Estaba desesperada. A punto de perder mi carrera por no poder pagar la matrícula, acepté ser la asistente personal del imponente Nicolas Donovan. Él es todo lo que intimida: cuarenta y tres años, poder absoluto y una mirada tan oscura que me desnuda el alma. La tensión entre nosotros es un fuego a punto de estallar cada vez que nos encerramos en su oficina. Pero el infierno se desató cuando vi ese portarretratos en su escritorio. Nicolas es el padre de Vanessa, mi peor enemiga. Entregarme a él significa arriesgarlo todo. ¿Pero... cómo me resisto al hombre que ya logró dominarme?
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CAPÍTULO 22: EL SABOR DE LA POSESIÓN
Chloe Bennett
Caminar junto a Matty por la acera exterior de la universidad solía ser una transición tranquila hacia el final de mi día, pero esta tarde una extraña pesadez en el aire me erizaba los vellos de la nuca.
El traje que Nicolas me había obligado a usar se sentía de repente como un faro que atraía demasiada atención. Matty seguía hablando con entusiasmo sobre las integrales triples y la posibilidad de reunirnos el sábado por la mañana, pero mis ojos se desviaron de forma involuntaria hacia la esquina de la avenida principal.
Allí, estacionada junto a la acera bajo la sombra de un viejo roble, se encontraba una inmensa camioneta negra blindada.
Me detuve en seco, interrumpiendo a mi compañero a mitad de una frase. El corazón me dio un vuelco violento en el pecho. Reconocería esa silueta imponente en cualquier parte del mundo.
Era un vehículo misteriosamente parecido al del señor Donovan; el mismo brillo impecable en la carrocería, la misma presencia de autoridad que parecía intimidar al resto del tránsito de Nueva York y esos vidrios polarizados que impedían ver lo que ocurría en su interior.
Una corriente de calor ardiente me recorrió la espina dorsal, instalándose directamente entre mis muslos. Sabía perfectamente quién estaba detrás de esos cristales oscuros. Había venido a buscarme.
—¿Chloe? ¿Pasa algo? —preguntó Matty, mirándome con confusión al notar cómo me había quedado estática.
—Yo... lo siento, Matty —articulé, forzando una sonrisa rápida mientras ajustaba la bufanda de cachemira verde que él mismo me había enviado—. Me acabo de dar cuenta de que... vinieron por mí del trabajo. Debo irme ya.
—Ah, entiendo. Tu jefe otra vez —dijo Matty, con un deje de decepción en la voz, aunque asintió de inmediato—. Bueno, nos vemos mañana en la facultad. No te olvides de avisarme si tienes libre el fin de semana para estudiar.
—Te aviso, lo prometo. Adiós, Matty.
Me despedí con un rápido ademán y me alejé a pasos apresurados, sintiendo el crujido de mis tacones contra el asfalto. A medida que me acercaba al coche, la adrenalina me nublaba el juicio. Llegué al costado del copiloto y me quedé allí, de pie en la acera, sintiéndome pequeña y ridículamente vulnerable bajo el traje rosa que él había diseñado para mi cuerpo.
Un segundo después, el motor rugió con un ronroneo profundo y la ventanilla del conductor bajó de forma electrónica con una lentitud exasperante.
La figura de Nicolas Donovan emergió desde la penumbra del habitáculo. Se había quitado el saco gris marengo, dejándolo en el asiento trasero, y ahora vestía únicamente el chaleco de sastrería que se ajustaba a la inmensidad de su pecho hercúleo.
Las mangas de su camisa blanca remangadas, exponiendo los antebrazos velludos y las venas marcadas por la tensión. Tenía las dos manos apoyadas en el volante con una fuerza brutal, y sus ojos claros, oscurecidos por una tormenta que no intentó ocultar, se clavaron en mí como dos cuchillas de hielo.
—Suba, señorita Bennett —ordenó. Su voz, ese barítono ronco y espeso que me dominaba por completo, no admitió la menor réplica.
No lo dudé. Rodeé la camioneta, abrí la puerta del copiloto y me subí de inmediato, cerrando tras de mí. El interior del vehículo me envolvió con su característico y sexy aroma a sándalo, cuero costoso y tabaco. El espacio se sintió instantáneamente claustrofóbico, cargado de una electricidad tan densa que casi podía saborearla en la lengua.
—Señor Donovan... ¿qué hace aquí? —pregunté en un susurro tembloroso, girándome sutilmente en el asiento de cuero para mirarlo—. Su agenda de la tarde estaba libre, no entiendo por qué...
Nicolas no respondió. No hizo el menor ademán de mirarme. Su mandíbula sombreada por la barba de dos días estaba tan apretada que un músculo le latía con violencia cerca del oído. Enganchó la marcha con un movimiento brusco y aceleró a fondo, incorporando la camioneta al tráfico de la avenida con una agresividad que me obligó a sujetarme del tablero.
Condujo durante cinco minutos en un silencio sepulcral, un silencio que me carcomía los nervios y me hacía subir y bajar el pecho con agitación. Torció el volante a la derecha, adentrándose en una calle lateral, estrecha y poco transitada, flanqueada por viejos edificios de ladrillo que proyectaban sombras alargadas sobre el asfalto. Estacionó la camioneta de golpe junto a una zona de carga vacía, apagó el motor y el silencio regresó multiplicado por mil.
