Estaba desesperada. A punto de perder mi carrera por no poder pagar la matrícula, acepté ser la asistente personal del imponente Nicolas Donovan. Él es todo lo que intimida: cuarenta y tres años, poder absoluto y una mirada tan oscura que me desnuda el alma. La tensión entre nosotros es un fuego a punto de estallar cada vez que nos encerramos en su oficina. Pero el infierno se desató cuando vi ese portarretratos en su escritorio. Nicolas es el padre de Vanessa, mi peor enemiga. Entregarme a él significa arriesgarlo todo. ¿Pero... cómo me resisto al hombre que ya logró dominarme?
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CAPÍTULO 24: EL JUEGO DEL PODER +18
ADVERTENCIA: EL SIGUIENTE CAPÍTULO CONTIENE ESCENAS DE ALTO CONTENIDO ERÓTICO, LENGUAJE ADULTO Y DESCRIPCIONES DE SEXO EXPLÍCITO (+18). RECOMENDADO ÚNICAMENTE PARA MAYORES DE EDAD.
POV: Chloe Bennett
El sabor de mi sumisión seguía fresco en mi boca, mezclado con la urgencia posesiva que Nicolas Donovan había desatado en el aire de la suite. Tras haberle dicho que sí, que aceptaba ser suya bajo sus propios términos y en este refugio de cristal, cualquier rastro de la estudiante tímida que solía ser se desvaneció en el fondo de mi conciencia. Había un fuego denso, una lascivia acumulada durante semanas de miradas prohibidas en el piso cuarenta y cinco, que pedía a gritos ser saciada.
Nicolas me tomó en brazos sin romper el contacto de nuestras bocas. Su fuerza física me resultaba sumamente abrumadora; me levantó con la misma facilidad con la que manejaba sus imperios y me llevó directamente a la habitación principal. La inmensa cama de sábanas de seda blanca nos esperaba bajo la luz de la luna neoyorquina que se filtraba por el gran ventanal.
Me depositó sobre el colchón mullido y, arrodillándose entre mis piernas, comenzó a desnudarme lentamente, convirtiendo el acto en una deliciosa y agónica tortura. Sus dedos grandes, de venas marcadas y piel áspera, desabotonaron el saco rosa pastel, abriéndolo para exponer el encaje de mi lencería oscura.
Con una parsimonia implacable, deslizó la tela del pantalón de vestir por mis piernas, quitándome también los costosos tacones de charol, hasta dejarme completamente expuesta ante su mirada clarísima e inyectada de deseo.
—Mírate, Chloe... eres una maldita obra de arte —gruñó con su barítono ronco, contemplando cada curva de mi anatomía con un orgullo salvaje.
Se inclinó hacia adelante y me quitó el sostén con un movimiento fluido. Tomó uno de mis senos con su mano grande, apretándolo con una firmeza posesiva, mientras bajaba la cabeza para chupar mis pezones rosados. Su lengua caliente delineó la aureola y luego succionó con fuerza, haciéndome arquear la espalda y enterrar los dedos en el edredón mientras un gemido agudo escapaba de mi garganta. Pasó al otro pecho, devorándolo con la misma hambre voraz, dejándome el pecho cubierto de saliva y un calor abrasador que bajaba directo a mi vientre.
No se detuvo ahí. Deslizó sus manos por mis muslos, abriéndolos de par en par, y bajó su rostro directo a mi feminidad. Cuando el primer contacto de su lengua húmeda y experta acarició mi zona más íntima, solté un grito ahogado. Nicolas comenzó a chupar mi sexo con movimientos profundos y rítmicos, usando la punta de su lengua para estimular el pequeño botón de mi placer, haciéndome temblar de pies a cabeza mientras mis caderas daban pequeños espasmos involuntarios contra el colchón. La delicia de su boca me llevó rápidamente al borde del abismo, haciéndome jadear su nombre con desesperación.
Cuando se apartó, mi intimidad estaba completamente empapada, latiendo por la estimulación. Nicolas se puso de pie a un lado de la cama y se desnudó con movimientos decididos, liberando su imponente masculinidad. Su miembro, gigantesco, rígido y de venas muy marcadas, quedó expuesto ante mí, latiendo con fuerza ante la expectativa de la posesión.
Se acostó de espaldas en el centro de la cama, apoyando su cabeza sobre las almohadas y abriendo los brazos en una postura de absoluta dominación que me desafiaba a tomar el control.
—Sube, nena —ordenó con un tono espeso y ronco—. Quiero verte montada sobre mí. Toma lo que es tuyo.
