Bienvenidos a La Prometida del Enemigo. 🖤
Dos familias enfrentadas. Un matrimonio arreglado. Un secreto oculto durante años.
Lo que comienza como una unión por obligación se convertirá en una historia de amor, traición, poder y venganza. Nada es lo que parece, y cada capítulo revelará una nueva verdad.
¿Están listos para descubrir quién es realmente la prometida del enemigo?
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Capítulo 8 – El despacho de Víctor
El ambiente cambió por completo.
Las conversaciones cesaron de inmediato y el sonido de los cubiertos desapareció.
Víctor Moretti permanecía de pie en la cabecera de la mesa, con el rostro completamente serio.
Nadie se atrevió a hacer preguntas.
Solo Adrián rompió el silencio.
—¿Qué ocurrió?
Ernesto respiró hondo antes de responder.
—Hace unos minutos uno de los guardias encontró la puerta del despacho abierta. Al ingresar, descubrieron que alguien había estado allí.
Víctor frunció el ceño.
—¿Falta algo?
—A simple vista, no, señor. Pero uno de los cajones donde usted guarda documentos importantes fue forzado.
Todos comenzaron a intercambiar miradas.
Camila fue la primera en hablar.
—¿Cómo pudo pasar? La seguridad de esta casa siempre fue impecable.
—Eso es precisamente lo que quiero averiguar —respondió Víctor.
Adrián se levantó de inmediato.
—Voy a revisar las cámaras.
—Ya lo hicieron —contestó Ernesto.
—¿Y?
El mayordomo dudó unos segundos.
—Las cámaras del pasillo dejaron de funcionar durante exactamente cuatro minutos.
El silencio volvió a instalarse.
Cuatro minutos.
Demasiada coincidencia.
Víctor recorrió el comedor con la mirada.
—Eso significa que quien entró conocía perfectamente esta casa.
Nadie respondió.
Valeria observaba a cada uno de los presentes.
Algunos parecían preocupados.
Otros sorprendidos.
Pero hubo una persona que llamó especialmente su atención.
Camila.
Mientras todos hablaban del robo, ella evitaba mirar a los demás y jugaba nerviosamente con el anillo que llevaba en la mano.
Valeria no dijo nada.
Solo lo guardó en su memoria.
Minutos después, todos se dirigieron al despacho.
La habitación era amplia, elegante y estaba revestida con madera oscura.
Había estanterías repletas de libros antiguos, una enorme chimenea de mármol y un escritorio de caoba en el centro.
Uno de los cajones permanecía abierto.
La cerradura estaba completamente rota.
Adrián se agachó para observarla.
—No fue un aficionado.
Víctor cruzó los brazos.
—Coincido.
—Sabía exactamente dónde buscar.
Uno de los guardias entregó una pequeña bolsa transparente.
—Encontramos esto debajo del escritorio.
Adrián tomó la bolsa.
Dentro había un botón plateado.
Muy parecido al que Valeria había encontrado días atrás en el jardín...
Pero este tenía un símbolo diferente.
No era un lobo.
Era un halcón con las alas extendidas.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Lo reconocen?
Víctor negó lentamente.
—No.
Pero Adrián sí pareció reconocerlo.
Durante apenas un segundo, su expresión cambió.
Tan rápido que casi nadie lo notó.
Casi nadie...
Excepto Valeria.
Mientras los guardias revisaban la habitación, Valeria caminó lentamente observando cada rincón.
No tocaba nada.
Solo miraba.
Sobre una pequeña mesa auxiliar había un reloj antiguo.
Las agujas marcaban las 8:17.
No funcionaba.
Aquello hizo que recordara de inmediato la tarjeta que había encontrado dentro del sobre.
"Buscá donde el reloj se detuvo."
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
¿Sería una simple coincidencia?
Se acercó un poco más.
El reloj tenía una fina capa de polvo, como si llevara mucho tiempo sin usarse.
—¿Te gusta? —preguntó Isabella al verla observándolo.
—Es hermoso.
—Perteneció al abuelo de Adrián.
Hace años que dejó de funcionar, pero Víctor nunca quiso repararlo.
Valeria volvió a mirar las agujas.
Las 8:17.
Intentó disimular su curiosidad.
Todavía no era momento de mencionar la nota.
Necesitaba entender primero qué significaba aquella pista.
—Señor.
Uno de los guardias se acercó rápidamente.
—Encontramos huellas en la ventana del despacho.
Adrián caminó hasta allí.
La ventana daba al jardín trasero.
—¿Entró por acá?
—Todo indica que sí.
Valeria observó el exterior.
Desde ese lugar podía verse perfectamente el viejo invernadero de la mansión.
Había algo extraño.
Una silueta acababa de cruzar entre los árboles.
Fue apenas un segundo.
Parpadeó.
Y desapareció.
—Adrián...
Él giró inmediatamente.
—¿Qué pasa?
Valeria señaló hacia el jardín.
—Creo que alguien nos estaba observando.
Todos dirigieron la vista hacia el mismo lugar.
Pero ya no había nadie.
Solo el movimiento de las hojas, impulsadas por el viento de la noche.
Sin embargo, Valeria estaba completamente segura de una cosa.
No lo había imaginado.
Había alguien escondido en los jardines de los Moretti...
Y esa persona acababa de escapar.
—¡Revisen el jardín! —ordenó Adrián con firmeza.
En cuestión de segundos, varios guardias salieron corriendo por la puerta principal. Otros rodearon la mansión, iluminando los jardines con potentes linternas.
