza, ocultando el rostro mientras dos guardias de seguridad de complexión imponente abrían las puertas de la sala. Adrián, temblando de humillación y con el orgullo completamente destruido, se levantó a duras penas, sintiendo el peso de las miradas de desprecio de todos los presentes. Pasó al lado de Valery, pero ella ni siquiera se dignó a mirarlo; mantuvo la espalda recta, la barbilla en alto y una sonrisa serena y triunfante mientras jugueteaba con la alianza de oro puro en su mano izquierda. La victoria sobre el pasado era absoluta.
Cuando la noche cayó sobre la ciudad, el bullicio de los tribunales y el eco de la junta directiva se disolvieron en el aire fresco del ático. Había pasado exactamente medio año desde aquella escandalosa boda que comenzó como un frío pacto de conveniencia y venganza. Seis meses donde los contratos se habían derretido bajo el fuego de una atracción incontrolable y una devoción real que los había transformado por completo.
Para celebrar el aniversario y el triunfo definitivo, Marcos no había organizado una gala ostentosa con prensa de por medio; en su lugar, había preparado una cena sencilla, íntima y cargada de un romanticismo que desarmó a Valery en cuanto cruzó el umbral.
La luz del ático estaba atenuada, reemplazada por el brillo parpadeante de decenas de velas aromáticas con esencia de sándalo y vainilla. En la terraza, una pequeña mesa para dos estaba dispuesta con una cena ligera y una botella de un exclusivo vino tinto carmesí. La brisa de julio mecía suavemente las plantas del jardín donde meses atrás Valery había tomado el control frente a Estela.
Valery apareció en la terraza luciendo un vestido de satén color rojo vino con un escote fluido que caía con una provocación perezosa por su espalda descubierta. La prenda se amoldaba a sus caderas fluidas como agua, y a cada paso que daba, el brillo de las velas destacaba la tersura de su piel canela.
Marcos la esperaba de pie, despojado del traje gris de la junta. Vestía unos pantalones oscuros y una camisa de algodón negra con los primeros botones desabrochados, revelando el inicio de su pecho firme y musculoso. Cuando sus ojos oscuros e inyectados de deseo recorrieron la silueta de Valery, una sonrisa perezosa y cargada de una sensualidad posesiva se dibujó en sus labios.
—Estás irreal, muñeca —murmuró él, su voz de barítono sonando profunda y rasposa en la quietud de la noche.
—Tú no te quedas atrás, esposo —respondió Valery con un tono juguetón, acercándose hasta quedar a escasos centímetros de él. El aroma de su perfume floral embriagó a Marcos de inmediato, borrando cualquier rastro de cansancio acumulado.
Cenaron entre risas cómplices, miradas cargadas de electricidad y sutiles roces de rodillas bajo la mesa que enviaban descargas directas al bajo vientre de Valery. Ya no había sombras entre ellos; Adrián y Sienna eran solo un mal recuerdo archivado en las carpetas legales de Thiago.
Al terminar el vino, Marcos se levantó de su silla y tomó a Valery de la mano, obligándola a ponerse de pie frente a él. La atrajo por la cintura con una presión demandante, pegando su cuerpo firme contra el de ella hasta que Valery pudo sentir el calor denso de su anatomía dominante. Con su mano libre, Marcos metió los dedos en el bolsillo de su pantalón y sacó una pequeña caja de terciopelo negro.
Valery contuvo el aliento, sintiendo que el corazón le daba un vuelco desbocado en el pecho.
—Hace seis meses firmamos un papel y te puse un anillo para protegerte del escándalo —dijo Marcos, mirándola con una intensidad ardiente y una devoción tan pura que a Valery se le llenaron los ojos de una humedad dulce—. Pero ese anillo era parte de la farsa, parte del plan para ganar una guerra. Hoy la guerra terminó, Valery, y lo que queda entre nosotros es lo más real que he tenido en mi vida.
Marcos abrió la cajita. En el interior, bañado por la luz dorada de las velas, brillaba un anillo de casados de verdad. Una pieza imponente de platino y diamantes incrustados con un diseño elegante y sofisticado. Marcos tomó la mano izquierda de Valery, retiró con delicadeza la antigua alianza de oro puro y deslizó el nuevo anillo en su dedo de manera deliberada.
—Míralo por dentro —susurró él, su aliento caliente rozando sus labios hinchados.
Valery, con los dedos temblando por la emoción, giró sutilmente la joya. En el reverso del metal precioso, talladas con una precisión milimétrica, estaban grabadas las iniciales de los dos acompañadas de una palabra que sellaba su destino: *Forever*. Un anillo de casados de verdad, desprovisto de contratos y lleno de una promesa eterna.
Las lágrimas de felicidad resbalaron por las mejillas de Valery, pero esta vez no había pánico ni dudas en su pecho. Levantó la vista y se encontró con el fuego salvaje y protector de su esposo.
—Te amo, Marcos —confesó en un susurro ronco, rompiendo la última barrera de orgullo.
—Te amo, Sra. Sánchez —replicó él, rompiendo la distancia para atraparla en un beso salvaje, húmedo y profundamente posesivo que pareció encender la noche del ático.
Sus manos largas bajaron por la seda roja de su vestido, acariciando la curva de sus caderas con una urgencia abrasadora que hizo que Valery soltara un gemido ahogado contra su boca. Marcos la levantó ligeramente, obligándola a enredar sus piernas alrededor de su cintura mientras la guiaba hacia la penumbra de la habitación matrimonial. En esa fortaleza de lino y deseo, rodeados por el aroma a sándalo y el brillo de las velas, se entregaron al plano más íntimo, sabiendo que el "para siempre" ya no era un ideal, sino la ardiente realidad que construirían juntos.