El pulso me iba a mil por hora. Me arrastré por el colchón y me coloqué de rodillas sobre su torso hercúleo, quedando a horcajadas sobre su pelvis. Sentir el calor de su piel bronceada contra mi cara interna de los muslos me causó un cortocircuito. Tomé su enorme y rígido miembro con mis dedos temblorosos, guiándolo con cuidado hacia la entrada de mi estrecho santuario, que ya desbordaba de humedad por sus caricias previas.
Me bajé lentamente, permitiendo que su increíble grosor comenzara a deslizarse dentro de mí milímetro a milímetro. Al principio, el estiramiento fue tan intenso que tuve que detenerme, cerrando los ojos con fuerza y soltando un quejido bajo mientras apoyaba mis manos sobre su pecho velludo para sostener mi peso.
—Eso es, nena... despacio. Deja que tu cuerpo se acostumbre a mí —susurró Nicolas, manteniendo la fijeza de sus ojos claros sobre mí, disfrutando de la sumisión y el placer que se dibujaban en mi rostro.
Tomé aire y continué bajando hasta que nuestras pelvis chocaron con un sonido espeso y húmedo, llenándome por completo con toda su longitud. Un gemido largo y rasgado escapó de mi garganta. Estaba completamente llena, estirada al máximo por su anatomía.
Comencé a moverme. Al principio fue un ritmo lento, subiendo y bajando con timidez, pero poco a poco el calor y la fricción constante me empujaron a aumentar la velocidad, exprimiendo su miembro con las paredes apretadas de mi intimidad en cada descenso. El placer se volvió una locura caliente.
Nicolas soltó un rugido ronco y posesivo. Sus manos grandes subieron de inmediato a mi cintura, aferrándome con fuerza, y comenzó a guiar mis movimientos, obligándome a bajar con más fuerza y rapidez sobre él. El ritmo se volvió duro y salvaje; el sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la suite presidencial de una lascivia pura. Aprovechando que lo montaba con desesperación, Nicolas se incorporó sutilmente y tomó mis pechos con su boca, chupando mis pezones erectos mientras mis caderas no dejaban de frotarse contra su pelvis.
—¡Nicolas! ¡Oh, Dios... es demasiado! —exclamé, con la cabeza echada hacia atrás, perdiendo el control del movimiento mientras sentía cómo su miembro rozaba mi punto más sensible en cada embestida.
La fricción era insoportable, un éxtasis que nos estaba quemando vivos. Nicolas me tomó de los muslos y me giró con un movimiento brusco pero preciso, cambiando de posición para ponerme de espaldas sobre el colchón. Levantó mis piernas hacia sus hombros anchos y comenzó a embestirme con una fuerza brutal, profunda y constante, hundiéndose en mí hasta el fondo. El ritmo era duro, caliente, una entrega animal donde cada impacto me hacía soltar gemidos descontrolados.
Sentí que mi centro se contraía de forma violenta. Las paredes de mi intimidad comenzaron a pulsar alrededor de su hombría, succionándolo con fuerza mientras yo llegaba al clímax en un orgasmo devastador que me hizo gritar su nombre. Ver mi entrega total fue el detonante para él; con tres embestidas rápidas y profundas, Nicolas soltó un rugido que vibró en mi pecho y acabó dentro de mí con una fuerza torrencial, llenándome con grandes pulsaciones ardientes que nos hicieron temblar a ambos sobre las sábanas de seda.
Nos quedamos estáticos por unos minutos, unidos en el fondo de nuestro centro, escuchando únicamente nuestras respiraciones agitadas en la penumbra de la suite. El sudor nos empapaba la piel y el calor del encuentro seguía flotando en el aire.
Nicolas se dejó caer a mi lado, tomándome por la cintura para pegarme a su costado. Descansamos un breve momento, permitiendo que el pulso disminuyera sutilmente, pero el fuego entre los dos era una bestia insaciable que no se apagaba con una sola entrega. Sentir el roce de su piel velluda contra mis muslos desnudos volvió a encender la chispa.
Estiró su mano y acarició mi rostro con una devoción oscura, mientras su miembro, que aún no había perdido la firmeza por completo, comenzó a endurecerse nuevamente contra mi pierna, latiendo con la promesa de otra ronda aún más intensa.
—¿Creías que habíamos terminado, cariño? —susurró con su barítono espeso, con una sonrisa letal dibujándose en sus labios mientras me giraba para ponerme a gatas sobre el colchón—. Apenas estamos empezando. Esta noche voy a enseñarte lo que significa pertenecerle a un Donovan.
Me aferré a las almohadas con fuerza, entregándome nuevamente al juego del poder y al placer duro de su posesión en la oscuridad de la noche.