El silencio duró solo un instante. Nicolas soltó el volante, giró todo su cuerpo robusto hacia mí y apoyó un brazo en el respaldo de mi asiento, acorralándome en mi propio lugar. La inmensidad de sus hombros anchos borró cualquier rastro de luz que entrara por el parabrisas.
—¿Quién era el chico con el que hablabas en la escalinata, Chloe? —preguntó de repente. Su tono ya no era el del jefe implacable; era el registro espeso, animal y peligrosamente posesivo del hombre que me había reclamado como suya en Ginebra.
—Es... es solo Matty, señor —respondí, tragando saliva audiblemente, sintiendo que mis manos sudaban dentro del pantalón de vestir—. Un compañero de mi mismo año de la facultad. Siempre estudiamos juntos para los parciales...
—No te pregunté qué hacían —me interrumpió con un rugido bajo, entornando sus ojos claros, que ahora brillaban con una lascivia salvaje—. Te pregunté quién es él para ti. Vi cómo te miraba, Bennett. Vi cómo te sonreías con él de una forma que jamás haces conmigo.
La intensidad de sus celos me dejó muda. El gran Nicolas Donovan, el millonario que gobernaba imperios económicos con mano de hierro, estaba temblando sutilmente de rabia en el habitáculo de un auto por el simple hecho de haberme visto hablar con un estudiante. La certeza de saber que lo tenía desquiciado de deseo me causó un cortocircuito en la cabeza, encendiéndome un fuego pecaminoso en las entrañas.
—¿Te gusta ese infeliz? —soltó la pregunta a quemarropa, inclinándose más hacia mí, de modo que su aliento caliente rozó mis labios.
—No... no, claro que no —respondí de inmediato, con los ojos verdes muy abiertos, buscando desesperadamente que entendiera mi verdad—. Matty es solo un excelente amigo, Nicolas. No me gusta. Nunca lo ha hecho.
Al escuchar la negativa y el uso de su nombre de pila, la última barrera de su autocontrol se pulverizó por completo.
Nicolas estiró su mano gigante y me tomó del mentón posesivamente, obligándome a levantar el rostro hacia él con un agarre firme que no permitía la menor resistencia. Sus dedos se clavaron sutilmente en mi piel pálida, haciéndome soltar un jadeo.
—Escúchame bien, cariño —susurró con una ferocidad que me hizo derretir el colchón de mi propia lencería—. No me importa si es tu amigo, no me importa si comparte tus malditas aulas. Tú me perteneces. Cada costura de este traje, cada centímetro de tu piel blanca y la humedad que guardas entre las piernas desde que estuvimos en Ginebra son de mi exclusiva propiedad. Ningún mocoso va a poner sus manos sobre lo que yo ya marqué como mío. ¿Te quedó jodidamente claro?
Antes de que pudiera articular una sola palabra, Nicolas acortó la distancia y me besó ferozmente.
Dios, qué delicia. Fue una embestida salvaje que me sacó el aire de los pulmones. Sus labios se estrellaron contra los míos con toda la rabia, la frustración y la lascivia que había acumulado durante las horas que pasó mirándome en la oficina.
No fue un beso suave; fue una reclamación carnal, una posesión violenta que me obligó a entreabrir la boca de inmediato. Su lengua se introdujo con fuerza en mi cavidad, saboreándome, devorándome, barriendo cualquier rastro de timidez que me quedara.
Me aferré a las solapas de su chaleco gris marengo con desesperación, metiendo mis dedos entre la seda costosa mientras correspondía el beso con la misma intensidad desbocada. El habitáculo del coche se convirtió en un horno caliente.
Nicolas soltó mi mentón para deslizar su mano grande por debajo de mi saco rosa, buscando la redondez de mis senos a través de la blusa fina, apretándolos con una rudeza posesiva que me hizo arquear la espalda contra el asiento de cuero y soltar un gemido largo que él atrapó directo en su garganta.
Este sexy hombre me estaba haciendo recordar, de la forma más cruda y caliente posible, quién era el dueño de mi voluntad. Sus labios abandonaron mi boca por un segundo solo para bajar con furia hacia mi cuello, dejándome mordiscos suaves y marcas calientes que arruinarían cualquier intento de parecer recatada al día siguiente.
Me frotó con fuerza contra su propio cuerpo, permitiendo que sintiera la enorme y rígida protuberancia que empujaba la tela de su pantalón gris, recordándome el tamaño de la masculinidad que me había quebrado en Ginebra.
—Eres mía, Chloe... —gruñó contra mi oído, con la respiración totalmente rota por la lujuria—. Ningún otro hombre va a tocarte. Mañana vas a entrar a esa oficina sabiendo exactamente a quién le sirves.
El beso se reanudó, aún más salvaje, dejándome completamente perdida en la inmensidad de su dominación, con la certeza de que mi vida entera ya estaba gobernada por el fuego de su obsesión.