Ella reencarna en un mundo mágico, pero mantiene su fuerte amor por el mar.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Daisy 2
El camino hacia la mansión Gallagher fue silencioso.
No incómodo exactamente.
Solo… vacío.
El carruaje avanzaba suavemente por los caminos iluminados por faroles mientras afuera comenzaba a caer la noche. Las ruedas resonaban contra la piedra y el interior olía a perfume suave y madera pulida.
Lord y Lady White iban sentados frente a ellas conversando ocasionalmente sobre invitados importantes y asuntos políticos.
Cedric había decidido ir a caballo junto al resto de acompañantes porque, según él..
—Prefiero el riesgo de morir congelado antes que pasar dos horas atrapado en tensión de los White..
Dana lo había entendido perfectamente.
Ahora ella y Daisy estaban sentadas una junto a la otra.
Y aun así parecían estar a kilómetros de distancia.
Durante varios minutos ninguna habló.
No por enojo.
Simplemente… no sabían qué decirse.
Finalmente Dana rompió el silencio por mera cortesía.
—¿Cómo van tus estudios en la academia?
Daisy levantó la vista de inmediato, como si no esperara conversación.
—Bien.
—Eso es bueno.
—Sí.
Silencio otra vez.
Dana observó por la ventana intentando no parecer incómoda.
Era impresionante cómo dos hermanas podían conversar exactamente igual que dos desconocidas esperando turno en una oficina pública.
Después de unos segundos Daisy habló también, probablemente por la misma razón.
—¿Y tú? ¿Cómo va el aprendizaje de administración de la casa White?
Dana recordó inmediatamente montañas de documentos, números y dolores de cabeza.
—Bien.
—Me alegro.
—Gracias.
Silencio.
Otra vez.
Dana casi quería felicitar a ambas por mantener una conversación tan perfectamente inútil.
Y sin embargo…
No había hostilidad.
Eso era lo extraño.
No se odiaban.
Nunca se habían odiado.
Simplemente eran indiferentes entre sí.
Como si hubieran crecido observándose desde lejos sin terminar nunca de acercarse.
Dana comenzó a notar pequeños detalles de Daisy mientras el carruaje avanzaba.
La forma en que acomodaba cuidadosamente sus guantes.
Cómo dudaba antes de hablar.
La costumbre de mirar discretamente a sus padres buscando aprobación.
Y lentamente empezó a entenderla un poco más.
Daisy había crecido protegida.
Pero también observada constantemente.
La hija delicada.
La niña gentil.
La más sensible.
Incluso ahora Lady White preguntaba cada cierto tiempo..
—¿Tienes frío, Daisy?
O Lord White..
—No deberías cansarte demasiado.
Dana recordó inmediatamente algo incómodo.
Nadie le preguntaba esas cosas a ella.
Nunca.
Porque Dana era “la fuerte”.
La eficiente.
La correcta.
La hija que resolvía problemas.
Y mientras pensaba en eso…
Daisy la estaba observando discretamente.
Ella también tenía pensamientos parecidos.
Porque desde pequeña había visto a Dana caminar por la mansión como si nada pudiera afectarla.
Hermosa.
Perfecta.
Siempre impecable.
Los sirvientes la respetaban.
Los tutores la elogiaban.
Los invitados hablaban de su elegancia.
Incluso sus silencios parecían refinados.
Daisy la había envidiado muchas veces.
No cruelmente.
Solo… en silencio.
Porque mientras ella era tratada como alguien frágil…
Dana parecía alguien importante.
Alguien capaz.
Alguien imposible de ignorar.
Daisy recordaba perfectamente escuchar frases como..
“Lady Dana es excepcional.”
“Qué porte tan elegante.”
“Parece nacida para la nobleza.”
Y aunque sus padres protegían muchísimo a Daisy…
También era evidente quién cargaba con las expectativas familiares.
Dana.
Siempre Dana.
Daisy miró de reojo a su hermana.
Tan recta.
Tan tranquila.
Tan controlada.
Y jamás imaginó que bajo toda esa perfección existiera alguien tan cansada.
Mientras tanto Dana pensaba exactamente lo contrario.
Porque desde que despertó en ese cuerpo había sentido el eco constante de un deseo infantil muy simple.
“Atención.”
No admiración.
No respeto.
Atención.
Dana había envidiado durante años la forma natural en que sus padres miraban a Daisy.
Con suavidad.
Con preocupación.
Con cariño visible.
Mientras que a ella la miraban evaluando.
Corrigiendo.
Esperando más.
Y lo triste era que ninguna de las dos entendía completamente a la otra.
Daisy pensaba..
“Dana lo tiene todo.”
Dana pensaba..
“Daisy recibe todo el cariño.”
Y ambas estaban equivocadas.
El carruaje dio una pequeña sacudida y Daisy habló de pronto.
—Siempre quise saber algo.
Dana la miró sorprendida.
—¿Qué cosa?
Daisy dudó un momento.
—¿Nunca te cansas?
Dana parpadeó.
—¿De qué?
—De ser perfecta todo el tiempo.
El silencio llenó el carruaje.
Dana quedó completamente quieta.
Porque esa pregunta…
Nadie se la había hecho jamás.
Daisy bajó la mirada inmediatamente, incómoda.
—Lo siento. Sonó extraño.
Pero Dana seguía observándola sorprendida.
Y por primera vez…
Comprendió algo importante.
Daisy nunca había visto a Dana como fría.
La había visto como alguien inalcanzable.
Alguien que parecía capaz de soportarlo todo.
Dana soltó una pequeña risa cansada.
Muy suave.
Muy real.
—Sí.. Muchísimo.
Daisy levantó la vista lentamente.
Y por unos segundos las dos hermanas simplemente se miraron.
No como rivales.
No como extrañas.
Solo como dos chicas que habían crecido solas dentro de la misma familia.
Entonces el carruaje comenzó a reducir velocidad.
Afuera podían verse enormes luces iluminando una mansión gigantesca.
La residencia Gallagher.
Dana sintió inmediatamente un escalofrío.
Porque reconoció la entrada.
Las columnas.
Los jardines.
Las banderas azul oscuro con el león plateado.
Todo era exactamente igual a sus visiones.
El corazón comenzó a latirle rápido.
Y cuando el carruaje finalmente se detuvo…
Ella solo pudo pensar una cosa.
Había llegado al lugar donde ocurriría la tragedia.