Valeria permanecía junto a la ventana.
Estaba segura de lo que había visto.
No había sido una sombra.
Era una persona.
Víctor se acercó lentamente.
—¿Estás completamente segura?
Ella asintió sin dudar.
—Sí.
—¿Pudiste distinguir si era un hombre o una mujer?
—No... solo vi una figura vestida de oscuro. Desapareció muy rápido.
Adrián salió del despacho sin decir una palabra.
Conocía demasiado bien aquellos jardines.
Si alguien seguía allí, él mismo quería encontrarlo.
El viento movía las ramas de los árboles mientras los guardias recorrían cada rincón de la propiedad.
—¡Revisen el invernadero!
—¡Cubran la salida norte!
—¡Que nadie abandone la mansión!
Las órdenes se escuchaban por toda la finca.
Adrián avanzaba con paso firme.
Su mirada analizaba cada detalle.
De pronto se detuvo.
Junto a uno de los rosales encontró una marca reciente sobre la tierra húmeda.
Se agachó.
Era una huella de zapato.
No pertenecía a ninguno de los guardias.
Continuó siguiéndola.
Las pisadas conducían directamente hacia el antiguo invernadero.
Cuando abrió la puerta de vidrio...
No había nadie.
Solo el perfume de las flores y el sonido del viento.
Pero algo llamó su atención.
Sobre una vieja mesa de madera descansaba una rosa blanca.
Perfectamente cortada.
Y debajo de ella...
Una pequeña llave antigua.
Mientras tanto, dentro de la mansión, Valeria permanecía en el despacho observando el viejo reloj.
La frase de la tarjeta seguía dando vueltas en su cabeza.
"Buscá donde el reloj se detuvo."
Aprovechando que todos estaban distraídos, volvió a acercarse.
Lo examinó con cuidado.
No quería romper nada.
Solo entender por qué alguien le había dado aquella pista.
Pasó suavemente la mano por la base del reloj.
Entonces sintió algo extraño.
Había una pequeña ranura.
Como si una pieza pudiera abrirse.
Intentó moverla.
Nada.
Volvió a intentarlo.
Seguía completamente cerrada.
—¿Qué estás mirando?
La voz de Isabella la sobresaltó.
Valeria retiró la mano inmediatamente.
—Solo me dio curiosidad.
Isabella sonrió.
—Ese reloj lleva años ahí.
Víctor nunca permitió que nadie lo tocara.
—¿Por algún motivo especial?
La mujer bajó la mirada.
—Dice que algunos recuerdos deben permanecer exactamente donde están.
Aquellas palabras hicieron que Valeria sintiera aún más curiosidad.
¿Recordaba Víctor algo relacionado con aquel reloj?
¿O escondía algo?
Unos minutos después, Adrián regresó al despacho.
Traía la llave en la mano.
—No encontramos a nadie.
Víctor observó el objeto.
—¿Dónde estaba?
—En el invernadero.
Todos se acercaron.
Era una llave pequeña, antigua, con un grabado muy elegante.
En uno de sus lados tenía la letra "M".
—¿Reconocés esa llave? —preguntó Víctor.
Adrián negó.
—Nunca la había visto.
Valeria observó atentamente el grabado.
Le resultaba familiar.
No sabía por qué.
Pero sentía que ya había visto esa letra tallada en algún lugar.
Camila apareció apoyada en el marco de la puerta.
—¿Tanto alboroto por una llave vieja?
Nadie respondió.
Ella caminó lentamente alrededor del escritorio.
—Quizás solo sea una broma.
Víctor la miró con severidad.
—Esto no tiene nada de gracioso.
Camila levantó las manos.
—Solo intento relajar el ambiente.
Valeria notó algo curioso.
Desde que había llegado al despacho, Camila evitaba mirar la llave.
Como si no quisiera acercarse demasiado.
Aquello despertó nuevamente sus sospechas.
Cuando todos comenzaban a retirarse, Ernesto volvió a entrar.
Su expresión era más seria que nunca.
—Señor...
—¿Ahora qué ocurrió?
—Acaba de llegar un paquete.
—¿Para quién?
El mayordomo tragó saliva antes de responder.
—Para la señora Valeria.
El corazón de Valeria dio un vuelco.
—¿Quién lo envió?
—No lo sabemos.
No tiene remitente.
Solo su nombre escrito en el frente.
Ernesto colocó la caja sobre el escritorio.
Era pequeña.
Estaba envuelta con un elegante papel negro y un lazo color rojo.
Nadie se movió.
Nadie dijo una palabra.
Adrián se colocó delante de Valeria de manera casi instintiva.
—No lo abras.
Ella levantó la vista hacia él.
—¿Por qué?
—Porque ya son demasiadas coincidencias.
Valeria miró la caja.
Luego a Adrián.
Y finalmente a todos los presentes.
Respiró hondo.
Apoyó lentamente la mano sobre el regalo...
Y, justo cuando estaba a punto de desatar el lazo rojo, una voz desconocida resonó desde la puerta principal de la mansión.
—¡No la dejen abrir ese paquete!
El silencio volvió a apoderarse de la casa.
Todos giraron al mismo tiempo.
Una mujer completamente empapada por la lluvia acababa de entrar.
Su rostro reflejaba desesperación.
Y antes de que alguien pudiera detenerla, pronunció unas palabras que dejaron a todos sin aliento.
—Si abre esa caja... será demasiado tarde.